Cuando empecé esta serie pensaba en objetos del siglo XX. Quería comprender por qué ciertas cosas corrientes merecen conservarse. Pero la vitrina ha empezado a crecer de una manera que no esperaba. Cada pieza me lleva hacia otra y lo que parecía una historia cercana se adentra, sin pedir permiso, en siglos que creía mucho más lejos de mi casa.
Me ha ocurrido con los libros. En el texto sobre mis Levi’s contaba que, al final de su vida, todavía me sirven para encuadernar. Ahora descubro otra relación entre aquellas prendas y los volúmenes que cuido. Cuando reúno unas hojas y las protejo con unas tapas, trabajo con una forma que existía mucho antes de la imprenta. El códice ya era conocido en el mundo romano. Gutenberg multiplicó los libros en la Europa del siglo XV, pero no inventó ese pequeño edificio de páginas que seguimos abriendo con las manos.Algo parecido sucede con las enciclopedias. Pensaba en la Larousse, en la Espasa-Calpe, en Wikipedia, y el camino me llevó hasta la Cyclopaedia de Chambers, de 1728, y la Encyclopédie de Diderot y d’Alembert, iniciada en 1751. Detrás estaban otras tentativas de reunir el conocimiento, desde Plinio hasta Isidoro de Sevilla. Cambian los soportes y las maneras de establecer qué sabemos. Permanece el deseo de encontrar una respuesta y, al buscarla, descubrir una pregunta que todavía no nos habíamos hecho.
También un vaso tiene una historia que desborda la memoria familiar. El soplado del vidrio se desarrolló en el Mediterráneo oriental en el siglo I antes de nuestra era. Las gafas nos devuelven a la Italia medieval. El lápiz conserva una relación entre la mano y el papel que me resulta especialmente cercana. En una misma mesa conviven tiempos muy distintos, aunque nosotros llamemos presente solo a todo lo que tenemos delante.
Sería tentador decir que son ideas que nadie ha podido mejorar. Prefiero pensar que han admitido muchas mejoras sin agotar su utilidad. Han cambiado los vidrios, las lentes, los papeles, las minas y las encuadernaciones. Algunas soluciones fueron sustituidas; otras encontraron un lugar junto a las nuevas. La permanencia no demuestra una perfección definitiva. A veces expresa algo más sencillo: todavía nos sirven y sabemos cómo convivir con ellas.
Eso me devuelve a la Moka y a las manos de de las mujeres de mi familia que preparaban los desayunos de mi ya lejana infancia. Mis cafeteras son posteriores, pero reconozco el gesto. Conservar puede consistir en cuidar una pieza concreta, reparar lo que se gasta o transmitir una manera de usarla. Quizá por eso me gusta reparar, como a mi abuelo. Al prolongar una utilidad, mantengo abierta una relación con quienes me/nos han precedido. Empiezo a entender que mi vitrina también guarda esas continuidades. Mientras buscaba objetos para contar mi vida, he encontrado vidas anteriores que siguen acompañando la nuestra.
Louis CERCOS, Condé-sur-Risle, septiembre 2026.
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