lunes, 10 de agosto de 2026

Una página cada día, 365 páginas al año


Desde hace algún tiempo he incorporado a mi agenda de trabajo la escritura de uno o dos textos diarios. No siempre son textos definitivos, ni todos tendrán necesariamente continuidad, pero responden a una necesidad que cada vez siento con más claridad. Después de más de treinta años dedicados a la restauración de la arquitectura, necesito ordenar las ideas que la práctica, mis maestros, las lecturas, las obras y los errores han ido dejando en mí.


Un buen amigo me dijo una vez que, si uno escribe una página cada día, al cabo de un año tiene un libro de 365 páginas. Quizá algún día, ya jubilado y en la soledad de mi despacho, pueda reunir estos textos dispersos, corregirlos, contradecirlos, ordenarlos y descubrir en ellos el relato de mi evolución como restaurador. Pero hoy no escribo todavía para producir nada. Escribo simplemente para pensar. Y publico aquí porque me interesa que algunas ideas circulen, sean leídas, discutidas, matizadas y, si tienen alguna utilidad, utilizadas por otros.

Al releer mis textos de estos últimos meses, empiezo a advertir que detrás de temas aparentemente distintos (la restauración arquitectónica, las bibliotecas, la transmisión del conocimiento, las genealogías española, francesa, inglesa e italiana de la disciplina, la autenticidad, la materia, el tiempo o las instituciones) reaparecen siempre algunas convicciones de fondo. No son una doctrina cerrada. Mucho menos un manifiesto. Son, por ahora, el esquema provisional de una reflexión que vengo llamando restauración contextual y que podría formularlas así:

1. Todo patrimonio que ha llegado hasta nosotros pertenece al presente.
2. Las teorías de la restauración también son patrimonio histórico.
3. Lo universal de los maestros no son sus respuestas, sino el rigor con el que respondieron a las circunstancias de su tiempo.
4. Restaurar no es aplicar una doctrina, sino ejercer el discernimiento.
5. Todo juicio de restauración posee el doble contexto del objeto recibido y el del presente que interviene sobre él.
6. La autenticidad reside en la biografía, no en el regreso al origen.
7. Conservar no significa detener la transformación, sino gobernarla.
8. Toda restauración debe pertenece también a la arquitectura de su propio tiempo.
9. El objeto último de la conservación no es la materia, sino la transmisión de la biografía del objeto preexistente.
10. Ser fiel a una tradición significa continuarla, no repetirla.

En los próximos días intentaré desarrollar cada uno de estos principios. No para fijarlos definitivamente, sino para ponerlos a prueba frente a mis maestros, mis obras y las preguntas de nuestro tiempo.

Louis CERCOS, París, agosto 2026.

De la restauración a otras formas de transmisión: la Bpi


Durante años pensé que el centro de mi actividad profesional era la restauración de arquitecturas. Cuando ingresé en 2021 en la Bpi • Bibliothèque publique d'information llegué, naturalmente, con esa mirada. Durante los primeros tiempos observé la biblioteca como arquitecto-restaurador: sus espacios, sus circulaciones, la luz, el mobiliario, los materiales, las colecciones y las formas mediante las cuales los lectores ocupaban el edificio. Poco a poco comprendí, sin embargo, que una biblioteca desborda necesariamente la arquitectura. Todo cuanto existe en ella está dispuesto para que pueda producirse el encuentro entre una persona y un conocimiento que existía desde mucho antes. Fue entonces cuando comprendí que mi llegada a la Bpi no había supuesto realmente abandonar la restauración, sino que había ampliado su objeto.


La Bpi no es una biblioteca patrimonial en el sentido tradicional. No tiene como misión principal conservar indefinidamente manuscritos, incunables o ejemplares excepcionales. Es una biblioteca enciclopédica, contemporánea, abierta y en permanente actualización. Sus colecciones cambian porque cambia el conocimiento. Sin embargo, cada vez estoy más convencido de que también ella custodia un patrimonio extraordinario porque conserva algo que no puede identificarse con ninguno de los objetos depositados en sus estanterías: la posibilidad de acceder, en su conjunto, a una muestra relevante del patrimonio intelectual de la humanidad.

