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domingo, 1 de octubre de 2017
Un despropósito; un despropòsit
A propósito de un gran despropósito; propòsit d'un despropòsit. De los unos y de los otros; dels uns i dels altres.
domingo, 26 de abril de 2015
SubJeTiViDadES
Coincidiendo con el 14 cumpleaños de mis dos hijas mayores he pasado poco más de una semana en Madrid. En los últimos dos años apenas he podido ir un par de veces y en ambas ocasiones por muy poco tiempo. Pero en esta ocasión, desde el mismo momento en que pisé el aeropuerto de Madrid, tuve la sensación de que España estaba un poco mejor que hace un año.
Madrid sigue teniendo una red de transporte público magnífica. La combinación de Metro, ferrocarril de cercanías, Metro Ligero y red de autobuses ofrece la posibilidad de moverse por una ciudad de tamaño considerable a un precio razonable. Los coches, los trenes y los buses son modernos y las aplicaciones telefónicas y los sistemas de información permiten al pasajero saber en cada momento dónde bajarse, dónde subirse y cuánto tiempo tardará el coche en llegar. En ese sentido, estamos en el primer mundo. Algo que ya me anunció, nada más llegar, el control de fronteras: pasaporte electrónico y acceso -por el momento para nacionales y ciudadanos de la Unión Europea- sin policía física de por medio.
La ciudad está razonablemente limpia y razonablemente "terminada" (cuando yo vivía allí había muchas más obras. Supongo que la crisis las ha reducido al mínimo mantenimiento posible). Sí, ya lo sé, todo son sensaciones tomadas en 7 días. Pero estoy hablando de la ciudad en la que nací y aquella en la que soy capaz de conocer sus rincones como nunca seré capaz de hacerlo en ningún otro lugar del mundo. La ciudad en la que soy capaz de pedir -al primer intento y sin decepciones- el sabor que mi cerebro me solicite al pasar por la puerta o cerca de ella de muchos bares, tascas, cafeterías, restaurantes, pastelerías, bodegas, panaderías o heladerías. La ciudad en la que mi memoria destapa, al transitar por ella, otras noches y otros días, amores y desamores, triunfos y decepciones, esperanzas y desencantos.
La semana pasada, al pasar por allí, tuve la subjetiva sensación de que la gente sonreía un poco más que el año pasado, vestía un poco más colorido que el año pasado y tenía ganas de votar en las próximas elecciones un poco más que el año pasado.
Tuve la sensación de que España vuelve y volverá, una y otra vez, a resurgir. En eso están la mayoría de sus gentes.
Madrid sigue teniendo una red de transporte público magnífica. La combinación de Metro, ferrocarril de cercanías, Metro Ligero y red de autobuses ofrece la posibilidad de moverse por una ciudad de tamaño considerable a un precio razonable. Los coches, los trenes y los buses son modernos y las aplicaciones telefónicas y los sistemas de información permiten al pasajero saber en cada momento dónde bajarse, dónde subirse y cuánto tiempo tardará el coche en llegar. En ese sentido, estamos en el primer mundo. Algo que ya me anunció, nada más llegar, el control de fronteras: pasaporte electrónico y acceso -por el momento para nacionales y ciudadanos de la Unión Europea- sin policía física de por medio.
La ciudad está razonablemente limpia y razonablemente "terminada" (cuando yo vivía allí había muchas más obras. Supongo que la crisis las ha reducido al mínimo mantenimiento posible). Sí, ya lo sé, todo son sensaciones tomadas en 7 días. Pero estoy hablando de la ciudad en la que nací y aquella en la que soy capaz de conocer sus rincones como nunca seré capaz de hacerlo en ningún otro lugar del mundo. La ciudad en la que soy capaz de pedir -al primer intento y sin decepciones- el sabor que mi cerebro me solicite al pasar por la puerta o cerca de ella de muchos bares, tascas, cafeterías, restaurantes, pastelerías, bodegas, panaderías o heladerías. La ciudad en la que mi memoria destapa, al transitar por ella, otras noches y otros días, amores y desamores, triunfos y decepciones, esperanzas y desencantos.
