miércoles, 25 de febrero de 2026

El diagnóstico (3/5)



Cuatro fases para intervenir en arquitectura y edificios preexistentes (3/5).
El diagnóstico: fijar la intuición, medir la realidad, asumir la responsabilidad

Para quienes hayáis leído las dos primeras publicaciones sobre mi método de intervención —la presentación general y la de-construcción— ya sabéis que antes de proyectar hay que entrar. Entrar de verdad. Recorrer el edificio sin prisa, dejar que nos hable, buscar los lugares donde habita el desasosiego… o celebrar no encontrarlo. Porque también hay edificios serenos, coherentes, reconciliados con su historia.

En esa primera fase hemos intentado comprender su esencia. No la apariencia, no el estilo, sino ese punto que resume su biografía: el instante cresta de su historia, el momento en que alcanzó su máxima coherencia entre forma, función y técnica. A veces es el día de su inauguración; otras, una transformación posterior que lo llevó a su madurez. Diagnosticar sin identificar ese momento es operar sin conocer el pulso del paciente.

Hemos comenzado a dibujarlo. A descubrir si existe un módulo, una trama, una ley interna. En qué unidad fue medido y concebido por primera vez. Qué proporción lo ordena. Lo hemos empezado a limpiar —material y mentalmente— para poder recorrerlo de principio a fin, sin interferencias. Hemos escuchado al propietario, al promotor, a la maîtrise d’ouvrage, lo que esperan del edificio, lo que desean, lo que temen. Y, por nuestra parte, hemos empezado también a tomar posesión de él sin apropiárnoslo, porque no es nuestro: es de todos, también de quienes nacerán después de nosotros. Esa conciencia produce una mezcla de responsabilidad y angustia que conviene no esquivar.

El diagnóstico consiste en fijar y corroborar las intuiciones surgidas en esos primeros momentos. Confirmarlas o refutarlas. No solo respecto de lo evidente —ese problema estructural que salta a la vista— sino también en lo que afecta a su adecuación normativa, a la viabilidad de la nueva función o a la continuidad de la histórica dentro del marco legal y de los usos contemporáneos.

Diagnosticar es preguntarse qué hacer con las evacuaciones en caso de emergencia, cómo introducir la seguridad y la protección contra incendios, cómo integrar las instalaciones que exige un edificio actual: ascensores, megafonía, voz y datos, redes informáticas. Es incorporar la lectura rigurosa de las normativas aplicables, de los códigos técnicos, sin que esa lectura se convierta en una mutilación.

Y todo ello con delicadeza, con armonía, al mejor precio posible y en el menor plazo razonable. Completar lagunas. Reparar ruinas. Decidir qué hacer con los muñones. Pensar las prótesis.

En mi caso, siempre hablo de hacerlo con lealtad a lo recibido y con sinceridad en lo añadido. No me incomodan las instalaciones vistas si son claras, honestas, fáciles de mantener y de desmontar. Prefiero una intervención legible y reversible antes que una cirugía invisible que deje cicatrices profundas.

El diagnóstico no es un trámite técnico. Es el momento en que la intuición se convierte en conocimiento y la emoción en criterio. Es el instante en que decidimos, con plena conciencia, hasta dónde podemos llegar… y hasta dónde no debemos hacerlo.

LC, París, febrero 2026. 

martes, 24 de febrero de 2026

Aprender a coordinar. Del número 8 a la restauración de arquitecturas.


En esa primera fotografía, yo tenía quince años. colegio Salesianos Atocha, Madrid. Yo era el número 8, abajo a la derecha. En el voleibol nadie gana solo. Cada punto es una secuencia precisa: recepción, colocación, remate. Si uno falla en su posición, el conjunto se descompone. A esa edad no sabía que acabaría dedicándome a la arquitectura y a la restauración, pero ya estaba aprendiendo algo esencial: el proyecto no es un gesto individual, es una estructura colectiva.

Durante mucho tiempo tendemos a contar la historia de la restauración a través de nombres propios. En la España de la posguerra se consolidó un modelo fuerte, territorial, basado en arquitectos conservadores de zona con responsabilidades enormes. Luis Menéndez-Pidal, Alejandro Ferrant, Manuel Lorente Junquera, José María Rodríguez Cano, Félix Hernández Jiménez, Francisco Prieto-Moreno, junto a auxiliares como Pons Sorolla, Fernando Chueca Goitia o José Manuel González Valcárcel, organizaron el país monumentalmente. No eran figuras aisladas: formaban parte de un dispositivo técnico y administrativo que entendía la restauración como servicio público estructurado.

Ese modelo fue necesario. Aportó método, continuidad y autoridad técnica. Pero incluso ahí, bajo la apariencia de la figura fuerte del arquitecto restaurador, ya latía una verdad más compleja: ningún monumento se sostiene con una sola disciplina.

El verdadero aprendizaje, para mí, se hizo explícito en el Máster de Restauración de Monumentos (primera promoción, 1995/96) de la Universidad de Alcalá. Allí comprendí que el monumento no es solo forma ni estilo. Es materia que enferma, estratos que dialogan, normas que condicionan, presupuestos que limitan, usos que transforman. Y que la restauración no es suma de especialidades; es articulación crítica de saberes.

A partir de 2011, en concursos de proyecto, como los promovidos por el Ministerio de las Culturas de Chile, el proyecto ya no respondía solo a una forma arquitectónica, sino a una política pública, a una estrategia cultural, a una comunidad concreta. El equipo dejaba de ser un apoyo para convertirse en la condición misma de la candidatura al proyecto.

