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lunes, 4 de mayo de 2026

Cuando el plano dejó de ser solo un dibujo : fotoplanimetrías (Chile, 2013-2014)








Durante años me obsesionó una posibilidad que entonces parecía casi artesanal y que hoy, vista con distancia, me sigue pareciendo profundamente contemporánea: combinar la precisión abstracta de la planimetría tradicional con la presencia física de la fotografía real del edificio antes de la intervención. No se trataba solo de hacer planos más bellos, sino de conseguir que el levantamiento arquitectónico dejara de ser una traducción fría de la realidad para convertirse en un documento patrimonial, capaz de medir, describir y conservar la memoria material de un estado que, en muchos casos, iba a desaparecer bajo la propia acción restauradora.

Los sistemas fotogramétricos existían ya desde hacía décadas, pero durante mucho tiempo fueron procedimientos costosos y poco accesibles para una práctica profesional ordinaria. Yo venía, además, de una generación que había aprendido a trabajar entre el dibujo manual, la medición directa, la fotografía analógica, los primeros tratamientos digitales y una forma todavía muy física de mirar los edificios. En los años finales del siglo XX participé en procedimientos combinados de limpieza monumental, utilizando láser y compresas, aplicando protocolos de vanguardia que entonces se empleaban en las grandes catedrales góticas francesas y que ayudamos a implantar en España con una mezcla de fascinación tecnológica y prudencia artesanal. Aquella experiencia me dejó una enseñanza que no he olvidado nunca: la innovación solo tiene sentido cuando se pone al servicio de una lectura más fina de la materia recibida.

Todos estos planos y muchos otros más nacieron de esa misma intuición. Sobre una base de dibujo arquitectónico convencional, incorporábamos fotografías reales, fragmentos ortorrectificados, alzados fotográficos, vacíos, sombras, fábricas descarnadas, restos de revestimientos, carpinterías, manchas de humedad, pérdidas, zonas erosionadas y accidentes acumulados por el tiempo. El resultado no era exactamente un plano, ni una fotografía, ni una restitución académica. Era un documento híbrido en el que el edificio aparecía simultáneamente como geometría, materia y biografía.

Lo importante era que esos documentos permitían medir y al mismo tiempo mirar. Servían para acotar, diagnosticar, preparar una intervención, situar con exactitud una grieta, pero también para conservar la intensidad visual del estado previo, esa condición irrepetible del edificio antes de que la obra lo transformara.

Por eso sigo creyendo en este tipo de planos. Porque no sustituyen al levantamiento tradicional, sino que lo enriquecen. Porque no renuncian al rigor métrico, pero introducen en él una dimensión sensible. Y porque recuerdan algo que para mí ha sido siempre esencial: restaurar no consiste únicamente en proyectar lo que vendrá después, sino en comprender con la mayor precisión posible lo que se ha recibido.

Louis CERCOS, París, mayo 2026.

viernes, 1 de mayo de 2026

Arquitectura en estado mínimo: la potencia del casi nada






Entre 2012 y 2015, en Chile, desarrollé una serie de proyectos de reciclaje urbano que, con el tiempo, he entendido como una de las expresiones más depuradas de lo que hoy llamo restauración contextual. No eran proyectos espectaculares ni buscaban serlo. Su ambición era devolver funcionalidad con la menor cantidad posible de arquitectura añadida, dejando que el edificio existente volviera a ocupar el centro de la escena mostrando únicamente su volumen, su estructura, sus heridas, sus muñones y su materia.

Mi método teórico de restauración contextual nació allí, sin haber sido aún formulado como tal. Deconstruir antes que construir, limpiar antes que revestir, diagnosticar antes que proyectar, intervenir sólo donde fuese imprescindible, y finalmente introducir un compromiso contemporáneo legible, honesto, casi silencioso. Cuanto más mínima era la intervención, más intensa resultaba la experiencia.

Lo que aquellas obras proponían era una inversión de prioridades. En lugar de gastar recursos en acabados, los concentrábamos en hacer viable el uso: instalaciones vistas, sistemas eléctricos e informáticos que colonizaban el espacio con naturalidad, soluciones estructurales que consolidaban sin ocultar, dispositivos de climatización que no negaban su condición técnica. Era la ingeniería (industrial, eléctrica, estructural) la que reconfiguraba el edificio. La arquitectura dejaba de ser un ejercicio de forma para convertirse en una disciplina de selección: qué mantener y qué retirar, sin apenas tocar.

