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sábado, 1 de agosto de 2026

El País y yo (I)


El diario EL PAÍS cumplió 50 años el pasado 4 de mayo. Quiero retomar hoy esa fecha, aunque sea con retraso, porque la relación que algunos mantenemos con un periódico forma parte de una educación sentimental, cultural y política muy extensa, construida durante décadas mediante noticias, editoriales, fotografías, críticas y páginas culturales que terminan mezclándose con nuestros propios recuerdos hasta hacer difícil separar aquello que vivimos de la manera en que aprendimos a comprenderlo.

Nací en Madrid en 1965, también en mayo, en una España todavía sometida a la dictadura franquista y en la que muchas de las palabras que posteriormente ordenarían mi vida ciudadana (democracia, Constitución, autonomía, libertad, derechos sociales o integración europea) aún no formaban parte de la experiencia cotidiana de los españoles. EL PAÍS nació diez años después, en 1976, cuando la muerte de Franco había abierto un proceso lleno de incertidumbres y la democracia española todavía no había adquirido la seguridad de llegar a consolidarse.

El periódico apareció cuando yo tenía diez años y comenzaba a entrar en esa edad en la que las noticias dejan de ser conversaciones incomprensibles de los adultos para convertirse en la materia con la que uno empieza a construir una explicación propia del mundo. Puedo decir que ha sido mi periódico desde que tengo uso de razón, no porque recuerde con exactitud el día en que leí por primera vez una de sus páginas, sino porque su presencia acompaña la formación de mi conciencia adulta y se confunde con el aprendizaje de la democracia en España.

Mientras yo aprendía a interpretar la realidad política, mi país aprendía a expresarse mediante elecciones libres, partidos políticos, sindicatos, parlamentos, comunidades autónomas y una Constitución que quiso establecer un Estado de derecho. Para quienes pertenecemos a mi generación, EL PAÍS no fue únicamente un medio que informaba sobre aquella transformación, sino también una herramienta para convivir con el desacuerdo.

Cuando el 23 de febrero de 1981 un grupo de guardias civiles ocupó el Congreso de los Diputados, yo tenía quince años. La edición extraordinaria que EL PAÍS publicó aquella noche en defensa inequívoca de la Constitución pertenece también a la memoria política de quienes comprendimos entonces que la democracia española no era todavía una realidad irreversible.

A lo largo de estos cincuenta años, EL PAÍS ha sido para mí una fuente cotidiana de información, pero también un contertulio, una escuela cultural y una forma de educación ciudadana. Durante los próximos días intentaré recorrer esta historia compartida, desde la España de la Transición hasta mis años profesionales en Sudamérica y mi vida actual en Francia, para explicar cómo EL PAÍS me ha ayudado a comprender mi país y un mundo que, mientras el periódico cambiaba, también se hacía progresivamente más extenso, complejo e incierto.

#ElPaís50

Louis CERCOS, París, agosto de 2026.
 

domingo, 15 de febrero de 2026

Je me accuse : apprentissages d’un restaurateur.



Je me accuse : apprentissages d’un restaurateur.


Je me accuse.

Je m’accuse d’avoir cru, dans les premières années, que restaurer signifiait clarifier l’histoire, réparer ses lacunes, ordonner ses désordres, rendre plus lisible ce que le temps avait rendu complexe. 

Je m’accuse d’avoir agi avec l’enthousiasme de la jeunesse, avec la fierté d’intervenir sur des monuments qui m’impressionnaient, et d’avoir parfois confondu admiration et lucidité.

Je m’accuse d’avoir effacé des traces que je ne savais pas encore interpréter.

Car nul ne devient restaurateur par révélation soudaine. On le devient par strates, comme les architectures que l’on prétend comprendre. On le devient au contact des murs, dans la poussière des chantiers, dans le silence qui suit les décisions prises trop vite, dans la relecture intérieure qui commence lorsque l’échafaudage est démonté et que le bâtiment reste, seul, avec nos gestes inscrits dans sa matière.

J’ai travaillé sur des monuments que je croyais singuliers et qui étaient pluriels. Je parlais d’architecture, alors qu’il s’agissait d’architectures superposées. Je parlais de patrimoine, comme s’il était un objet stable, alors qu’il était un tissu de mémoires contradictoires, de transformations successives, de blessures et d’ajouts.

Le pluriel ne fut pas un choix stylistique. Il fut une prise de conscience.

Comme aux échecs, on apprend davantage des parties perdues que des victoires faciles. Certaines interventions, menées sous l’autorité intellectuelle d’autres, ou dans un contexte que je ne maîtrisais pas encore pleinement, m’ont enseigné que la restauration n’est ni une correction, ni une amélioration, ni une fixation du temps. Elle est une interprétation prudente, consciente de sa propre fragilité.

Je me accuse d’avoir parfois voulu trop faire, là où il aurait fallu retenir le geste. D’avoir cru qu’intervenir signifiait compléter. D’avoir oublié que chaque décision altère une biographie matérielle qui ne nous appartient pas entièrement.