Esta idea ha cambiado también mi manera de comprender el patrimonio. Patrimonializar no significa inmovilizar aquello que recibimos. Una institución puede ser patrimonial cuando asume la responsabilidad de mantener activa una herencia y hacer posible que aquello que una generación recibió pueda ser comprendido, utilizado, discutido y transformado por la siguiente. Después de cinco años en la Bpi empiezo a comprender que este puede ser el verdadero hilo conductor de mi trayectoria.

Durante décadas trabajé para que los edificios siguieran transmitiendo cosas. Hoy trabajo en una institución que permite que continúen hablando quienes pensaron, escribieron, investigaron, imaginaron y discutieron el mundo antes de nosotros. No he dejado de pensar como restaurador. Continúo haciéndolo mediante estratos, transformaciones, autenticidad, reversibilidad, usos y biografías. Pero esas categorías han dejado de pertenecer exclusivamente a los edificios. Una biblioteca puede cambiar provisionalmente de sede sin perder su identidad; una colección puede transformarse manteniendo siempre su vocación de evolución enciclopédica; una institución puede incorporar nuevas tecnologías sin abandonar aquello que históricamente justificó su existencia.

Quizá conservar no sea, en última instancia, impedir que las cosas cambien, sino mantener las condiciones que permiten que algo continúe siendo transmitido a través del cambio.

Louis CERCOS, París, agosto 2026.

domingo, 9 de agosto de 2026

A propósito de la materia


Anteayer escribí aquí sobre el maestro italiano Giovanni Carbonara (1942-2023) quien pertenece a una tradición intelectual italiana que ha sido probablemente la que más ha influido en mi manera de comprender la restauración arquitectónica. Me reconozco profundamente en esa tradición, en la desconfianza hacia el falso histórico, en la necesidad de distinguir nuestra intervención de aquello que hemos recibido, en la prudencia ante cualquier operación irreversible y, sobre todo, en la convicción de que restaurar nunca puede consistir en aplicar mecánicamente un repertorio de soluciones. Carbonara decía que la restauración «se alimenta de la duda» y que cada intervención constituye un caso singular.

Hay, sin embargo, algo todavía más profundo que me une a Carbonara y que, al mismo tiempo, empieza a señalar el lugar en el que nuestros caminos intelectuales se separan: la materia. No es casual que una parte esencial de la teoría contemporánea de la restauración haya nacido en un país en el que el pasado no constituye únicamente una narración histórica, sino una presencia material casi inevitable. En Italia, la historia está en los muros, en las piedras reutilizadas, en los pavimentos, en los fragmentos incorporados a arquitecturas posteriores, en las ciudades que han seguido construyéndose durante siglos sobre sí mismas. La materia no ilustra la historia: es uno de los lugares en los que la historia permanece.

También para mí la materialidad es esencial. Pero precisamente aquí aparece la pregunta que desde hace algunos años me interesa cada vez más: ¿es la permanencia de la materia el criterio último de la autenticidad? Creo que mi respuesta comienza a ser distinta de la de Carbonara. No porque considere menos importante la materia, sino porque cada vez me interesa más comprender el monumento como un organismo histórico cuya identidad no reside exclusivamente en aquello que materialmente permanece, sino también en la continuidad de las transformaciones que ha sido capaz de incorporar. Los edificios que hoy llamamos históricos casi nunca llegaron hasta nosotros permaneciendo inmóviles. Fueron reparados, reutilizados y reinterpretados por generaciones que no se consideraban simples depositarias de una imagen que debían transmitir intacta. En muchos casos, aquello que hoy protegemos como patrimonio es precisamente el resultado de esa acumulación.

