Hay escritores que fundan una tradición y otros que, muchos siglos después, la continúan. Homero pertenece a la primera especie. Borges, a la segunda. Entre ambos se extiende casi toda la literatura occidental, pero también una cierta manera de entender que la obra verdadera no termina en sí misma, sino que continúa obrando en la memoria de los hombres, en otros libros, en otras imágenes, en otras arquitecturas.
Homero no ha dejado de sobrevivir. Borges lo supo, y en su cuento “El inmortal” (dentro de El Aleph), Homero aparece como un hombre consumido por una duración infinita, reducido a la penuria, confundido con la intemperie del tiempo, acompañado todavía por un perro, como si en el extremo mismo de la gloria literaria sobreviviera la sombra humilde de Argos, la memoria doméstica de la Odisea, el último resto de una antigua fidelidad, de una dignidad perdida.
Así, la inmortalidad se manifiesta en Borges como una persistencia insegura, erosionada y anónima. La gran obra no permanece intacta, atraviesa siglos, lenguas, olvidos, deformaciones y, sin embargo, sigue siendo reconocible. Borges añade una dimensión que vuelve su lectura todavía más próxima a la arquitectura. Sus ficciones construyen lugares que no son nunca indiferentes. La Ciudad de los Inmortales es una de las más perturbadoras arquitecturas imaginadas por la literatura. Es una ciudad hecha contra el hombre, una construcción cuya lógica ha abolido toda medida humana, toda finalidad habitable, toda claridad. Escaleras que desmienten la ascensión, corredores que se niegan a sí mismos, recintos que multiplican el desconcierto, patios y galerías sometidos a una razón ajena al uso, al descanso o a la vida.
Algo semejante ocurre en “La biblioteca de Babel”, donde la biblioteca infinita se repite en galerías hexagonales, en anaqueles innumerables, en vacíos centrales, en escaleras y niveles idénticos. Allí el espacio ya no protege ni orienta: abruma, multiplica, extravía. Una arquitectura del infinito que nos recuerda al escudo de Aquiles. En ambos casos comparece la misma ambición de contener un mundo en una forma. Homero lo había hecho bajo el signo de la claridad visible; Borges lo rehace bajo el signo del laberinto.
Leer a Borges después de Homero, y a Homero después de Borges, nos permite entender mejor la continuidad de Occidente como un diálogo incesante entre obras que se hablan a través de los siglos. Homero sigue estando ahí. Borges lo encuentra para demostrar que los grandes textos no acaban de ser escritos nunca. Por eso un arquitecto debería leer a ambos. Porque en los dos aparece, con una gravedad distinta pero convergente, la misma cuestión: cómo dar forma al tiempo, cómo levantar orden sin negar el misterio, cómo construir una obra capaz de sobrevivir no solo a su época, sino también a la ruina, al olvido y a la relectura.
Louis CERCOS, París, marzo de 2026.








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