La historia comienza en Bradford, Pensilvania, en 1932, cuando George G. Blaisdell observa un encendedor austríaco cuya llama resistía el viento. Conservó ese principio y reorganizó el objeto: una caja metálica, una tapa articulada, una rueda accionable con el pulgar y la chimenea perforada que aún permite reconocer un Zippo abierto sin ver la marca. Los primeros ejemplares llegaron al mercado en 1933 y había nacido un diseño industrial cuya identidad apenas necesita reinventarse.
Basta contemplar los modelos más austeros. Sin dibujos ni inscripciones, un Zippo sigue siendo reconocible. Una caja de esquinas redondeadas, una tapa, una bisagra, una rueda y una chimenea bastan para construir su identidad. Si está hoy en mi vitrina no es porque sea raro, sino porque nunca lo fue. La fábrica de Bradford resulta casi tan importante como el encendedor. Asociamos el taller artesanal con la singularidad y con aquello que merece conservarse, mientras la fábrica parece pertenecer a lo repetible y sustituible, pero también las fábricas producen patrimonio.
¿Cuánto puede cambiar materialmente un objeto antes de dejar de ser el mismo? Un Zippo utilizado durante cincuenta años estará rayado, golpeado y pulido por las manos y el bolsillo; habrá recibido combustible centenares de veces y quizá haya perdido piezas. Pero esas transformaciones no disminuyen necesariamente su autenticidad. A veces sucede lo contrario: la raya, la abolladura, la inscripción o la reparación dejan de ser deterioros y se convierten en documentos de una trayectoria.
Ante dos ejemplares idénticos, uno perfectamente conservado y otro utilizado durante décadas por alguien cuya historia conocemos, ¿cuál conserva más información? El primero documenta cómo salió de fábrica; el segundo, cómo fue vivido. Quizá uno de los errores de cierta cultura de la restauración haya sido confundir perfección material con autenticidad.
El Zippo pertenece también a una cultura del tabaco que ya no ocupa el lugar social de otras décadas, pero conservar un objeto no significa reivindicar las costumbres que lo rodearon. Yo, por ejemplo, uso mi Zippo para encender el fuego de mi chimenea. El patrimonio no tiene por misión aprobar el pasado, sino hacerlo comprensible. Mi pequeño encendedor mos habla de industria, diseño, guerra, cine, cultura popular y de nuestra relación con los objetos.
Louis CERCOS, Condé-sur-Risle, agosto 2026.











