martes, 26 de mayo de 2026

¿Un superviviente, un pícaro, o un buscavidas?






¿Un superviviente, un pícaro, o un buscavidas? En abril, durante una comida en Arganda del Rey, promovida por Montanino S.L. y compartida con lindas y variadas personas, mi querido maestro Enrique Nuere me presentó con una frase que se me quedó grabada: “Luis es un superviviente. Y no desde que se fue de España; también cuando estaba aquí”.

La frase me hizo sonreír, pero también me dejó pensando. Porque hay palabras que, dichas por cualquiera, pueden parecer excesivas, y que, dichas por quien conoce una parte larga de tu camino, adquieren otra densidad. Enrique no hablaba de una supervivencia dramática ni heroica. Hablaba, creo, de algo más silencioso: de esa capacidad de seguir trabajando, aprendiendo, cambiando de país, de lengua, de marco administrativo, de oficio visible, sin perder del todo el hilo interior que nos sostiene.

Al hilo de estos días, en los que he vuelto a pensar en la picaresca, comprendí que quizá la palabra “superviviente” pertenece también a esa genealogía. No en el sentido vulgar de quien simplemente se las arregla, sino en el sentido más profundo de quien aprende a leer la realidad cuando los mapas heredados o aprendidos ya no sirven. Lázaro, Sancho, Simplicius, Tristram, incluso Ulises, no son solo personajes astutos. Son figuras de adaptación. Hombres que atraviesan mundos inestables, jerarquías inciertas, ruinas morales, cambios de fortuna, promesas incumplidas y sistemas que rara vez protegen al más frágil.

Ser superviviente, en ese sentido, no es haber vencido. Es haber seguido. Es haber aceptado que la línea recta no existe casi nunca, que los caminos profesionales se interrumpen, que las instituciones cambian, que los reconocimientos llegan tarde o no llegan, que el talento no basta si no va acompañado de paciencia, resistencia y lucidez. Es aprender a no confundir la dignidad con el orgullo, ni la adaptación con la renuncia.

Durante muchos años pensé mi oficio desde la restauración: recibir algo dañado, reconocer su historia, comprender sus heridas, intervenir sin destruir su verdad y permitir que siga viviendo. Ahora comprendo que esa mirada no se aplica solo a los edificios. También se aplica a las biografías. Uno restaura también su propia trayectoria cuando consigue dar continuidad a lo que parecía fragmentado.

Quizá por eso la frase de Enrique me conmovió. Porque un maestro no te define solo por lo que has hecho, sino por lo que ha visto resistir en ti. Y porque, en un tiempo que celebra tanto el éxito inmediato, hay una forma más discreta de grandeza: la de quienes han atravesado suficientes derrumbes sin dejar de construir.

Louis CERCOS, París, mayo de 2026.

Genealogía europea de la literatura pícara (2/7)





Ayer publiqué una comparación entre Don Quijote, de Miguel de Cervantes, y Les aventures de Simplicius Simplicissimus, de Hans Jakob Christoffel von Grimmelshausen. Después, una conversación con Carlos Javier Irisarri Martínez me hizo comprender que aquel hilo abría una genealogía más amplia sobre la tradición europea del viaje, el desengaño y la supervivencia.

Carlos propuso llevar el hilo desde Gargantúa hasta Ulysses. Pero al hablar del de Joyce apareció inevitablemente el de Homero, porque antes de la novela moderna y de que Europa supiera llamarse Europa, la Odisea ya había fijado la figura esencial del hombre que sobrevive porque sabe adaptarse y leer mejor que otros las señales del mundo.

Ulises es el héroe que regresa a casa, `pero también el primer gran estratega de una identidad móvil. Frente a Aquiles, que representa la gloria frontal de la fuerza, Ulises encarna la inteligencia del que vence por astucia. Esa línea reaparece en el siglo XVI con Rabelais, donde la risa, el cuerpo y el exceso desmontan los saberes cerrados; y con el Lazarillo de Tormes, donde el hambre y la pobreza fundan una mirada nueva sobre la supervivencia social.