La semana pasada, al pasar por allí, tuve la subjetiva sensación de que la gente sonreía un poco más que el año pasado, vestía un poco más colorido que el año pasado y tenía ganas de votar en las próximas elecciones un poco más que el año pasado.
Tuve la sensación de que España vuelve y volverá, una y otra vez, a resurgir. En eso están la mayoría de sus gentes.
viernes, 26 de septiembre de 2014
Joaquín Vaquero Palacios (Asturias, España, 1900-1998)
Es lindo echar un vistazo a una página de un diario, ver un edificio entre montañas y descubrir un arquitecto excepcional del que nunca antes -ignorante que es uno- había oído hablar. Todo está en la red, la gran biblioteca infinita de la que nos habló Borges es toda una realidad.
La tres primeras fotografías son de la Central Hidroeléctrica de Proaza (1964); la cuarta y la quinta fotografía corresponden con el edificio del Instituto Nacional de Previsión (Plaza del Carbayón, Oviedo); a continuación dos viviendas unifamiliares, la primera -de ladrillo rojo- en la calle de los Hermanos Menéndez Pidal (Oviedo, 1935), y la segunda -magnífica vivienda unifamiliar- es la denominada "Casa Carlon" que estaba -hoy demolida- en la calle Padre Vinjoy esquina Dr. Fleming, también en Oviedo.
A continuación un dibujo ("paisaje con noria") y el arquitecto-pintor en su estudio.
Y por último, otra obra maestra -la última fotografía es impresionante-. Estas últimas 4 fotografías son del salto de agua y central hidroeléctrica de Grandas de Salime (1945-1956). En este caso un precedente de la serie de centrales que realizó el arquitecto. Palacios se incorporó a las obras una vez iniciadas y trabajó en el interior en colaboración con su hijo, también artista y pintor, Joaquín Vaquero Turcios.
¡Qué hermosos son esos miradores sobre el salto de agua! Me sugieren tantas cosas.
Luis Cercós
Buenos Aires, Argentina
La Fábrica (Ricardo Bofill Taller de Arquitectura, 1973-75)
Ricardo Bofill Leví nació en Barcelona en 1938. Pero más que catalán, yo creo que él es mediterráneo. Como Joan Manuel Serrat, supongo. Su taller, fundado en 1963 tiene un origen similar -pero anterior- al que posteriormente fundaría Rem Koolhaas doce años después. La filosofía de ambos es interdisciplinar (arquitectura, ingeniería, sociología, filosofía, literatura, periodismo, cinematografía).
Ricardo Bofill me cae bien. Allá por 1986 -mi padre, mis tíos, la mayoría de mis primos son valencianos- conocí su proyecto de recuperación del antiguo cauce del río Turia (Valencia). Un proyecto que me encanta.
En una entrevista en Televisión Española, él dijo que se alineaba en el high-tech, aunque yo miro su obra y me parece fundamentalmente postmoderna. El postmodernismo es como el arte abstracto. Nunca gusta a primera impresión, pero a medida que maduro -o que envejezco- me interesa más.
No puedo negar que cuando yo fundé mi propio estudio de arquitectura, me inspiré en la filosofía de Bofill. Me encanta el concepto de "Taller de Arquitectura". Tanto me gusta, que acabé incorporando y fusionando el nombre de mi empresa con ese término gremial que tan lindo suena en lengua francesa (atelier).
El lugar en el que vive y trabaja Ricardo Bofill es, sin duda para mí, la mejor de sus obras. Recientemente se ha conocido un vídeo sobre ella, en la que el maestro explica cómo lo descubrió, cómo lo intervino y qué es lo que estaba buscando.
"La fábrica" (Premio de Arquitectura Ciudad de Barcelona 1980) es una obra maestra entre las mejores restauraciones de arquitectura del siglo XX (en mi top ten particular).
lunes, 15 de abril de 2013
Esa España mía (1)
Sabina en la azotea de Wyoming.
Mañana os cuento por qué, pero hoy cuelgo esta entrevista insuperable.
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