sábado, 28 de febrero de 2026

La BPI Lumière : restaurer une bibliothèque, penser l’économie circulaire.




Je suis très heureux de partager la parution de mon article dans le numéro 543 de la revue SeRViR – Alumni de l’ENA et de l’INSP, consacré au dossier :
« Économie circulaire : penser, réguler, agir ».

Cette revue, qui rassemble les réflexions des anciens élèves de l’ENA - Ecole Nationale d'Administration et de l’INSP, offre dans ce numéro un panorama particulièrement riche des enjeux actuels de l’économie circulaire : cadre législatif (loi AGEC), responsabilité élargie du producteur, initiatives territoriales, mutations industrielles et questions de gouvernance.

Mon article, intitulé :

« La BPI Lumière : restaurer une bibliothèque, penser l’économie circulaire », y présente le projet de relocalisation de la Bpi • Bibliothèque publique d'information dans le bâtiment Lumière comme une expérience concrète d’économie circulaire appliquée à un équipement culturel national.

Nous y montrons que l’économie circulaire ne se limite pas au recyclage : elle peut devenir un principe directeur de conception architecturale et de gestion publique.

Réemploi patrimonial des rayonnages patrimoniaux historiques, valorisation du mobilier existant, prototypage des nouveaux équipements, réversibilité des installations en vue du retour au Centre Pompidou en 2030 : la sobriété y devient une méthode, et non une contrainte.

Je tiens à remercier chaleureusement la rédaction de SeRViR, ainsi que l’ENA et l’INSP, pour leur confiance et pour la qualité du débat intellectuel qu’ils continuent d’animer au service de l’action publique.

Je joins ici le PDF de mon article pour celles et ceux qui souhaiteraient en prendre connaissance.

Restaurer, c’est transmettre.

Et penser l’économie circulaire, c’est aussi penser la continuité du service public.

Luis Cercos, France, 2026.

El compromiso contemporáneo (5/5)








Cuatro fases para intervenir en arquitectura y edificios preexistentes (5/5). El compromiso contemporáneo.

Toda intervención termina aquí. En una decisión que ya no es solo técnica, sino moral. ¿Qué añade nuestro tiempo a lo que ha recibido? ¿Cómo introducir lo nuevo sin alterar la verdad de lo antiguo?

La autenticidad no es una cuestión estética. No es pátina ni estilo. Es correspondencia entre materia e historia. Un edificio es auténtico cuando lo que vemos no pretende ser otra cosa, cuando cada estrato asume su fecha y la biografía no se disfraza.

Por eso la intervención tímida o mimética puede ser más peligrosa que la audaz. La réplica que “encaja”, el detalle reproducido con habilidad, la textura envejecida para tranquilizar: todo ello introduce presente bajo apariencia de pasado. Y ese gesto no conserva; contamina. Diluye lo original no porque lo sustituya, sino porque lo confunde. El falso histórico no destruye; desorienta. Y esa desorientación es irreparable, porque impide leer el edificio con claridad.

Si restaurar es una ética de la verdad, copiar es una estética de la comodidad. Restaurar no es negar el accidente, sino asumirlo. No es reconstruir una pureza imaginaria, sino sostener una continuidad real. La cicatriz honesta no empobrece; hace legible. Lo nuevo, cuando es claro, protege lo antiguo porque establece un límite entre ambos.

El debate no termina en la autenticidad material. La normativa protectora, indispensable para frenar abusos, deriva a veces en parálisis. Proteger se confunde con inmovilizar. El edificio se vuelve intocable y el arquitecto gestor de una imagen congelada. Pero la arquitectura no se conserva por quietud, sino por uso y adaptación. Un edificio que no puede transformarse con inteligencia termina abandonado o trivializado.

¿Existen categorías dentro del patrimonio? Intuitivamente desconfío: se es monumento o no se es. Pero la experiencia obliga a matizar. Hay bienes cuya densidad histórica exige contención extrema. Allí el margen de gesto es mínimo y la sobriedad máxima.

