Hace poco escuché decir que crear y pensar son dos actividades que representan al ser humano. Me impresionó la sencillez y la verdad de esa idea. En mi caso, esa convergencia ha venido de la mano del patrimonio, que me obliga a interpretar, a discernir y a actuar, y también de la escritura, que me obliga a dar forma consciente a lo vivido, a lo leído y a lo pensado.
Me reconozco también en aquella idea del filósofo Fernando Savater sobre la felicidad, aunque con una pequeña variación personal. Allí donde él habla de una mente compleja, yo prefiero hablar de una mente curiosa. La complejidad es una condición; la curiosidad, en cambio, es una disposición moral e intelectual ante el mundo. Una vida sencilla y una mente curiosa: pocas fórmulas me parecen hoy más justas para nombrar una cierta forma de felicidad cimentada en el hecho de vivir en relativa armonía con uno mismo, con el propio trabajo, con la familia, con el ritmo de los días y con las preguntas que todavía me merecen ser pensadas.
Por eso me interesan cada vez más las voces que, en medio del ruido contemporáneo, siguen defendiendo la utilidad de lo aparentemente inútil, la lentitud, la lectura, la conversación, la contemplación y la vida interior. Nuccio Ordine, por ejemplo. También en esto convendría oponer alguna resistencia al neocolonialismo tecnológico que hoy pretende medirlo todo en términos de rendimiento, aceleración, visibilidad y productividad inmediata. Pensar despacio, leer despacio, restaurar despacio, incluso vivir despacio, pueden ser ya formas discretas pero firmes de insumisión. No porque haya que rechazar la técnica, sino porque ninguna técnica debería arrebatarnos el tiempo largo en el que se forman el juicio, la sensibilidad y la libertad.
Si algo he aprendido trabajando sobre lo preexistente es precisamente eso: que ni los edificios ni las vidas verdaderamente valiosas se dejan comprender desde la prisa. Ambos exigen lectura, paciencia, discernimiento. Ambos son, en el fondo, biografías materiales y morales hechas de intención y de accidente. Acaso una existencia razonablemente feliz no sea mucho más que eso: una vocación que nos da forma, una reflexión que nos acompaña, una vida sencilla que nos sostiene y una mente curiosa que no deja de interrogar el mundo.
Louis CERCOS, París, abril 2026.






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