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lunes, 30 de marzo de 2026

Por qué un arquitecto debería leer a Homero (9/10)




Kavafis: la ciudad, la muralla, la ventana y el paso del tiempo.

Si Homero funda, Kavafis recuerda. Si en Homero el mundo griego aparece todavía bajo la claridad del origen, en Kavafis comparece ya bajo una luz más tardía y más consciente de la erosión del tiempo. No salimos de Grecia. Seguimos dentro de ella, aunque ahora la miremos desde Alejandría.

Kavafis comprendió que la tradición clásica no era un repertorio de estatuas inmóviles, sino una materia todavía viva. En el poema Ítaca, la isla de Ulises deja de ser solo el término del regreso y se convierte en una forma de sabiduría. Lo importante no es llegar pronto, sino llegar transformado; no volver intacto, sino cargado de experiencia; no pedir a la meta más de lo que la meta podía dar, porque su función verdadera consistía en haber hecho posible el viaje: nuestra propia vida.

Para un arquitecto, esa lección es extraordinaria. Los edificios, las ciudades y los monumentos dejan de ser comprendidos de verdad cuando se los mira únicamente como objetos terminados. Importa tanto o más el trayecto que han atravesado, la experiencia que acumulan, el tiempo que contienen, las vidas y las metamorfosis que han soportado sin dejar de ser reconocibles. Kavafis nos enseña una forma de restauración espiritual: no la obsesión por devolver las cosas a una pureza imaginaria, sino la capacidad de leer en ellas la densidad del camino recorrido.

Pero quizá sea en otros poemas donde su proximidad con la arquitectura se vuelve todavía más visible. En “La ciudad”, Kavafis formula una de las intuiciones más severas que pueden hacerse sobre el habitar: no hay huida verdadera cuando uno lleva consigo su propia ciudad. En “Murallas”, el encierro no llega con estrépito, sino en silencio: las paredes se han levantado “sin consideración, sin piedad, sin vergüenza”, y lo más trágico es no haber oído a los obreros mientras las construían. En “Ventanas”, la apertura, la luz y la posibilidad de ver más allá se convierten en una necesidad moral.

Hay en todo esto una enseñanza también para la restauración. No siempre lo que amenaza a una obra es la ruina visible. A veces el verdadero deterioro es más lento y sutil: la clausura, la pérdida de sentido, la repetición vacía, la conversión del lugar en costumbre muerta, la incapacidad de abrir de nuevo una relación entre la forma y la existencia. Restaurar no es simplemente recomponer una materia dañada, sino devolver lectura a una ciudad, horizonte a una ventana, conciencia a una memoria.

Por eso Kavafis importa tanto a un arquitecto. Porque relee Grecia sin arqueología y sin retórica. Porque nos enseña que la ciudad más decisiva es también interior, que las murallas pueden ser invisibles, que Ítaca vale sobre todo por lo que nos obliga a vivir antes de alcanzarla, y que toda obra humana digna de ese nombre acaba siendo, de una manera u otra, una forma construida del tiempo.

Louis CERCOS, París, marzo de 2026.

miércoles, 21 de enero de 2026

Bibliotecas de lectura pública (la Bpi Lumière, Jorge Luis Borges y Gerardo Diego)











La biblioteca finita: Borges, el patrimonio intelectual y el arte de elegir. El 21 de enero de 1980, España otorgó el Premio Cervantes ex aequo a Jorge Luis Borges y Gerardo Diego. Dos escritores muy distintos, unidos ese día por una misma pregunta de fondo: qué hacemos con la herencia intelectual que recibimos. Si hay un hilo conductor para pensar esa cuestión, es Borges.

Borges imaginó en La Biblioteca de Babel una biblioteca infinita que contiene todos los libros posibles: todas las verdades, todas las falsedades, todas las combinaciones imaginables de signos. Una biblioteca total y, precisamente por eso, inútil. En ella, el conocimiento se pierde por exceso; la verdad se vuelve indistinguible del ruido. La acumulación absoluta conduce al silencio.

La lección es actual: una biblioteca no vale por su tamaño, sino por su sentido.

Por eso, cualquier obra de construcción, transformación o reorganización de una biblioteca es, en realidad, una obra de conservación del patrimonio. No del patrimonio material, sino del patrimonio intelectual de la humanidad. Las bibliotecas no son almacenes neutros: son instituciones que ordenan, jerarquizan, actualizan y transmiten. Son máquinas culturales al servicio de la lectura y del pensamiento.