En la Castilla del XVII, Don Quijote transforma la ruina de sus vicisitudes en literatura universal. Simplicius Simplicissimus convierte la devastación de la Guerra de los 30 Años en una novela grotesca de aprendizaje. En el siglo XVIII, Tristram Shandy, de Laurence Sterne, ya no desmonta solo el mundo, sino la propia forma de contar el mundo. Y en el siglo XX, Joyce ya no necesita mares, monstruos ni dioses visibles; basta un solo día en Dublín para que la vida ordinaria recupere toda su profundidad épica.

La llamada picaresca española no es, por tanto, solo española. España le dio una de sus formas más perfectas, pero el impulso que la sostiene es más amplio. Hay una literatura europea del caminante, del superviviente, del farsante lúcido, del ingenuo golpeado por la historia, del hombre que aprende a vivir entre sistemas morales que se derrumban.

Esa línea atraviesa Grecia, Francia, España, Alemania, Gran Bretaña e Irlanda. Y quizá llega incluso a América, donde expresiones como la “viveza criolla” conservan, en otro contexto histórico, algo de esa inteligencia práctica nacida de la desigualdad, la necesidad y la observación irónica del poder.

Esta serie que hoy empiezo no va a tratar solo de libros. Europa no se ha construido únicamente con héroes, santos, reyes, filósofos, arquitectos, tratados y academias. También con vagabundos, criados, locos, gigantes, soldados hambrientos, narradores poco fiables, exiliados, supervivientes y hombres que caminan por el mundo sin poseerlo del todo.

Desde la Odisea hasta Ulysses, Europa ha contado una y otra vez la historia de quienes avanzan entre ruinas, ficciones y engaños, pero siguen caminando. A Carlos Javier Irisarri Martínez, por haber abierto el hilo.

Louis CERCOS, Condé-sur-Risle, mayo de 2026.

lunes, 25 de mayo de 2026

Dos novelas para entender el desengaño europeo



Don Quijote, publicado por Cervantes en 1605 y 1615, y Les aventures de Simplicius Simplicissimus, publicado por von Grimmelshausen en 1668, son dos obras mayores que no pueden reducirse a una tradición nacional. Separadas por algo más de medio siglo, ambas convierten la aventura en una forma de conocimiento y el viaje en una pedagogía del desengaño.

El Quijote nace en una España que empieza a mirar el final de sus propios mitos. Simplicius Simplicissimus, en cambio, nace de una Europa central devastada por la Guerra de los Treinta Años. Grimmelshausen escribe desde las ruinas materiales de un continente arrasado entre 1618 y 1648. Su protagonista, Simplicius, el inocente absoluto, es arrojado al mundo como una criatura casi salvaje que debe aprender, a golpes, que la historia es una sucesión de violencia, hambre, astucia, miedo y supervivencia. Si Don Quijote sale al camino para imponer al mundo una lectura caballeresca, Simplicius es expulsado al camino porque el mundo ya ha perdido toda estabilidad moral.

En Cervantes, la realidad desmiente la ficción; en Grimmelshausen, la realidad es tan desmesurada que nos parece una ficción grotesca. El Quijote desmonta las ilusiones de la caballería; Simplicissimus desmonta las ilusiones de la civilización. Una novela nace del choque entre los libros y la vida; la otra, del choque entre la inocencia y la guerra. Pero ambas comparten la intuición barroca de un mundo que es inestable, teatral, engañoso, que solo puede ser atravesado mediante una mezcla de imaginación, lucidez, fracaso, resistencia y aprendizaje.

El Quijote nos anuncia la modernidad al mostrar que ningún relato heredado puede ya imponerse sobre la experiencia. Simplicius Simplicissimus anuncia otra modernidad, más sombría, al mostrar que la violencia política, la religión instrumentalizada y la arbitrariedad del poder pueden destruir en pocos años la arquitectura moral de una sociedad entera. Entre ambas obras se abre una pregunta que todavía nos concierne: ¿qué queda del ser humano cuando se hunden los sistemas que organizaban su mundo?