Mais je me accuse aussi pour affirmer ceci : c’est par l’erreur que s’affine la conscience. C’est par le doute que naît la prudence. C’est par la distance que l’on comprend que restaurer n’est pas recréer, n’est pas embellir, n’est pas figer, mais révéler sans falsifier.

Aujourd’hui, si je parle de patrimoines et d’architectures au pluriel, c’est parce que j’ai compris que chaque édifice est une stratification humaine. Restaurer, ce n’est pas posséder le passé. C’est l’interpréter provisoirement, avec humilité, en sachant que d’autres viendront après nous, relire nos gestes et, peut-être, les juger.

Je me accuse — non pour me condamner, mais pour rappeler que la restauration est une responsabilité morale avant d’être une technique.

Et que l’apprentissage ne finit jamais.

Luis Cercos, Condé-sur-Risle, février 2026.

martes, 3 de febrero de 2026

Reconstruir una ciudad, atravesar los siglos


El 3 de febrero de 1932, una serie de fuertes sacudidas sísmicas golpeó Santiago de Cuba. No fue solo una catástrofe natural. Fue una prueba radical para una ciudad de identidad histórica densa, mestiza, acostumbrada a resistir, pero nunca inmune a la violencia del tiempo.

La reconstrucción no fue un gesto unitario ni un proyecto cerrado. Fue, como casi siempre ocurre, un proceso acumulativo, condicionado por la urgencia, los recursos limitados y la decisión política. En lo inmediato, la prioridad fue rehacer lo esencial: vivienda, infraestructuras básicas, equipamientos. Se reforzaron soluciones constructivas y se corrigieron fragilidades evidentes, no tanto para reinventar la ciudad como para permitirle seguir siéndolo. Pero toda reconstrucción es también una interpretación. Tras el seísmo, se volvió más visible la convivencia entre arquitectura colonial, soluciones vernáculas y aportes modernos. Santiago no se recompuso como un decorado idealizado, sino como un organismo obligado a funcionar, a absorber población, a negociar con un clima duro y una topografía compleja. La autenticidad, en estos casos, suele nacer de la necesidad y, en cierto modo, de la precariedad. Después vendrían otros terremotos, pero esta vez políticos. La Revolución cubana transformó radicalmente el marco en que la ciudad debía existir. Santiago pasó a ser territorio de memoria, ciudad-mito, cuna de un relato. Esa carga simbólica influyó en su evolución urbana y patrimonial, con áreas conservadas como escenarios y otras relegadas por carencias estructurales, prioridades cambiantes y ciclos económicos complejos. Santiago, en realidad, no se reconstruyó una sola vez. Se reconstruyó muchas veces: tras el seísmo de 1932, tras los cambios de régimen, tras las crisis económicas, tras los huracanes, tras el desgaste lento del tiempo. Cada fase dejó capas visibles e invisibles. Algunas coherentes, otras contradictorias. Todas auténticas en su condición histórica. Reconstruir no es volver atrás, sino atravesar el tiempo. Y casi siempre, hacer lo mejor, con los medios disponibles. Una ciudad no se recompone como un objeto; se reorganiza como un cuerpo vivo. Los terremotos destruyen edificios, pero también revelan estructuras profundas, sociales, económicas y culturales, que condicionan tanto como la técnica el resultado final. El patrimonio urbano nunca se decide en un solo momento ni bajo un solo régimen. Se construye y se repara a lo largo de décadas, entre memoria y necesidad, hasta que una ciudad consigue, sencillamente, seguir habitándose a sí misma. Es el trabajo continuo y silencioso de generaciones. Por eso siempre pienso en los que nos precedieron cuando camino por los centros históricos. No es el trabajo de nadie en concreto, sino una voluntad común que evoluciona. LC, París, febrero de 2026

lunes, 2 de febrero de 2026

A propósito de Robison Crusoe, Alvar Aalto, Le Corbusier y Louis Khan


El 2 de febrero de 1709, en una isla del océano Pacífico, el marino escocés Alexander Selkirk fue rescatado tras haber vivido más de cuatro años completamente aislado. Su experiencia (real, extrema y documentada), inspiró años después a Daniel Defoe para escribir Robinson Crusoe, una de las novelas fundacionales de la literatura moderna. La efeméride me es útil por lo que revela: la creación nace casi siempre de una biografía concreta.

Robinson Crusoe es la transposición literaria de una vida vivida, reinterpretada, ordenada y dotada de sentido. Defoe no inventa la isla desierta: la lee. No crea la soledad: la estructura. No imagina la supervivencia desde cero: la construye a partir de saberes técnicos, económicos, morales y culturales ya existentes. Incluso el mito del hombre solo está lleno de otros. Crusoe sobrevive porque recuerda, porque aplica conocimientos aprendidos, porque reproduce estructuras conocidas. La isla no es un vacío; es un laboratorio cultural.