En una biblioteca de lectura pública, la acumulación indiscriminada no es una virtud. Lo es, en cambio, la pertinencia, la actualización y el acceso real. De ahí que el désherbage —la eliminación razonada de libros obsoletos, deteriorados o que ya no cumplen función— no sea una forma de destrucción, sino una tarea esencial de conservación activa. Como en la restauración arquitectónica, conservar implica también retirar, para que lo que permanece pueda respirar y seguir vivo.

Una biblioteca infinita es un archivo muerto. Sin embargo, una biblioteca finita y bien pensada es un organismo en movimiento.

Restaurar fondos bibliográficos no consiste solo en consolidar lomos o limpiar papel. Supone diagnosticar, reintegrar, actualizar y asumir el presente sin nostalgia. Borges lo habría entendido perfectamente: el exceso de memoria puede ser tan paralizante como el olvido. Frente al vértigo de lo infinito, la biblioteca real debe aceptar sus límites. Y en esos límites encuentra su fuerza.

Y ahí aparece Gerardo Diego, como colofón necesario. Si Borges nos advierte del peligro del infinito, Diego nos recuerda la medida, la tradición que se renueva en cada lectura, el canon que no se fosiliza porque vuelve a decirse. Donde Borges traza el laberinto, Diego habita el poema. Donde uno teoriza el exceso, el otro encarna la lectura viva. Ese diálogo explica mejor que ningún discurso aquel Premio Cervantes compartido.

Recordar esta efeméride es recordar que toda biblioteca es una elección. Conservar es decidir y el patrimonio intelectual no se protege acumulándolo todo, sino haciendo posible que al menos algo sea leído, comprendido y transmitido.

Fotos: Bpi Lumière (2023, proyecto; 2024-2025, DF, Luis Cercos).

domingo, 18 de enero de 2026

Literatura y arquitectura



El 18 de enero de 1936 fallece Rudyard Kipling. Hoy lo recuerdo como autor de un poema que he citado muchas veces porque me sirve para hablar de mi oficio.

If— no es un poema sobre el éxito sino sobre la caída. Sobre ver romperse aquello a lo que uno ha dedicado su vida y, aun así, inclinarse y volver a construir con herramientas gastadas. Ahí está todo: la ruina, la pérdida, la dignidad del gesto mínimo, la reconstrucción sin épica.

Si puedes encontrarte con el Triunfo y el Desastre
y tratar a esos dos impostores de la misma manera;
...
si puedes ver rotas las cosas a las que diste tu vida
y agacharte para reconstruirlas con herramientas gastadas;

Hay un poema de mi admirado César Vallejo que nos habla directamente de arquitectura:

No vive ya nadie en la casa…
Todos se han ido.
Pero el punto por donde pasó un hombre
ya no está solo.

Una casa viene al mundo
no cuando la acaban de edificar,
sino cuando empiezan a habitarla.

Ese poema está en el origen de un cuento mío, La biblioteca, donde intento decir que los edificios antiguos muchas veces nos eligen:

"Con un escalofrío cerró el libro. Miró a su alrededor. No parecía haber nadie. Sin embargo, por todos lados, restos de pinturas de diferentes colores, moquetas, antiguos papeles pintados sobre las paredes. Restos de una anterior forma de vida. Huellas, quizás, de fantasmas familiares todavía vivos. Aquellas paredes, aquellos suelos, aquellos libros. Todo aquello demostraba que allí hubo amor, vida, muerte, pudor. Niños llorando, corriendo, riendo. Jovencitas enamoradas. Personas leyendo. Gente comiendo.

De pronto comprendió que no fue él quien eligió vivir en esa casa.
Aquella casa lo había elegido a él".

Robert Frost dice lo mismo desde otro ángulo, al escribir sobre un muro que se cae y el gesto repetido de volver a colocar las piedras. No habla de arquitectura monumental, sino de límites, de mantenimiento, de equilibrio entre separación y continuidad.

Hay algo que no ama los muros,
que los empuja desde el suelo helado
y derrama las piedras superiores al sol.
Mantenemos el muro entre nosotros mientras avanzamos.
A cada uno, las piedras que han caído de su lado.

Restaurar es eso: aceptar que algo siempre empuja para que los muros caigan y, aun así, decidir recomponerlos, sin dogma ni retórica.

