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miércoles, 16 de septiembre de 2026

LA VITRINA DE LO COTIDIANO. La antigüedad de lo cotidiano.




Cuando empecé esta serie pensaba en objetos del siglo XX. Quería comprender por qué ciertas cosas corrientes merecen conservarse. Pero la vitrina ha empezado a crecer de una manera que no esperaba. Cada pieza me lleva hacia otra y lo que parecía una historia cercana se adentra, sin pedir permiso, en siglos que creía mucho más lejos de mi casa.

Me ha ocurrido con los libros. En el texto sobre mis Levi’s contaba que, al final de su vida, todavía me sirven para encuadernar. Ahora descubro otra relación entre aquellas prendas y los volúmenes que cuido. Cuando reúno unas hojas y las protejo con unas tapas, trabajo con una forma que existía mucho antes de la imprenta. El códice ya era conocido en el mundo romano. Gutenberg multiplicó los libros en la Europa del siglo XV, pero no inventó ese pequeño edificio de páginas que seguimos abriendo con las manos.

Algo parecido sucede con las enciclopedias. Pensaba en la Larousse, en la Espasa-Calpe, en Wikipedia, y el camino me llevó hasta la Cyclopaedia de Chambers, de 1728, y la Encyclopédie de Diderot y d’Alembert, iniciada en 1751. Detrás estaban otras tentativas de reunir el conocimiento, desde Plinio hasta Isidoro de Sevilla. Cambian los soportes y las maneras de establecer qué sabemos. Permanece el deseo de encontrar una respuesta y, al buscarla, descubrir una pregunta que todavía no nos habíamos hecho.

También un vaso tiene una historia que desborda la memoria familiar. El soplado del vidrio se desarrolló en el Mediterráneo oriental en el siglo I antes de nuestra era. Las gafas nos devuelven a la Italia medieval. El lápiz conserva una relación entre la mano y el papel que me resulta especialmente cercana. En una misma mesa conviven tiempos muy distintos, aunque nosotros llamemos presente solo a todo lo que tenemos delante.

Sería tentador decir que son ideas que nadie ha podido mejorar. Prefiero pensar que han admitido muchas mejoras sin agotar su utilidad. Han cambiado los vidrios, las lentes, los papeles, las minas y las encuadernaciones. Algunas soluciones fueron sustituidas; otras encontraron un lugar junto a las nuevas. La permanencia no demuestra una perfección definitiva. A veces expresa algo más sencillo: todavía nos sirven y sabemos cómo convivir con ellas.

Eso me devuelve a la Moka y a las manos de de las mujeres de mi familia que preparaban los desayunos de mi ya lejana infancia. Mis cafeteras son posteriores, pero reconozco el gesto. Conservar puede consistir en cuidar una pieza concreta, reparar lo que se gasta o transmitir una manera de usarla. Quizá por eso me gusta reparar, como a mi abuelo. Al prolongar una utilidad, mantengo abierta una relación con quienes me/nos han precedido. Empiezo a entender que mi vitrina también guarda esas continuidades. Mientras buscaba objetos para contar mi vida, he encontrado vidas anteriores que siguen acompañando la nuestra.

Louis CERCOS, Condé-sur-Risle, septiembre 2026.

sábado, 12 de septiembre de 2026

La vitrina de lo cotidiano (IV). Moka, Italia por la mañana, desde 1933.







En mi casa y en el MoMA compartimos piezas de nuestras respectivas colecciones. Me emociona pensarlo mientras preparo el café, aunque esa coincidencia se repita en millones de hogares. A veces, la historia del diseño está tan cerca que dejamos de verla, entre las cosas que necesitamos para vivir. Así, cada mañana, antes de que el día adopte su velocidad, hay en mi cocina un pequeño rito de aluminio, agua y fuego. Llenar el depósito sin sobrepasar la válvula, acomodar el café sin prensarlo, enroscar y esperar. El olor comienza a recorrer la casa y el rumor de la Moka anuncia que el día puede comenzar. Italia por la mañana, incluso en París.