Ahí comienza probablemente mi distancia respecto a Carbonara. Su pensamiento busca una conciliación extraordinariamente rigurosa entre conservación e innovación, pero el centro de gravedad continúa situado en la conservación de la sustancia histórica recibida. Yo empiezo a preguntarme si no deberíamos desplazar ligeramente ese centro de gravedad hacia la idea de continuidad, entendida como capacidad de una obra para atravesar el tiempo, aceptar nuevas necesidades, incorporar nuevos estratos y seguir siendo históricamente inteligible.

Louis CERCOS, Condé-sur-Risle, agosto 2026.

sábado, 8 de agosto de 2026

Leyendo a Françoise Choay este verano (I)



Sobre monumento y monumento historico. Al hilo de mi publicación anterior he pensado que este verano podríamos leer, poco a poco y capítulo a capítulo, Le Patrimoine en questions. Anthologie pour un combat (2009), de Françoise Choay.

La introducción comienza con una distinción entre monumento y monumento histórico. El primero es una creación deliberada para mantener algo en la memoria; el segundo puede no haber sido construido para recordar nada. Una sociedad posterior lo selecciona, le reconoce valores y decide conservarlo. El monumento histórico no nace como patrimonio: se convierte en patrimonio.

He vuelto entonces a un texto que escribí en 2013 sobre el monumento a Colón de Buenos Aires. Allí distinguía ya entre el “monumento” entendido como obra conmemorativa y el “Monumento” reconocido como bien patrimonial. Decía entonces que el monumento a Colón podía ser monumento y no ser Monumento. La proximidad con Choay es evidente, aunque mi razonamiento partía del reconocimiento social, artístico y jurídico de la obra, mientras ella sitúa la distinción en una genealogía más amplia.

En lo esencial estoy de acuerdo: el valor patrimonial no es una propiedad física contenida en la materia como su densidad o su resistencia, sino el resultado de una relación que una sociedad establece con ella. La conservación deja así de ser una cuestión técnica para convertirse en una decisión cultural y, por tanto ética.

Pero aquí comienza también mi distancia. Después de años trabajando sobre edificios transformados, reparados, ampliados, mutilados, reinterpretados y habitados, me cuesta pensar el patrimonio únicamente como una mirada retrospectiva. Entre el monumento creado para recordar y el monumento histórico que decidimos conservar existe un territorio más complejo: la biografía del edificio. Lo que recibimos no es una obra original intacta, sino la acumulación material y cultural de muchas generaciones; esa condición estratificada puede formar parte de la autenticidad.

También me separo parcialmente del pesimismo de Choay ante la ampliación contemporánea del patrimonio. Comparto su advertencia frente a la inflación patrimonial, la museificación y su conversión en producto de consumo, pero no creo que reconocer valor en una fábrica, una biblioteca, un paisaje o una infraestructura suponga necesariamente una pérdida de sentido. El problema no es conservar más, sino no saber explicar por qué conservamos unas cosas y no otras.

Si el patrimonio no existe por sí mismo, nuestra responsabilidad no consiste sólo en conservarlo, sino en justificar qué decidimos transmitir y qué margen de transformación podemos permitir sin destruir aquello que hace reconocible lo recibido.

Louis CERCOS, Condé-sur-Risle, agosto 2026.

El final reciente de una generación




Giovanni Carbonara, una de las últimas figuras capaces de unir teoría, historia de la restauración, enseñanza universitaria y práctica arquitectónica, murió el 1 de febrero de 2023. Jukka Jokilehto, cuya History of Architectural Conservation tuvo una influencia internacional extraordinaria y cuya trayectoria estuvo estrechamente vinculada a ICCROM e ICOMOS, murió el 23 de noviembre de ese mismo año. Françoise Choay, cuyo pensamiento abordaba la ciudad, el monumento histórico y la patrimonialización de la cultura, murió el 8 de enero de 2025. La desaparición casi simultánea de estas tres figuras hace visible que la generación de las grandes voces teóricas de nuestra disciplina se ha extinguido sin que aparezca un sucesor evidente. Después de ellos hay especialistas brillantes, pero resulta difícil señalar a alguien que reúna una autoridad doctrinal comparable.

