Philips, una manera de habitar. Philips forma parte de la historia de nuestras familias. Está o estaba en las radios, los tocadiscos, las cintas grabadas y los equipos de música; también en el zumbido de una afeitadora Philishave, en las batidoras, las planchas o las cafeteras. La tecnología se vuelve familiar por esa persistencia discreta con la que nos acompaña.
Si tuviera que conservar un solo objeto, elegiría el magnetófono portátil EL3300, presentado en 1963 junto al casete compacto. Grabar una voz, preparar una selección de canciones, llevar la música consigo. Pero mi historia con Philips incluye también un viaje y unas casas holandesas. Viajé a Eindhoven en 1994. Recuerdo la fecha porque una cena coincidió con el debut de Raúl González Blanco en el primer equipo del Real Madrid. Mientras él iniciaba una carrera que entonces nadie podía medir, yo descubría, en aquella ciudad industrial, otra manera de habitar y construir.
Gerard Philips y su padre Frederik fundaron la empresa en 1891 para fabricar bombillas. Con el tiempo, Philips no se limitó a producir objetos. Dio forma a una ciudad, levantando fábricas, escuelas, servicios y viviendas. Philipsdorp, iniciado en 1910, conserva la memoria de aquella ambición social. Schuttersbosch, con sus casas prefabricadas de madera entre los árboles, pertenece al mismo paisaje mental. Me impresionaron especialmente las viviendas destinadas a algunos directivos extranjeros. Rodeadas de verde y próximas a la ciudad, permitían una vida desplazada en bicicleta, sin renunciar a la comodidad. En las cocinas, los azulejos se limitaban a la franja necesaria entre los muebles altos y bajos. Las instalaciones quedaban deliberadamente a la vista. Aquella economía constructiva, tan poco espectacular y tan inteligente, me abrió los ojos a la industrialización de la vivienda.
La casa podía entenderse como un conjunto de componentes, con un orden de montaje y cada material situado exactamente donde hacía falta. Había una forma de elegancia en esa precisión. Pensé después en Richard Neutra y en su manera de reunir técnica, paisaje y bienestar. La casa Bailey incorporó incluso un núcleo prefabricado de instalaciones. Pensé también en Jean Prouvé y sus casas desmontables, construidas con piezas ligeras de madera y metal. Fabricar, transportar, montar, transformar: la vivienda no perdía por ello su calidad doméstica, quizá la ganaba.
Desde aquel viaje, mis casas y mis proyectos quedaron marcados por esa lección. La prefabricación dejó de ser para mí una abstracción industrial.
Hoy Royal Philips se concentra en la tecnología sanitaria y el cuidado personal; otros productos domésticos Philips llegan a nosotros a través de empresas como Versuni. Pero en mi vitrina, junto al casete y la afeitadora, guardo aquella lección de Eindhoven. Una empresa nacida para fabricar luz me enseñó a mirar cómo se construye una casa.
Louis CERCOS, Condé-sur-Risle, septiembre 2026.
miércoles, 16 de septiembre de 2026
La vitrina de lo cotidiano: Philips, 1981.
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