Alfonso Bialetti la ideó en 1933, en Crusinallo, Piamonte. Después de la guerra, su hijo Renato Bialetti la convirtió en un fenómeno mundial. Más de 300 millones de ejemplares vendidos cuentan algo más que un éxito comercial. La modernidad entró también en las casas mediante una máquina asequible cuyo diseño podía acompañar a varias generaciones. Su cuerpo octogonal de aluminio es una pequeña arquitectura que se comprende al desenroscarla. El calor eleva la presión en el depósito inferior e impulsa el agua a través del café molido hasta el recipiente superior. Material, geometría, agarre y mecanismo componen una respuesta coherente a una necesidad corriente.

Eso es diseño, no un adorno añadido a la utilidad, sino la inteligencia que le da forma y permite incorporarla a nuestros gestos. Una inteligencia que continúa cuando una pieza se desgasta. Con la cafetera fría, basta retirar la goma envejecida, limpiar su alojamiento y recolocar el filtro y una junta nueva de la medida adecuada. Los recambios y accesorios, desde los embudos hasta los adaptadores para inducción, permiten seguir usándola. Cambiar una goma es una modesta lección de conservación. La autenticidad no exige que todos los componentes envejezcan juntos.

Todas mis Bialetti muestran las huellas del uso diario. Al sostenerlas, reconozco la forma con la que mi abuela, mi madre, mi suegra, mis tías, preparaban así el desayuno. Mi esposa y yo continuamos el rito. No tiene que ser el mismo ejemplar para que las manos recuerden y hereden una manera de enroscar, una espera y un olor que reúne cocinas de épocas, países y ciudades distintas.

Penguin nos llevó al patrimonio de lo reproducible; Zippo, al de lo reparable; la Moka añade el de los gestos transmitidos. El MoMA conserva una Moka Express para explicar la historia del diseño; yo conservo las mías para preparar café y ambas tareas se complementan. El museo nos ayuda a reconocer el valor de aquello con lo que convivimos; la casa mantiene sus usos. Me conmueve esa pertenencia compartida a la historia de la humanidad, construida también con objetos que pasan desapercibidos. Algunas obras maestras nos acompañan sin pedir atención, mientras nosotros, todavía medio dormidos, ponemos la mesa.

Louis CERCOS, París, septiembre de 2026

viernes, 11 de septiembre de 2026

La vitrina de lo cotidiano (3). Movado Museum (1947)






Hace algún tiempo adquirí, por menos de cien dólares, un Movado Museum de cuarzo al que tengo enorme cariño. Lo encontré en el catálogo de un vendedor japonés mientras buscaba otro reloj. Treinta milímetros, una esfera negra, dos agujas y un disco dorado a las doce. Me atrajo llevar en la muñeca una idea de diseño que siempre me había parecido hermosa.

El encuentro, el precio y lo que averiguo después construyen mi relación con estos objetos. Les atribuyo valor patrimonial porque documentan maneras de producir, pensar y vivir, y conservan conocimientos y gestos tan familiares que apenas reparamos en ellos.

Movado nació en 1881 en La Chaux-de-Fonds. Allí y en la vecina Le Locle, la relojería configuró la ciudad, entrelazando viviendas, talleres y fábricas. Su urbanismo está inscrito en la Lista del Patrimonio Mundial. Me fascina que fabricar objetos tan pequeños haya contribuido a ordenar calles, edificios y formas de convivencia.

En 1947, el diseñador estadounidense Nathan George Horwitt concibió aquella esfera sin números ni graduaciones, con dos agujas y un disco a las doce, evocación del sol del mediodía. «Less is more» adquiere aquí una dimensión concreta. ¿Cuánto puede eliminarse conservando la capacidad de reconocer un reloj y leer la hora? Interpretamos la posición de las agujas porque hemos aprendido una geometría que permanece aunque desaparezcan sus divisiones. El minuto exacto exige más atención, y esa dificultad también forma parte del diseño.