Esta relación entre experiencia vital y creación no es exclusiva de la literatura. En arquitectura es también muy evidente. Raramente un giro profundo en una obra nace de una abstracción teórica. Suele tener un origen biográfico preciso.

Alvar Aalto no proyecta el sanatorio de Paimio desde una idea neutral de la modernidad. Lo hace después de haber convivido de cerca con la enfermedad, con la fragilidad del cuerpo y con la necesidad de una arquitectura que cuide. La orientación de las habitaciones, la acústica, la luz, el color o incluso el diseño del mobiliario son inseparables de esa experiencia personal. No es solo un edificio moderno; es una respuesta vital.

Algo parecido ocurre con Le Corbusier tras su Viaje a Oriente de 1911. Antes de ese recorrido, su pensamiento es todavía académico. Después, su arquitectura cambia radicalmente. La experiencia directa del Mediterráneo, de la arquitectura vernácula, de la proporción y de la luz deja una huella profunda que atraviesa toda su obra posterior. No hay ruptura sin viaje, sin biografía, sin contacto con lo real.

Louis Kahn, por su parte, no encuentra su voz hasta una edad tardía, tras su estancia en Roma y su confrontación directa con las ruinas. Ese encuentro transforma su manera de entender el tiempo, la materia y la monumentalidad. A partir de ahí, su arquitectura deja de ser simplemente funcional para convertirse en una reflexión sobre lo que permanece.

Estos ejemplos nos recuerdan algo esencial: ningún proyecto nace verdaderamente de una página en blanco. Toda obra es una recomposición de experiencias, lecturas, fracasos, viajes, heridas y descubrimientos. La originalidad no consiste en negar lo anterior, sino en saber qué hacer con ello: la creación auténtica suele casi siempre tener una biografía en la que apoyarse.

Luis Cercos, París, febrero 2026.

domingo, 1 de febrero de 2026

La Encyclopædia Britannica (1771)




Nada nace por generación espontánea. El 1 de febrero de 1771 se publica en Londres la primera edición de la Encyclopædia Britannica. El gesto, aparentemente editorial, es en realidad profundamente intelectual: ordenar el saber y darle forma, para hacerlo transmisible. Como toda obra mayor, no surge de la nada. Es uno de esos eslabones visibles de una genealogía larga y compleja.

Nada nace por generación espontánea. Tampoco el pensamiento.

En esa genealogía remota están las Etimologías de Isidoro de Sevilla, verdadero intento fundacional de conservar y transmitir el conocimiento antiguo tras la caída del mundo romano. No se trataba de innovar, sino de salvar, ordenar y legar. A partir de ahí, durante siglos, el saber se organiza en summae medievales, en compilaciones monásticas y universitarias, en bibliotecas que funcionan como depósitos de memoria más que como espacios de discusión.

Con el Humanismo y el Renacimiento, esa tradición se reactiva. Aparecen los grandes tratados técnicos, científicos y artísticos, los diccionarios humanistas, las academias, los gabinetes de curiosidades. El saber se clasifica, se especializa y circula con mayor velocidad gracias a la imprenta. No cambia aún su ambición de totalidad, pero sí su método y su público.

En 1728, en Londres, Ephraim Chambers publica su Cyclopaedia. Es un punto de inflexión decisivo. Por primera vez, el conocimiento se organiza sistemáticamente mediante entradas alfabéticas y referencias cruzadas que invitan al lector a desplazarse y relacionar ideas. El saber deja de ser solo acumulación y empieza a ser red.

A partir de esa obra nace directamente L’Encyclopédie de Denis Diderot y Jean le Rond d’Alembert. Los enciclopedistas franceses asumen el método de Chambers, pero lo transforman radicalmente. Donde él describe, ellos interpretan; donde ordena, discuten; donde clasifica, introducen crítica. La enciclopedia se convierte en un instrumento intelectual y político. La Ilustración no inventa el deseo de totalidad: lo seculariza y lo pone al servicio del ciudadano.

Desde ese humus intelectual nace, pocos años después, la Encyclopædia Britannica. Más sobria, menos combativa, pero igualmente ambiciosa en su objetivo: reunir el conocimiento disponible, jerarquizarlo y hacerlo accesible. Como en la Encyclopédie, su importancia no reside solo en los contenidos, sino en la estructura mental que propone. Clasificar es pensar. Ordenar es interpretar.

Con el tiempo, la Britannica crecerá, se corregirá, se ampliará y se contradirá a sí misma. Esa evolución no es un defecto, sino su condición de existencia. El saber no es un bloque estable, sino un organismo vivo.

Pensar enciclopédicamente es aceptar que nada nace solo; y que el conocimiento, como el patrimonio, solo sobrevive si se conserva, se transmite y se mantiene en movimiento.

Luis Cercos, Condé-sur-Risle, Normandie, février 2026.