Cervantes conserva, transformándola en ironía, la memoria de una imaginación caballeresca que ya no puede seguir viva sino como literatura. Grimmelshausen conserva, mediante la sátira, la violencia y el grotesco, la memoria traumática de una Europa quebrada antes del gran optimismo racionalista del siglo XVIII. El primero nos enseña que los libros pueden deformar la vida, pero también salvarla de la vulgaridad. El segundo nos recuerda que la literatura puede dar forma a aquello que la historia deja convertido en ruina.

Don Quijote y Simplicius son dos caminantes. Uno avanza acompañado por los fantasmas de los libros; el otro, por los espectros de la guerra. Los dos nos dicen que Europa no se ha construido solamente con catedrales, academias, tratados y enciclopedias, sino también con ficciones capaces de mirar de frente la pérdida de sus propias certezas.

Louis CERCOS, Condé-sur-Risle, mayo 2026.

sábado, 23 de mayo de 2026

L’art de se retirer




Hier, j’ai vu Amarga Navidad, le dernier film de Pedro Almodóvar. Je ne veux pas écrire contre Almodóvar, que j’admire profondément, mais précisément depuis cette admiration. Certains créateurs nous ont appris à regarder le monde autrement, à comprendre le désir, la solitude, le corps, la douleur, la culpabilité, la couleur et la mémoire. Mais il arrive un moment où l’admiration elle-même oblige à se demander si une carrière peut se prolonger au-delà de sa véritable nécessité intérieure.

Le film m’a paru répétitif, sans véritable rythme, avec des acteurs étrangement mal dirigés, des dialogues sans respiration et une esthétique qui transforme certains signes reconnaissables en insistance presque mécanique. Lanzarote y occupe une fonction comparable à celle de Paris, Barcelone ou Rome dans les derniers films de Woody Allen : moins un lieu intérieurement nécessaire au récit qu’un décor prestigieux, incorporé à une formule qui fut féconde et qui semble désormais se répéter elle-même.

J’ai alors pensé à d’autres noms admirables. Zubin Mehta continue de diriger à un âge où beaucoup auraient déjà choisi le silence. Daniel Barenboim, après avoir rendu publique sa maladie, a lui aussi exprimé son désir de maintenir certains engagements tant que sa santé le lui permettrait. Je n’écris pas cela par manque de respect. Au contraire. Je l’écris à partir d’une question qui m’inquiète : n’y a-t-il donc, autour des grands artistes, personne ayant assez d’autorité affective pour leur dire qu’il est peut-être temps de vivre autrement ?

Les Grecs avaient compris quelque chose que notre époque semble avoir oublié. Platon pense la vie comme une longue éducation avant l’exercice du gouvernement ; Aristote distingue la vie active de la vie contemplative. Il y a un temps pour se former, un temps pour combattre, un temps pour produire, et il devrait y avoir aussi un temps pour être là, conseiller quand on nous le demande, et laisser d’autres occuper le centre de l’action.

J’y pense aussi pour moi-même. Je continue à exercer parce que je dois travailler, parce que ma vocation a résisté aux crises et parce qu’il existe encore des projets qui me concernent profondément. Mais l´énergie n’est plus la même. Et, surtout, je ne veux pas devenir ce « grand-père radoteur » dont parle parfois Luis Enrique : celui qui continue à occuper la scène sans comprendre que la présence permanente a aussi un âge moral.

Si mon agence me survit un jour, ce ne sera pas parce que je serai resté éternellement à sa tête. Ce sera parce que d’autres auront su prendre ce qui pouvait encore être utile : une trajectoire, une méthode, une manière de regarder les bâtiments, un rapport entre technique et tradition, une forme de responsabilité devant l’existant. Et ce sera aussi parce qu’ils auront eu la liberté de me contredire, de me corriger, de me réinterpréter et de faire de tout cela quelque chose qui ne m’appartiendra plus tout à fait.

Louis CERCOS, Paris, mai 2026.

Refugio para un hombre desnudo (LC, noviembre 2007)



En 2007 escribí un pequeño cuento autobiográfico titulado Refugio para un hombre desnudo. Entonces aún no sabía que la crisis económica de 2008 estaba a punto de cambiar mi vida profesional de una manera mucho más profunda de lo que yo podía imaginar.