En 1960, el MoMA incorporó el diseño a su colección. Su ficha «Wristwatch Face» documenta una pieza de treinta y tres milímetros, en oro blanco y con esfera esmaltada, fabricada por Vacheron & Constantin-Le Coultre y donada por Horwitt. Mi Movado de cuarzo es una versión comercial posterior, con una continuidad formal y diferencias materiales e históricas que merecen conocerse.

Esa difusión también tiene interés patrimonial. Las versiones que se compraron, regalaron y utilizaron durante años testimonian cómo el diseño moderno entró en la vida cotidiana. El precio de mi reloj me permitió adquirirlo; las relaciones que permite comprender explican su lugar en mi colección.

Las agujas giran sobre su eje bajo ese pequeño sol inmóvil. Al mirarlas pienso en la Tierra, las estaciones y los años con los que medimos nuestra vida. El movimiento circular vuelve a una posición conocida mientras el tiempo continúa avanzando. Encuentro ahí una hermosa metáfora de nuestra necesidad de orientarnos dentro de algo que nunca podemos detener.

Como profesional del patrimonio, quiero trasladar esa atención a los objetos que utilizo. Conocer su procedencia, documentar sus características, comprender sus transformaciones y cuidarlos sin borrar las huellas de su historia son maneras de conservarlos. También lo es mantener su uso cuando su estado lo permite. El gesto de consultar la hora forma parte de lo que deseo transmitir.

Louis CERCOS, París, septiembre 2026.

domingo, 30 de agosto de 2026

La vitrina de lo cotidiano (2): Zippo (1932)




Si en la primera entrega Penguin nos introducía en el patrimonio de lo reproducible; Zippo, lo hace en el patrimonio de lo reparable. Esta condición me interesa especialmente, porque cuestiona la idea arraigada de que para mantener su identidad un objeto debe conservar intacta su materia. Un Zippo nos demuestra lo contrario. Puede haber cambiado de piedra, de mecha, reparado su bisagra o sustituido componentes y seguir siendo el mismo. No ha sobrevivido por permanecer inalterado, sino porque fue concebido para transformarse sin perder su continuidad.

La historia comienza en Bradford, Pensilvania, en 1932, cuando George G. Blaisdell observa un encendedor austríaco cuya llama resistía el viento. Conservó ese principio y reorganizó el objeto: una caja metálica, una tapa articulada, una rueda accionable con el pulgar y la chimenea perforada que aún permite reconocer un Zippo abierto sin ver la marca. Los primeros ejemplares llegaron al mercado en 1933 y había nacido un diseño industrial cuya identidad apenas necesita reinventarse.

Basta contemplar los modelos más austeros. Sin dibujos ni inscripciones, un Zippo sigue siendo reconocible. Una caja de esquinas redondeadas, una tapa, una bisagra, una rueda y una chimenea bastan para construir su identidad. Si está hoy en mi vitrina no es porque sea raro, sino porque nunca lo fue. La fábrica de Bradford resulta casi tan importante como el encendedor. Asociamos el taller artesanal con la singularidad y con aquello que merece conservarse, mientras la fábrica parece pertenecer a lo repetible y sustituible, pero también las fábricas producen patrimonio.

¿Cuánto puede cambiar materialmente un objeto antes de dejar de ser el mismo? Un Zippo utilizado durante cincuenta años estará rayado, golpeado y pulido por las manos y el bolsillo; habrá recibido combustible centenares de veces y quizá haya perdido piezas. Pero esas transformaciones no disminuyen necesariamente su autenticidad. A veces sucede lo contrario: la raya, la abolladura, la inscripción o la reparación dejan de ser deterioros y se convierten en documentos de una trayectoria.

Ante dos ejemplares idénticos, uno perfectamente conservado y otro utilizado durante décadas por alguien cuya historia conocemos, ¿cuál conserva más información? El primero documenta cómo salió de fábrica; el segundo, cómo fue vivido. Quizá uno de los errores de cierta cultura de la restauración haya sido confundir perfección material con autenticidad.