Los usos se organizaban mediante “cajas dentro de la caja”. Piezas autónomas, ligeras, reversibles, insertadas en el gran volumen existente sin pretensión de mimetismo. Espacios de reunión o de trabajo aparecían como cuerpos independientes, provisionales, que activaban el edificio sin negarlo. Todo era superficial en el mejor sentido del término: visible y desmontable.

Recuerdo especialmente la atmósfera de aquellos espacios. Muros descarnados, huellas del tiempo intactas, luz filtrándose sin artificio, instalaciones recorriendo techos y pilares como una segunda piel técnica. Y, en medio de todo ello personas que entraban, que se encontraban, que trabajaban, que simplemente habitaban un lugar que había dejado de ser ruina para convertirse, de nuevo, en ciudad.

Con los años he comprendido que aquel “no hacer” aparente exigía en realidad una gran precisión. Porque intervenir poco es aceptar que el proyecto no consiste en añadir, sino en discernir. Y que, en ese gesto de contención, la arquitectura puede alcanzar una intensidad que a menudo se pierde en la sobreabundancia.

Quizá por eso sigo pensando que, frente a la tentación contemporánea de producir imágenes caras, estos proyectos defendían la idea de una arquitectura como atmósfera, como soporte de vida, como diálogo entre lo recibido y lo estrictamente necesario. Casi nada. Y, sin embargo, todo.

Louis CERCOS, Condé-sur-Risle, mai 2026.

domingo, 15 de marzo de 2026

Dieciocho Pritzker y una conversación nocturna con Chile (2/19)





Fernando Pérez Oyarzún y el clima intelectual de Lo Contador.

Antes de hablar, en esta serie, de Aravena o de Radić, quiero detenerme en una figura sin la cual la actual constelación chilena no se entiende del todo. Me refiero a Fernando Pérez Oyarzún, una de esas personalidades cuya influencia se mide por su capacidad para crear un clima intelectual.

Formado en la Pontificia Universidad Católica de Chile, vinculado a ella durante toda su vida académica, director de la Escuela entre 1987 y 1990 y decano de la Facultad entre 1990 y 2000, Fernando es uno de los grandes responsables de la excelencia del campus instalado en la vieja Casa Lo Contador, que no es solo una sede universitaria, sino también una lección silenciosa de arquitectura. No es extraño que de ese lugar surgiera una generación extraordinaria de arquitectos chilenos, entre ellos Mathias Klotz, Sebastián Irarrázaval, Cecilia Puga, Alejandro Aravena o Smiljan Radić.

Mis años (2012-2016) en Chile coincidieron con uno de los periodos más inciertos de mi vida profesional. La gran crisis económica posterior a 2008 me obligó, como a tantos otros, a rehacer fuera de España una parte sustancial de mi vida. Entre las escasas cosas de verdadero valor que me acompañaban se encontraba un libro al que yo estaba especialmente unido: la edición facsímil de Philibert de l’Orme, publicada por Nizet en el siglo XIX, ejemplar que había pertenecido al arquitecto Vicente Lampérez y que yo había adquirido años antes en una subasta de la sala Durán de Madrid.

Hubo un momento en Chile en que aquel volumen era casi lo único verdaderamente valioso que conservaba conmigo. Y, sin embargo, sentí que debía ofrecerlo allí donde podía seguir vivo. Hablé de ello con Fernando Pérez. Su respuesta fue inmediata y elegante: ese libro debía estar en Lo Contador, a disposición de los estudiantes. Y así fue. La Universidad Católica compró el volumen y aquel Philibert de l’Orme quedó incorporado a la biblioteca del campus.

En febrero de 2017, volví a encontrarme con Fernando en París. Él venía por una reunión en la UNESCO. Tomamos un café y recuerdo perfectamente aquella conversación. Fernando evocó con generosidad lo que habíamos hecho en Chile, especialmente en el Palacio Pereira, y me dio unos ánimos que nunca he olvidado. Antes de despedirnos, me dedicó su libro Arquitectura en el Chile del siglo XX, publicado en 2016 por Ediciones ARQ.