El relato hablaba de un hombre que no huía exactamente de una derrota, sino de una forma de vida que comenzaba a parecerle demasiado llena de encargos, compromisos, ropa, agendas, viajes, clientes, obligaciones y representaciones. Primero empezó a comer menos. Después redujo su armario a dos unidades de cada prenda. Más tarde tachó de su agenda los teléfonos que pertenecían ya a sendas agotadas. Finalmente tomó el coche y llegó a una parcela en venta donde imaginó un refugio pequeño, esencial, casi desnudo.

Visto desde hoy, aquel cuento me conmueve porque el hombre que lo escribió todavía creía que estaba eligiendo desprenderse de lo accesorio. No sabía que, poco después, la realidad lo despojaría con mucha más violencia. La crisis de 2008 no fue solo una crisis económica; fue también una crisis de biografías profesionales, de instituciones aparentemente sólidas, de carreras que parecían encarriladas y de certezas que se revelaron mucho más frágiles de lo que habíamos querido aceptar.

Aquel hombre pensaba que necesitaba una casa pequeña. En realidad necesitaba una distancia. Pensaba que buscaba un final. Estaba preparando, sin saberlo, una oportunidad.

Las crisis no son buenas en sí mismas. No conviene romantizarlas. Destruyen proyectos, empresas, seguridades y vidas enteras. Pero, a veces, cuando ya han hecho su trabajo de demolición, dejan a la vista una estructura más profunda. En mi caso, la crisis interrumpió una trayectoria que parecía razonablemente exitosa en España, me obligó a desplazarme, a reconstruirme, a trabajar en otros países, a aprender otras lenguas y a entender mi oficio desde una perspectiva menos inmediata y más intelectual. Hoy comprendo que aquel refugio no era solo una casa. Era una intuición. Era el primer dibujo de una vida posterior. Una vida menos apoyada en el éxito aparente y más fundada en el trabajo real, en la escritura, en la restauración, en la docencia, en la reflexión y en la lenta construcción de una teoría propia.

A veces uno cree que está perdiendo su lugar en el mundo, cuando en realidad está empezando a abandonar el lugar que ya no podía contenerlo.

Louis CERCOS, París, mayo de 2026.

Un destino truncado, una teoría en germen






Hace unos días he vuelto a leer un artículo que escribí en 2012 sobre la rehabilitación del antiguo Palacio de la Música de Madrid, donde fui project manager y director de ejecución entre 2008 y 2011. Al releerlo una década después, me interesa comprobar que muchas ideas que ahora desarrollo en torno a la restauración contextual estaban ya allí, aunque aún no tuvieran nombre.

El Palacio de la Música (1926, cerrado en 2008) nació como sala de conciertos, se transformó muy pronto en sala cinematográfica y acabó suspendido entre varias vidas posibles. En aquel texto hablaba de vicisitudes técnicas y económicas, de estudios geotécnicos, tomografía sísmica, ensayos de materiales, cimentaciones, estructuras preindustrializadas, economía de medios y precisión constructiva. Pero, visto desde hoy, lo importante no eran los procedimientos técnicos, sino el método que asomaba detrás.

También estaba ya allí una relación con la técnica que sigo defendiendo hoy. La gran estructura metálica era una respuesta precisa a un problema real. La industria, al servicio del conocimiento, puede ser aliada de la restauración. Lo que me interesaba entonces, y me sigue interesando ahora, no era oponer tradición y tecnología, sino distinguir entre la técnica que ayuda a comprender y la tecnología que sustituye el juicio.

Creo que la evolución intelectual de una carrera larga consiste en descubrir que ciertas ideas ya actuaban antes de ser formuladas. A mis 61 años comprendo que en la vida ocurre algo parecido: hay cosas de la infancia y de la juventud que solo se entienden después. Durante muchos años dirigí obras y asumí responsabilidades sobre edificios reales. Ahora sé que esa experiencia no era una etapa previa a la teoría, sino su fundamento. La teoría no llegó después de la obra. Se gestó lentamente dentro de ella.

Al releer hoy aquel artículo de 2012, lo veo como una primera versión de una reflexión que ha tardado años en hacerse consciente: la restauración es una forma de discernimiento que consiste en reconocer la biografía compleja de los edificios para decidir qué nueva posibilidad puede abrirse sin borrar sus huellas anteriores.