El Zippo pertenece también a una cultura del tabaco que ya no ocupa el lugar social de otras décadas, pero conservar un objeto no significa reivindicar las costumbres que lo rodearon. Yo, por ejemplo, uso mi Zippo para encender el fuego de mi chimenea. El patrimonio no tiene por misión aprobar el pasado, sino hacerlo comprensible. Mi pequeño encendedor mos habla de industria, diseño, guerra, cine, cultura popular y de nuestra relación con los objetos.

Louis CERCOS, Condé-sur-Risle, agosto 2026.

viernes, 28 de agosto de 2026

La vitrina de lo cotidiano (1). Penguin Books, 1935.


PENGUIN BOOKS, EL PATRIMONIO DE SEIS PENIQUES.

Durante mucho tiempo hemos asociado instintivamente el patrimonio con la antigüedad, la rareza, la singularidad, la monumentalidad y, aunque nos cueste reconocerlo, también con el precio. Conservamos aquello que parecía destinado a ser conservado y prestamos menos atención a una parte inmensa de la cultura material de los siglos XX y XXI que nació bajo condiciones contrarias. Objetos baratos, industriales, utilizados por millones de personas y concebidos muchas veces para ser sustituidos cuando hubieran cumplido su función.

Hace tiempo que me interesa esa contradicción y por eso comienzo hoy una nueva serie que he llamado "La vitrina de lo cotidiano", dedicada a objetos cuya importancia procede de su capacidad para explicar cómo hemos vivido. No trato aquí de convertir todo objeto viejo en patrimonio, sino de intentar reconocer cuándo algo corriente comienza a convertirse en testimonio de una inteligencia, una tecnología y de unas relaciones sociales.

Para comenzar he elegido uno de los objetos más modestos que podía imaginar, un pequeño libro de bolsillo que en 1935 costaba seis peniques. Cuando Allen Lane lanzó los primeros Penguin Books, la propuesta consistía en poner buena literatura, una producción digna y un diseño cuidado al alcance de un público muy amplio. El precio equivalía aproximadamente al de un paquete de cigarrillos y la innovación no consistió en inventar el libro en rústica, que ya existía, sino en demostrar que economía, calidad literaria, diseño y distribución masiva podían formar parte de una misma operación cultural. Diez meses después se había alcanzado ya el millón de ejemplares impresos.

También las cubiertas explican esa ambición. Tres bandas horizontales, una zona central clara, una tipografía legible y un código de colores permitían reconocer las colecciones. El naranja identificaba la ficción general, el verde la novela criminal y el azul la biografía y la autobiografía. El color no decoraba, sino que organizaba la información, mientras la repetición de una misma estructura convertía cada libro en parte de una colección reconocible.

Hay algo en este sistema que me resulta inevitablemente arquitectónico. Una retícula organiza los elementos, una jerarquía tipográfica ordena la información, el color funciona como un programa y una envolvente común permite reconocer cada pieza como parte de un conjunto. Cada libro conserva su identidad, pero acepta una disciplina compartida.

Penguin consiguió además resolver una contradicción que continúa pareciéndome profundamente contemporánea. La economía no fue enemiga de la calidad formal, sino casi lo contrario. Porque había que producir millones de ejemplares a un precio muy bajo, el diseño tuvo que transformarse en sistema, ordenar la producción y encontrar dignidad dentro de la escasez.

Es aquí donde, para mí, comienza la cuestión patrimonial de Penguin.

Louis CERCOS, París, agosto 2026.

sábado, 9 de mayo de 2026

El vino y el paisaje cultural (2/5)





Si en la primera entrega intenté explicar por qué el vino puede ayudarnos a pensar el patrimonio, es inevitable continuar por Francia, el país que ha construido alrededor del vino una de las más poderosas teorías europeas del territorio. Aquí, el vino se presenta, antes que nada, como la expresión de un lugar. La palabra terroir, tan difícil de traducir, designa la relación profunda entre una geografía, una comunidad humana y una forma de hacer que se ha ido afinando con el tiempo.