Me interesa mucho la relación entre poesía y arquitectura. No porque la arquitectura deba ser poética en un sentido decorativo, sino porque la poesía es literatura llevada a su grado máximo de concentración y de esencia. Y así, cuando digo que, a veces, la mejor restauración es la no restauración, no hablo de inacción. Hablo de poesía. De decir las cosas sin prosa. De intervenir poco y renovar mucho. De corregir sin tocar. Como hacen los buenos poemas: modificar el sentido sin modificar el texto.

La poesía habita el lenguaje; la arquitectura habita el tiempo. Y la restauración, cuando no añade ruido, escucha lo que ya está ahí para fijarlo.

LC, Paris, enero 2026.

viernes, 3 de diciembre de 2021

Joan Manuel Serrat


Sin lugar a dudas, Joan Manuel Serrat es el cantautor, el poeta, el juglar, el músico más importante de mi vida. Muy probablemente, lo es también para muchos otros hispanohablantes. Se retirará en Barcelona en la víspera de NocheBuena del año 2022. Empezó a cantar y a contar cosas en 1965, el año en el que yo nací y de él era el primer disco que yo pude comprarme con mi propio dinero, allá por 1981. Todavía lo conservo, en una caja de madera, un recopilatorio de sus primeros años de carrera, que hoy está en mi casa en Francia. Sonó Serrat en la víspera del nacimiento de Giuliana, la menor de mis hijas, en un concierto memorable en la sala Gran Rex de Buenos Aires, junto a Mariela, junto a mi suegra -que marchó hace un par de años- y junto a nuestra querida tía Chiquita. En aquella ocasión, el maestro recitó un poema de Cavafis, ítaca, muy importante en mi vida también. Sonó Serrat también en la mañana del día siguiente al que conocí a Mariela, en la habitación de su hotel madrileño, mientras ella desayunaba, y aquella canción, Hoy puede ser un gran día, la animó a llamarme y a verme de nuevo. Y aquí seguimos, ella y yo, haciendo camino al andar. 

La carrera de Serrat no puede resumirse en un puñado de canciones, pero Mediterráneo es el lugar de dónde vengo y el lugar que me define; Paraules d'amor, la lengua de mi padre, a quien quizá nunca llegué a conocer completamente; La Saeta, recuerdos de la España de mi infancia, entre curas y supersticiones, de lo que hoy estoy alejado en la medida de lo posible, pero que también me forjó; La mujer que yo quiero, cuyo nombre me sabe a yerba, es el estado en el que ahora vivo y en el estado en el que quiero morir; Para la libertad, los sueños de esa España de los 70, que viví siendo aún un niño, y que comprendí durante mi juventud; Fiesta, el recuerdo de mis veranos en Alginet, el pueblo de Valencia en el que están mis raíces paternas; Las nanas de la Cebolla, que siempre me llevan a un minúsculo pueblo de Guadalajara, en la Castilla pobre, de donde salieron a servir, siendo todavía muy jovénes, mi abuela y sus cuatro hermanas, porque apenas había para comer; el Sur también existe, el disco que me entronca con Uruguay y con Benedetti, la tierra de mis suegros, al otro lado del Mar; Juan y José, la canción que siempre me evoca a mi querido amigo Jesús, compañero de estudios y de profesión; Cada loco con su tema, así soy casi siempre, ecléptico y desordenado, un poco caótico; De vez en cuando la vida, ... lo sé por experiencia propia; Tío Alberto, metáfora del país en el que hoy vivo y trabajo; ... y tantas y tantas otras cosas, otras canciones, tantos recuerdos. 

Bonne continuation mon cher Joan Manuel. 

viernes, 14 de febrero de 2020

Liberté, 1942


Liberté est un poème que l'auteur français Paul Éluard a écrit en 1942 pendant la Seconde Guerre mondiale, comme une ode à la liberté face à l'occupation allemande :

« Je pensais révéler pour conclure le nom de la femme que j’aimais, à qui ce poème était destiné. Mais je me suis vite aperçu que le seul mot que j’avais en tête était le mot Liberté. Ainsi, la femme que j’aimais incarnait un désir plus grand qu’elle. Je la confondais avec mon aspiration la plus sublime, et ce mot Liberté n’était lui-même dans tout mon poème que pour éterniser une très simple volonté, très quotidienne, très appliquée, celle de se libérer de l’Occupant »

À la Libération, il est fêté avec Louis Aragon comme le grand poète de la Résistance.