El Palacio de la Música, 18 años cerrado y todavía no reabierto, pero con una edificabilidad superior consolidada, una nueva sala incorporada y una envolvente y estructura renovadas, sigue siendo para mí una obra importante. Incluso sin la plena comprensión del cliente, dejamos un edificio más sano, más capaz y con futuro. No fue solo una dificultad técnica en la Gran Vía de Madrid: me permite ver una continuidad profunda en mi recorrido profesional. En aquella obra yo todavía no hablaba de restauración contextual, pero la estaba aprendiendo.

Además, aunque esto sea otra historia, sin la crisis económica de 2008, que terminó suponiendo el fin de Caja Madrid y mi marcha de España, yo seguiría siendo lo que entonces era, y no lo que hoy soy.

Louis CERCOS, París, mayo de 2026.

 

domingo, 17 de mayo de 2026

John Travolta, Palme d'or d'honneur, Cannes 2026



Il y a des acteurs que l’on admire pour une interprétation ou pour un film ; et il y en a d’autres que l’on admire parce que leur carrière semble contenir un enseignement plus profond que n’importe lequel de leurs personnages. John Travolta appartient à cette seconde catégorie.

Je ne veux pas écrire sur les Oscars, même s’il est inévitable de les évoquer. Lorsqu’il fut nommé pour la deuxième fois, pour son rôle dans Pulp Fiction, Travolta se souvint qu’après sa première nomination pour Saturday Night Fever, il avait pensé qu’être nommé aux Oscars faisait partie du métier. Comme si le succès, lorsqu’il arrive, pouvait se confondre avec une loi de la vie. Il y a quelques jours, en recevant à Cannes une Palme d’Or d’honneur, il a de nouveau évoqué l’Oscar, mais cette fois depuis un autre endroit de l’existence : c’est au-delà d’un Oscar, a-t-il laissé entendre, peut-être réconcilié avec la longue courbe de sa propre biographie artistique.

Dans les carrières artistiques, et l’architecture l’est en grande partie, les moments de plénitude sont rarement linéaires. Il y a des périodes où tout semble s’enchaîner naturellement, et l’on finit par croire, peut-être naïvement, que cette vague restera indéfiniment suspendue.

Dans certains moments difficiles de ma propre carrière, j’ai souvent pensé à Pulp Fiction, non pas seulement au film, mais à ce qu’il a signifié pour John Travolta : le retour de quelqu’un qui avait connu trop tôt le succès absolu et qui avait ensuite traversé des années de rôles mineurs. Tarantino n’a pas inventé Travolta. Il l’a placé sous une lumière capable de révéler ce qui était encore là.

C’est peut-être pour cela que cette scène de danse avec Uma Thurman m’émeut autant. Dans cette scène, que j’ai toujours lue comme un écho mélancolique de Saturday Night Fever, ce n’est pas seulement un personnage qui danse. C’est aussi une carrière qui se remet en mouvement. C’est l’homme qui accepte d’entrer à nouveau dans le jeu, non pas comme si le temps n’était pas passé, mais précisément parce qu’il est passé, parce qu’une longue carrière se construit aussi avec des silences, avec des commandes qui n’arrivent pas, avec des projets qui s’effondrent, avec des portes qui se ferment. Et c’est là que la discipline et la fidélité à une vocation deviennent un refuge. Non pas comme consolation, mais comme préparation. Car on ne sait jamais quand l’occasion reviendra.

C’est peut-être l’une des grandes leçons de Travolta. Non pas celle du succès précoce, ni celle de la reconnaissance tardive, mais celle de la permanence. Rester capable et disponible pour continuer à travailler. C’est pourquoi je me suis tant réjoui de le voir recevoir cette Palme d’Or d’honneur à Cannes.

À moi, dans certains moments où les choses ne se passaient pas comme je l’espérais, sa carrière a donné de l’espoir. Elle m’a rappelé qu’une interruption n’est pas nécessairement une fin. Qu’une vie professionnelle peut avoir plus d’un acte.

Louis CERCOS, Paris, mai 2026.