El vino francés parece necesitar siempre un mapa. Hay que saber de dónde viene, bajo qué denominación se inscribe, qué reglas ha aceptado y qué historia territorial está convocando en la copa. La AOC, Appellation d’origine contrôlée, y la AOP, Appellation d’origine protégée, son instrumentos de protección del origen, del método, de las variedades autorizadas, de los rendimientos, y de las prácticas de cultivo y de elaboración.

La comparación con el paisaje permite comprenderlo todavía mejor. El Convenio Europeo del Paisaje, adoptado en Florencia en el año 2000 bajo el impulso del Consejo de Europa, reconoce el paisaje como una realidad que incluye componentes naturales, culturales y humanizados, así como sus interconexiones. La UNESCO, por su parte, define los paisajes culturales inscritos en la Lista del Patrimonio Mundial como obras combinadas de la naturaleza y del ser humano, expresión de la evolución de las sociedades bajo la influencia del medio físico y de fuerzas sociales, económicas y culturales.

En el caso de los Climats de Borgoña la UNESCO no reconoció solamente la excelencia de unos vinos, sino un paisaje cultural formado por parcelas vitícolas precisamente delimitadas, diferenciadas por condiciones naturales, por las variedades de vid y por siglos de cultivo humano. La parcela se convierte en archivo y el viñedo en documento. El paisaje deja de ser un fondo pintoresco y se transforma en una obra colectiva, acumulativa y estratificada, tan histórica como una catedral o como una ciudad antigua. Esta idea me parece fundamental.

Francia nos enseña que el valor necesita protección y nos obliga a recordar que toda regla, para seguir siendo patrimonialmente justa, debe permanecer abierta a la realidad concreta que pretende proteger. Una denominación no agota un vino. Un expediente no agota un edificio. Una fase validada no estabiliza definitivamente la realidad. Un diagnóstico no clausura lo que la obra puede todavía revelar. Un edificio vivo, como un viñedo vivo, conserva siempre una parte de resistencia frente a la clasificación.

Quizá por eso el vino francés es una puerta tan precisa para comprender una parte esencial de la cultura patrimonial francesa. Ambos nacen de una misma confianza en el territorio, en la clasificación y en el método. Ambos creen que lo recibido debe ordenarse para no perderse. Ambos saben que una cultura no sobrevive si no aprende a defender sus valores.

Louis CERCOS, París, mayo de 2026.

Europa ante lo recibido: vino, patrimonio y restauración contextual (1/5)


Un día, en un avión, escuché inevitablemente una conversación entre dos personas que hablaban de vinos franceses y vinos españoles. Uno de los dos viajeros sostenía la tesis sencilla y luminosa de que para amar de verdad los vinos franceses y los vinos españoles había que aceptar primero que, aunque ambos se llamaran vino, eran en realidad productos culturalmente diferentes.

Desde aquel día dejé de comparar los vinos como si pertenecieran a una misma escala universal. En todos hay uva, fermentación, tierra, clima, mano humana y tiempo, pero esos elementos se organizaban de manera distinta, como si cada cultura hubiera construido alrededor del vino una forma propia de entender el mundo.

Un vino francés es inseparable de la idea de territorio, de denominación, de continuidad histórica y de una inteligencia casi cartográfica del suelo. Un vino español nos habla de crianza, de bodega, de madera, de una relación intensa con el tiempo y con esa idea, tan española, de que lo que ha reposado largamente ha adquirido una autoridad especial. Un vino italiano, en cambio, no se puede separar de la mesa, de la conversación, del paisaje, del pueblo, de la comida, de la belleza cotidiana, de esa extraordinaria capacidad italiana para convertir la/su cultura en una forma natural de vivir.

El vino y la arquitectura, nos obligan a pensar en la forma en que las culturas valoran lo recibido. Durante mucho tiempo hemos creído que clasificar era comprender. Hemos ordenado los vinos por denominaciones, por añadas, por tiempos de crianza, por variedades, por bodegas, por prestigios acumulados. Del mismo modo hemos ordenado los edificios por siglos, estilos, autores, materiales, técnicas, grados de protección, fechas de construcción o niveles de intervención permitidos.