En el campo de la teoría general de la conservación, Salvador Muñoz Viñas es hoy uno de los nombres más conocidos. Su Contemporary Theory of Conservation cuestiona la pretensión de que las decisiones de restauración pudieran derivarse exclusivamente de verdades científicas objetivas y desplazó la atención hacia los significados, los valores y las personas para quienes los bienes son importantes.

En los estudios críticos del patrimonio, Laurajane Smith ha contribuido a sustituir la comprensión del patrimonio como conjunto de objetos dotados de valor intrínseco por la idea de que el patrimonio es un proceso cultural de producción de significados y memorias. Su concepto de Authorized Heritage Discourse ha tenido una enorme influencia en la crítica a la autoridad exclusiva de los expertos.

En una dirección próxima se encuentra Rodney Harrison, profesor de Heritage Studies en University College London, cuyo pensamiento se centra en los «futuros del patrimonio», la crisis ecológica y la conservación como una práctica mediante la cual las sociedades produce también futuro, y no solo miradas hacia el pasado.

Gamini Wijesuriya ha sido decisivo en la difusión internacional de los conceptos de living heritage y conservación centrada en las personas. Su influencia se ha ejercido en la transformación de los programas y metodologías de ICCROM. La institución le concedió su premio en 2021 por su contribución al patrimonio vivo y a los enfoques participativos.

En la conservación arquitectónica experimental, Jorge Otero-Pailos, director del programa de Historic Preservation de Columbia, es una de las figuras más originales. Su trabajo cuestiona qué significa conservar y qué materias (polvo, olores, contaminación, superficies eliminadas) pueden adquirir valor patrimonial.

En EE.UU., Randall Mason y Erica Avrami representan la conservación entendida como política pública relacionada con los valores sociales, la justicia, la economía, la sostenibilidad y la crisis climática.

Louis CERCOS, Condé-sur-Risle, agosto 2026.

viernes, 7 de agosto de 2026

L’Inconnu de la Grande Arche (2025)


L’Inconnu de la Grande Arche, de Stéphane Demoustier, me atrapó desde sus primeras escenas. Mientras veía la película regresó a mi memoria una expresión que aprendí hace más de veinticinco años de uno de mis maestros, Fernando Moreno de Barreda Valverde, entonces vicepresidente ejecutivo de la Fundación Hispania Nostra. Durante las obras de restauración del Monasterio de Yuste (1998-2001) nos veíamos prácticamente todas las semanas y, con frecuencia, varias veces en una misma semana; muchas veces hacíamos juntos el trayecto entre Madrid y Cuacos de Yuste y, durante aquellas horas de carretera, Fernando hablaba de lo que llamaba las «obras de promotor». Hablaba de Julio II, de Felipe II, de Francisco I de Francia y también de Carlos V, que quizá no fue un promotor en el mismo sentido que los anteriores pero que convirtió Yuste, al elegir aquel monasterio como lugar para retirarse, en la materialización arquitectónica del epílogo de su vida.

Con los años he comprendido que aquella expresión explicaba bastante bien la clase de arquitectura que siempre me ha interesado. Nunca me he sentido un artista. Prefiero poner mi conocimiento al servicio de una idea que me convenza, comprenderla y desarrollarla. Me interesa mucho más defender criterios conceptuales, intelectuales, patrimoniales o funcionales que imponer criterios exclusivamente formales.

Hay momentos del film que me incomodan particularmente, cuando el personaje del arquitecto se refiere al proyecto como «la obra de su vida». Comprendo perfectamente la dimensión dramática de la frase y la identificación absoluta que puede llegar a producirse entre un creador y aquello en lo que ha depositado años de inteligencia, trabajo y esperanza; pero no estoy seguro de compartir esa manera de entender mi profesión. Cuando construimos algo destinado a durar mucho más que nosotros, quizá debería importarnos menos el lugar que esa obra ocupará en nuestra biografía y mucho más el lugar que podrá ocupar en la biografía de una comunidad que continuará existiendo cuando nuestros nombres hayan dejado de ser relevantes.

