viernes, 11 de septiembre de 2026

La vitrina de lo cotidiano (3). Movado Museum (1947)






Hace algún tiempo adquirí, por menos de cien dólares, un Movado Museum de cuarzo al que tengo enorme cariño. Lo encontré en el catálogo de un vendedor japonés mientras buscaba otro reloj. Treinta milímetros, una esfera negra, dos agujas y un disco dorado a las doce. Me atrajo llevar en la muñeca una idea de diseño que siempre me había parecido hermosa.

El encuentro, el precio y lo que averiguo después construyen mi relación con estos objetos. Les atribuyo valor patrimonial porque documentan maneras de producir, pensar y vivir, y conservan conocimientos y gestos tan familiares que apenas reparamos en ellos.

Movado nació en 1881 en La Chaux-de-Fonds. Allí y en la vecina Le Locle, la relojería configuró la ciudad, entrelazando viviendas, talleres y fábricas. Su urbanismo está inscrito en la Lista del Patrimonio Mundial. Me fascina que fabricar objetos tan pequeños haya contribuido a ordenar calles, edificios y formas de convivencia.

En 1947, el diseñador estadounidense Nathan George Horwitt concibió aquella esfera sin números ni graduaciones, con dos agujas y un disco a las doce, evocación del sol del mediodía. «Less is more» adquiere aquí una dimensión concreta. ¿Cuánto puede eliminarse conservando la capacidad de reconocer un reloj y leer la hora? Interpretamos la posición de las agujas porque hemos aprendido una geometría que permanece aunque desaparezcan sus divisiones. El minuto exacto exige más atención, y esa dificultad también forma parte del diseño.

En 1960, el MoMA incorporó el diseño a su colección. Su ficha «Wristwatch Face» documenta una pieza de treinta y tres milímetros, en oro blanco y con esfera esmaltada, fabricada por Vacheron & Constantin-Le Coultre y donada por Horwitt. Mi Movado de cuarzo es una versión comercial posterior, con una continuidad formal y diferencias materiales e históricas que merecen conocerse.

Esa difusión también tiene interés patrimonial. Las versiones que se compraron, regalaron y utilizaron durante años testimonian cómo el diseño moderno entró en la vida cotidiana. El precio de mi reloj me permitió adquirirlo; las relaciones que permite comprender explican su lugar en mi colección.

Las agujas giran sobre su eje bajo ese pequeño sol inmóvil. Al mirarlas pienso en la Tierra, las estaciones y los años con los que medimos nuestra vida. El movimiento circular vuelve a una posición conocida mientras el tiempo continúa avanzando. Encuentro ahí una hermosa metáfora de nuestra necesidad de orientarnos dentro de algo que nunca podemos detener.

Como profesional del patrimonio, quiero trasladar esa atención a los objetos que utilizo. Conocer su procedencia, documentar sus características, comprender sus transformaciones y cuidarlos sin borrar las huellas de su historia son maneras de conservarlos. También lo es mantener su uso cuando su estado lo permite. El gesto de consultar la hora forma parte de lo que deseo transmitir.

Louis CERCOS, París, septiembre 2026.

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