Por eso el vino es una metáfora tan poderosa para hablar de patrimonio cultural. No pertenece solo a la economía, a la agricultura o a la gastronomía. Pertenece también a la memoria europea, al paisaje, a la construcción de identidades regionales, a la relación entre una comunidad y su territorio. El vino es materia y es relato.

La restauración se enfrenta a un problema parecido. Cuando intervenimos en un edificio histórico trabajamos también sobre una acumulación de decisiones humanas, sobre usos que han dejado huella, sobre oficios que quizá ya no existen, sobre transformaciones sucesivas, sobre memorias superpuestas. Trabajamos sobre algo recibido que no puede comprenderse solo por su edad.

Esta es quizá la primera lección que el vino nos ofrece: el tiempo importa, pero no basta. Un vino no es necesariamente mejor porque haya envejecido más. La edad introduce una profundidad, pero el valor nace de una relación mucho compleja entre origen, materia, uso, memoria, autenticidad, transmisión, calidad, comunidad y continuidad. Con el vino y el patrimonio ocurre exactamente lo mismo.

Louis CERCOS, château de Sancy, mai 2026.

domingo, 22 de febrero de 2026

¿qué conservar y qué elegir cuando hablamos de patrimonio? (y 2)


Ayer publiqué una reflexión que ha generado un debate amplio y estimulante: ¿qué conservar y qué elegir cuando hablamos de patrimonio?

En ese intercambio apareció un comentario que, en lugar de discutir los argumentos, equiparó la expresión “ética de la selección” con uno de los episodios más oscuros del siglo XX. No fue una crítica conceptual, sino un sofisma: una falsa analogía basada en una coincidencia verbal, no en una equivalencia histórica o moral. Y, además, un ejemplo claro de lo que la teoría de la argumentación denomina reductio ad Hitlerum: intentar desacreditar una idea asociándola retóricamente con el nazismo sin analizar su contenido real.

Conviene recordar que cuando yo hablo de selección en patrimonio no lo hago de personas, ni de identidades, ni de derechos. Hablo de bienes materiales, de edificios, de paisajes culturales, y de la asignación de recursos públicos que siempre son limitados. No existe ningún sistema patrimonial en el mundo que no opere mediante selección.

Y como el sofista que me acusaba ayer procedía de los Estados Unidos, la comparación resulta doblemente absurda, porque precisamente allí el sistema de preservación está estructurado explícitamente sobre criterios selectivos. El National Register of Historic Places establece categorías claras: asociación con acontecimientos significativos, vinculación con personas relevantes, valor arquitectónico o artístico distintivo, potencial informativo para la historia o la arqueología. No todo edificio antiguo es inscrito. La designación como landmark es una selección. La concesión de subvenciones federales o estatales para conservación es una selección. La aplicación de la Section 106 del National Historic Preservation Act obliga a identificar qué propiedades merecen consideración especial en cada proyecto. Incluso los criterios de integridad —localización, diseño, materiales, ejecución, ambiente, asociación— funcionan como filtros. Es decir, la selección es, en USA, el fundamento operativo de su sistema.

Lo mismo sucede en Europa, en América Latina y en cualquier democracia que gestione su patrimonio cultural.

Reconocer que el patrimonio es una construcción histórica y política no es relativismo ni autoritarismo implica asumir que cada generación decide qué recordar, qué proteger y con qué argumentos.

Vivimos, además, en un momento internacional delicado, en el que determinadas políticas injustas y segregacionistas están tensionando la armonía mundial y erosionando consensos básicos. Quizá, antes de proyectar acusaciones hacia fuera de los EE.UU., convenga a los norteamericanos afines a sus gobernantes actuales examinar críticamente los propios marcos políticos y culturales desde los que lanzamos acusaciones.

El debate sobre patrimonio merece altura intelectual. Y la selección, lejos de ser un pecado, es la condición misma de toda política cultural responsable.

Luis Cercos, Condé-sur-Risle, Francia, febrero de 2026.