Y ahí aparece, para mí, una de las enseñanzas involuntarias más hermosas de la propia historia de la Grande Arche. Spreckelsen no llegó a verla terminada, murió en 1987, antes de terminada la obra. Pero había dimitido antes. La arquitectura, no exactamente como él la imaginó, sobrevivió a su arquitecto. La obra tuvo que aceptar negociaciones, decisiones técnicas, transformaciones y continuidades que su autor no habría nunca imaginado y, sin embargo, la idea esencial permaneció reconocible.

Escribo estas publicaciones porque me interesa transmitir una determinada manera de comprender mi profesión y porque, después de muchos años de ejercicio, quiero dejar por escrito algunas de las preguntas, criterios y caminos que he intentado explorar en mis encargos. Tal vez esa sea también una forma distinta de entender la autoría.

Louis CERCOS, Condé-sur-Risle, agosto 2026.

jueves, 6 de agosto de 2026

El osario de Wamba





El osario de Wamba me permite dar un paso más respecto de mis recientes publicaciones anteriores. Ya no se trata solo de reflexionar sobre la muerte desde la práctica de la restauración, sino de situarse ante una arquitectura en la que la muerte ha adquirido presencia material y en la que, al mismo tiempo, la tradición hospitalaria de la Orden de San Juan introduce, ya en el medievo, la igualdad esencial de los seres humanos y el deber de cuidar una vida precisamente porque es limitada.

Después de haber escrito sobre la lectura como una «inmortalidad hacia atrás» y sobre la restauración como un oficio situado entre el memento mori y el carpe diem, pienso en un lugar castellano en el que estas dos ideas dejan de ser abstracciones. Me refiero al osario de Wamba, adosado a la iglesia de Santa María, en los Montes Torozos vallisoletanos.

Quien entra en aquel recinto contempla huesos humanos verdaderos, ordenados en grandes acumulaciones que revisten los muros y convierten una pequeña dependencia monástica en el depósito material de innumerables existencias concluidas. Los cráneos y los huesos largos han perdido casi toda posibilidad de identificación individual, pero conservan la certeza de que cada uno perteneció a una persona que tuvo un nombre, un rostro y una vida que, mientras duró, debió parecerle tan inmediata y absoluta como nos parece hoy la nuestra. Sobre ellos permanece una inscripción cuyo sentido difícilmente podría ser más directo:

«Como te ves, yo me vi.
Como me ves, te verás.
Todo acaba en esto aquí.
Piénsalo y no pecarás».

Quien nos habla desde el osario no es una figura remota ni un ser perteneciente a una humanidad distinta de la nuestra: fui como tú eres y tú serás como ahora me ves. Entre vivos y muertos no existe una diferencia de naturaleza, sino únicamente una distancia temporal. Ahí encuentro una prolongación de las reflexiones que he venido compartiendo durante estos días. El restaurador se siente a veces contemporáneo de los muertos porque trabaja sobre lo que ellos imaginaron, construyeron, utilizaron y transmitieron. En Wamba, sin embargo, esa contemporaneidad deja de establecerse únicamente a través de la arquitectura. No dialogamos solo con los muros levantados por quienes nos precedieron, sino también con sus propios restos. La historia ya no aparece representada mediante estilos, documentos o estratos constructivos, sino reunida en la materia más frágil y más universal que poseemos: el cuerpo humano después de la vida.

Pero Wamba me importa también porque la iglesia y el antiguo monasterio estuvieron vinculados durante siglos a la Orden de San Juan de Jerusalén, a la que el conjunto fue entregado en 1140. Esa relación adquiere para mí una significación personal por mi pertenencia a la tradición melitense, por mi condición de académico de la Melitense Hispana y por una distinción que recibí con gratitud, la Orden pro Mérito Melitensi.

Mañana sigo.

Louis CERCOS, Condé-sur-Risle, agosto 2026.