Tal vez por eso me parecía necesario que esta serie sobre los Pritzker hiciera primero esta estación previa. Porque antes de los grandes premios, antes de los nombres universales, hay que hablar de las condiciones que hacen posible una cultura arquitectónica de alto nivel. Hay que hablar de los maestros que sostienen una escuela y de esos actos discretos de generosidad que, vistos desde lejos, acaban revelándose decisivos. Fernando Pérez Oyarzún ocupa exactamente ese lugar.

Luis Cercos, París, marzo de 2026.

jueves, 18 de julio de 2024

Qu'est-ce que cela implique de restaurer l'architecture aujourd'hui ?


La "restauration de l'architecture", en tant que discipline liée à l'Histoire, poursuit un objectif commun : interpréter correctement le passé.


L'Histoire - ou plus spécifiquement l'Histoire de l'Art - n'est pas seulement un récit des événements, mais aussi une quête de connaissance et de vérité, une compréhension des raisons pour lesquelles on a agi ou omis d'agir de telle ou telle manière. N'est-ce pas exactement ce dont il s'agit également dans la restauration de l'architecture ?

Depuis l'enseignement lointain de la Grèce classique, l'étude de l'Histoire est restée fidèle à l'intention de consigner et de valoriser le temps passé. Une idée que la tradition paléochrétienne a énoncée de manière irréfutable : "le passé comme le futur ne sont et ne peuvent être qu'à partir du temps présent" (Saint Augustin, IVe siècle).

La mémoire, notre mémoire, la transmission orale sont ainsi un souvenir des choses passées ; un document récemment découvert, ou une lésion sur un bâtiment, par exemple, une instantanéité des choses présentes (dans la mesure où nous pouvons les toucher aujourd'hui) qui nécessitent une réflexion et une étude méthodologique ; et une attente, c'est-à-dire un projet de restauration ou une proposition d'intervention, un désir présent des choses futures, qui se concrétisera définitivement ou non.

"Trop présent, l'objet risque de ne plus être qu'un support de fantômes ; trop passé, il risque de n'être qu'un résidu positif, mort, une estocade dirigée à sa propre 'objectivité' (un autre fantôme). Il ne faut pas prétendre fixer, ni prétendre éliminer cette distance : il faut la faire travailler dans le tempo différentiel des instants de proximité empathique, intempestifs et invérifiables, et les moments de rejet critiques, scrupuleux et vérificateurs."

En restaurer l'architecture, nous ne faisons pas que préserver des pierres et du mortier ; nous nous engageons dans un dialogue avec le passé, enrichissant notre compréhension du présent et projetant nos aspirations vers l'avenir. La restauration devient ainsi une pratique où le passé, le présent et le futur se rencontrent, où chaque intervention architecturale est une opportunité de réflexion profonde et de renouvellement culturel.

Luis Cercos, Paris, 2024 / image : LC Architects, Santiago, Chili, 2012

jueves, 12 de marzo de 2020

Palacio Pereira, 2012-2019




Restauración del Palacio Pereira, Santiago, fin de los trabajos. Presupuesto 17'6 millones de euros. Autores del proyecto: Cecilia Puga, Paula Velasco, Alberto Moletto. Especialistas del equipo de restauración, Fernando Pérez (Chile), Alan Chandler (Gran Bretaña) y Luis Cercós (España).

Después de décadas sumido en el abandono, el Palacio Pereira, levantado en 1873 luce restaurado y listo para recibir a sus nuevos moradores: la Subsecretaría de Patrimonio Cultural, el Servicio Nacional de Patrimonio Cultural y el Consejo de Monumentos Nacionales.

El proyecto desarrollado es la obra patrimonial más costosa y compleja y ambiciosa conceptualmente que se ha hecho hasta la fecha en Chile.

lunes, 9 de enero de 2017

Palacio Pereira, Chile

















Palacio Pereira, Chile. Restauración del edificio histórico como sede del Consejo de Monumentos Nacionales y de la Dirección General de Museos y Bibliotecas del Gobierno de Chile. Proyecto: Cecilia Puga, Paula Velasco y Alberto Moletto.

Luis Cercós, asesor de restauración al proyecto (2012-2016).


miércoles, 29 de octubre de 2014

Calle Compañía. Finalización de los Trabajos.







Fotografías que acabo de recibir de parte de la propiedad. Casonas de la calle Compañía. Fin de los trabajos. En la cuarta fotografía, parte del equipo.