Hay una forma de mirar ciertas plantas que es simplemente intuitiva: uno las ve y percibe que obedecen a un mismo régimen mental. Me ocurre con cuatro hitos que dibujan una genealogía precisa: (1) el Templo de Salomón tal como lo narra el Libro de los Reyes (siglo X a. C.); (2) el plano de Saint-Gall como ciudad monástica total (ca. 820); (3) El Escorial como máquina de cristiandad en piedra (1563–1584); y (4) la planta del Templo de Salomón imaginada por Villalpando como cristalización doctrinal y gráfica de un templo absoluto (1596–1604). En todos ellos, la planta actúa como instrumento para mostrar un orden superior mediante medida, disposición y jerarquía.
El Templo de Salomón es un relato bíblico que nos describe umbrales, progresiones, grados de acceso, una pedagogía espacial de lo sagrado. El templo nace como arquitectura legitimada: no basta con construir, hay que obedecer la palabra de Dios.
Saint-Gall parece un salto de mundo (18 siglos después), pero es una continuidad. No pretende representar un edificio ejecutable, sino dibujar un universo regulado: recinto, patios, ejes, dependencias, una ciudad donde cada función ocupa su lugar dentro de una totalidad moral. No persuade por su belleza, persuade por su orden.
El Escorial (otro salto de 6 siglos) introduce el poder. Su planta ya no organiza solo una liturgia y una vida monástica, sino una política de la fe. El edificio se concibe como dispositivo total, donde retiro, gobierno, biblioteca, culto y mausoleo quedan sometidos a una misma racionalidad geométrica. La afinidad con el templo reside en la convicción de que un orden puede y debe hacerse visible en planta. Para ello, Felipe II buscó al arquitecto más cercano a esa idea de cristiandad como orden universal. Por eso mira hacia Roma, no por italianismo, sino por centralidad. Allí elige a Juan Bautista de Toledo, segundo de Miguel Ángel en San Pedro. Llega a El Escorial con una razón operativa que toca una razón teológica: cuando el orden se hace forma, se vuelve argumento.
Pocos años después Villalpando participa de ese mismo horizonte intelectual de la Contrarreforme limitábdise a prescribir lo debido. Se autoriza a leer la voluntad divina en planta y fija una iconografía canónica del orden sagrado con una potencia que reorganiza nuestra memoria visual.
Así, el parentesco deja de ser formal y se vuelve tesis: a lo largo de los siglos, ciertos poderes han usado la planta como lenguaje de autoridad.
En el templo, la autoridad viene del texto; en Saint-Gall, de la regla; en El Escorial, de una voluntad político-religiosa; en Villalpando, de la deducción de un orden divino.
La planta no solo organiza: legitima. Está hecha para convencer. ¿A quién?, evidentemente a los hijos de Dios. Un debate que se me escapa, pues yo, soy libre-pensador. Lo dejamos aquí y seguimos mañana.
Luis Cercos, París, febrero de 2026










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