Mirando hacia atrás, mi blog no ha sido un diario de obras, sino un laboratorio de ideas y sentidos. Eso se nota en el ranking de entradas más leídas: están las piezas de consulta pura —como la referencia a un número de revista (SCA n.º 246)—, los ensayos más abstractos —Posición, profesión e ideología o Metro ligero—, los cruces disciplinarios —Araki, Louboutin, Tattoo back—, reflexiones sobre vulnerabilidad espacial —Refugio para un hombre desnudo—, y textos sobre patrimonio —Gaudí restaurador, Coliseo— o sobre tendencias globales —Container Architecture.
Ese abanico no es casual: revela tres cosas esenciales sobre mi práctica y mi método:
Primero, que la arquitectura nunca se agota en la técnica ni en la tipología; siempre está atravesada por cultura, cuerpo, forma y sentido —y así he querido que mi blog sea un lugar en el que se mezclen ensayo, registro y pensamiento.
Segundo, que la disciplina no se ejerce solo en el territorio de la obra construida, sino en la conversación continua con el pasado y con otras prácticas, desde la crítica hasta la imagen y la experiencia visual.
Tercero, que mi escritura ha tendido puentes hacia lectores más allá del nicho profesional, precisamente porque busca pensar en voz alta cuestiones que nos interpelan a todos: ¿qué es un refugio? ¿qué significa restaurar? ¿qué implica ser arquitecto en tiempos de máquinas, de globalización y de precariedad?
Entre 2009 y 2015 viví momentos de crecimiento y desplazamiento profesional: trabajar en contextos distintos, responder a convocatorias, ejercer en países ajenos a mi origen, enfrentarme a marcos normativos, culturales y lingüísticos diferentes. Fueron años de silencio en este blog porque la prioridad era la práctica, la responsabilidad con clientes, equipos, obras y procesos. Ese silencio no fue abandono sino inmersión, y creo que se escucha si uno lee las entradas de esos años posteriores.
Más adelante, cuando retomé la escritura —y más intensamente desde 2024 hasta hoy— ya no era para repetir fórmulas de publicación, sino para integrar mi experiencia profesional con mi reflexión teórica. La publicación sobre el Convento de los Dominicos (febrero de 2026) —que ha generado interés y visitas— no es solo un comentario sobre una obra; es una forma de entender el patrimonio como pregunta viva, como espacio de tensión entre memoria, forma y presente.
Mi carrera ha transitado por la restauración, por la teoría y por la práctica proyectual en múltiples escalas y geografías. He trabajado en contextos institucionales exigentes —como la Bibliothèque publique d’information— y en proyectos de restauración que me han enseñado que cada superficie, cada muro, cada huella es una oportunidad de diálogo con la historia. También he conocido que en otros países, lejos de casa, se valora de manera distinta la autoridad intelectual y técnica del arquitecto: eso me ha formado como profesional y como escritor.
El blog, en este sentido, no ha sido un escaparate de logros, sino un diario de pensamiento acumulado, disponible para cualquiera que busque más que fotos bonitas o lecciones rápidas. El tráfico que recibe no me interesa como cifra en sí misma, sino como señal de que hay otras mentes ahí fuera interesadas en pensar tanto como en construir.
A quienes han llegado hasta aquí por una entrada de patrimonio, por una reflexión sobre arte o por una pregunta sobre la posición profesional de quien ejerce esta disciplina, les agradezco esa atención sostenida en el tiempo. Porque, al final, este blog no es solo un repositorio de textos: es un arqueo de inquietudes, un lugar donde la arquitectura se entrelaza con cultura, ética, memoria y forma.
Y si algo he aprendido desde 2009 es que escribir siempre va acompañado de volver a leer, revisar, dudar y reelaborar. El blog no es un monumento, sino un organismo en marcha.
Luis Cercós
París, febrero de 2026.






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