Existe, sin embargo, un patrimonio no clasificado, cotidiano, híbrido, donde la intervención contemporánea no debería limitarse a la imitación prudente. Allí el compromiso consiste en añadir con claridad, aceptar la estratificación y sumar una capa consciente de sí misma.

Lo experimenté hace años en el Centro Tecnológico de Audiovisuales de La Solana (Castilla-La Mancha, España), sobre el antiguo Cine Cervantes, antes bodega del siglo XVIII. No se trataba de reconstruir fases, sino de reconocerlas y añadir otra. Aquella obra, distinguida entre las mejores intervenciones del Plan de Desarrollo Local 2010, fue una intuición práctica de lo que hoy intento formular como método: no borrar, no imitar, no competir; añadir con responsabilidad.

El compromiso contemporáneo no es protagonismo ni invisibilidad. No es contraste obligado ni integración sumisa. Es discernimiento.

Luis Cercos, Condé-sur-Risle, marzo 2026.

Sinan, Juan de Herrera y Vauban



Sinan (2/2) / Juan de Herrera y Sébastien Le Prestre de Vauban. De la ingeniería militar a la arquitectura civil.

Si ayer nos deteníamos en la lucidez estructural con la que Mimar Sinan (c. 1489–1588) interviene en Santa Sofía, hoy conviene preguntarse de dónde nace esa mirada. No es fruto del simbolismo ni de la nostalgia. Es fruto de la experiencia técnica.

Sinan no se forma como arquitecto de gabinete. Llega joven a Constantinopla en el marco del sistema de reclutamiento imperial y se integra en el cuerpo de los jenízaros. Aprende carpintería, geometría práctica, organización de obra. Pasa después al cuerpo técnico del ejército y actúa como ingeniero militar en campañas en Anatolia, Persia y Europa central. Construye puentes, fortificaciones, infraestructuras provisionales bajo presión extrema. Aprende que una estructura no falla por azar, sino por un desequilibrio acumulado.

Cuando años más tarde es nombrado arquitecto imperial, esa disciplina no desaparece. Se transforma en método. Su arquitectura no nace del gesto, sino del ensayo. No busca la imagen perfecta, sino el sistema estable. No persigue la originalidad, sino la aproximación progresiva a una solución cada vez más depurada.

Ese perfil no es una excepción aislada en el siglo XVI. En la Monarquía Hispánica, Juan de Herrera (1530–1597), antes de ser el arquitecto de El Escorial, participa en campañas militares y se forma en el entorno técnico vinculado a la ingeniería y a la matemática aplicada.

Más tarde, en la Francia de Luis XIV, Sébastien Le Prestre de Vauban (1633–1707) elevará la fortificación a sistema científico antes de intervenir en la organización territorial y urbana del reino.

En los tres casos, la experiencia del riesgo precede a la arquitectura simbólica. Antes de componer fachadas, aprendieron a contener empujes. Antes de pensar en estilo, entendieron la resistencia de los materiales. Antes de aspirar a la perfección formal, asumieron la imperfección del terreno.

Por eso la intervención de Sinan en Santa Sofía no es un episodio aislado, sino coherente con una genealogía más amplia: la del arquitecto-ingeniero que comprende que restaurar y proyectar no son operaciones opuestas, sino momentos distintos de una misma investigación sobre la gravedad y el tiempo. La restauración, entendida así, no es una estética del pasado, sino una ética del comportamiento estructural. No consiste en devolver una imagen, sino en comprender un sistema. No se trata de borrar el tiempo, sino de administrarlo.

Tal vez convenga recordar esta genealogía hoy. Porque en un mundo que tiende a la espectacularización del patrimonio, estos tres nombres —separados por culturas y por décadas— nos recuerdan algo elemental: la arquitectura duradera nace del conocimiento del riesgo.

Luis Cercos, Condé-sur-Risle, febrero 2026.