Más tarde, en Francia, la maîtrise d’œuvre me mostró esa misma idea convertida en estructura contractual. Cada cual con su responsabilidad, su seguro, su firma, su momento. No se diluye la autoría; se organiza.

Con los años he entendido que dirigir un proyecto se parece mucho a jugar al voleibol. Hay momentos para recibir, momentos para colocar y momentos para rematar. Y hay otros en los que lo único inteligente es sostener la estructura para que otro marque el punto. Coordinar no es ceder autoridad; es ejercerla de otro modo.

Aquel número 8, abajo a la derecha, no sabía nada de teoría de la restauración. Pero ya estaba aprendiendo que la arquitectura, cuando es responsable, siempre es coral.

Luis Cercos, París, febrero 2026.

De-construcción: desmontar para comprender.


Restaurar desde el presente: cuatro fases para intervenir en arquitectura y edificios preexistentes (2/5). La de-construcción: desmontar para comprender.

Si la intervención arquitectónica es un acto de responsabilidad, su primera fase no puede ser proyectar. Debe ser retirar. Pero retirar no es demoler. Y desmontar no es todavía comprender. Por eso necesitaba una palabra más precisa. Durante años hablé de desmontaje. En otras ocasiones utilicé demolición parcial. Ninguno de los términos me satisfacía. Desmontar describe una operación técnica. Demoler implica destrucción, incluso cuando es selectiva. Ninguna expresaba lo que realmente sucede cuando intervenimos con rigor sobre lo preexistente.

El término exacto apareció al detenerme en el prefijo “de-”. Según la Real Academia Española, indica inversión o acción contraria. No significa necesariamente destruir, sino deshacer lo hecho. Ahí encontré la precisión que buscaba. De-construir no es destruir la construcción, sino deshacerla analíticamente. Es invertir el proceso por el cual fue construida o transformada, revertir la acumulación de capas en sentido inverso a como se depositaron sobre el edificio.

Durante años he explicado a mis alumnos y a mis colaboradores más jóvenes que la intervención no empieza dibujando. Empieza entrando en el edificio. La primera visita es un acto silencioso. No se toca nada. No se mide nada todavía. Se observa, intentando percibir si existe armonía, intentando comprender antes de interpretar, buscando algo muy concreto: si aparece o no el desasosiego.

El desasosiego es una perturbación intelectual. La sensación de que algo no encaja en la lectura del conjunto: una proporción alterada, una ventana cegada sin lógica, un eje desplazado, un encuentro constructivo incoherente. A veces es mínimo, pero cuando aparece sé que todavía no he comprendido lo suficiente. Ese desasosiego es el verdadero inicio de la de-construcción.

La imagen que terminó de darme claridad fue la autobiografía de Günter Grass, Pelando la cebolla. Grass sugiere que lo que uno es resulta inseparable de lo que tuvo que hacer, y que la memoria se revela capa a capa. Comprendí entonces que un edificio es consecuencia de todo lo que se le fue haciendo: decisiones lúcidas, reformas necesarias, urgencias, improvisaciones, olvidos. La arquitectura, como la memoria, se estratifica.

A veces las capas son simples acumulaciones. Otras, intervenciones desafortunadas. Otras, transformaciones históricas que deben entenderse antes de decidir si permanecen. No todo es valioso, ni todo es prescindible. La de-construcción exige desmontar y documentar. Cada capa retirada debe registrarse. Incluso lo eliminado forma parte de la biografía del edificio. No proyectar hasta que vuelva a ser legible.

La de-construcción es lectura material. Solo cuando el edificio vuelve a ser comprensible desaparece el desasosiego.

Y solo entonces podemos pasar al diagnóstico.

Luis Cercos, París, febrero 2026

lunes, 23 de febrero de 2026

Deconstrucción, diagnóstico, terapia y compromiso contemporáneo.


Restaurar desde el presente: cuatro fases para intervenir en arquitectura y edificios preexistentes (1/5). Mi método de intervención.

Durante más de treinta años y más de quinientas intervenciones en España, América del Sur y Francia, he ido depurando un método de trabajo que sirve tanto para intervenir en un monasterio imperial como para reformar el cuarto de baño de un pequeño apartamento. No depende de la escala. Depende de la actitud.

Con el tiempo comprendí que toda intervención responsable puede estructurarse en cuatro fases esenciales: (1) deconstrucción, (2) diagnóstico, (3) terapia y (4) compromiso contemporáneo.

La deconstrucción no es demolición. Es eliminación crítica. Es retirar capas acumuladas, añadidos desafortunados, soluciones técnicas agotadas, hasta alcanzar un estado de claridad que permita escuchar de nuevo al edificio. Antes de proyectar, hay que despejar. Siempre en sentido inverso a como esas capas se fueron depositando sobre el objeto a intervenir.

El diagnóstico es un ejercicio intelectual y técnico a la vez. Puede preceder a la deconstrucción, pero a menudo es ella la que lo hace posible. Diagnosticar exige estudio, medición, análisis normativo; pero también intuición. Una intuición que no es inspiración romántica, sino razonamiento acelerado construido sobre décadas de experiencia y centenares de obras.

La terapia es la aplicación rigurosa del conocimiento técnico y de la normativa vigente. Es la fase en la que el edificio recupera estabilidad, seguridad y coherencia constructiva. No es el momento del gesto, sino de la responsabilidad.

Y finalmente, el compromiso contemporáneo. Allí donde hay lagunas, vacíos o nuevas necesidades, la arquitectura debe hablar en presente. No imitar lo perdido, no fingir continuidad, sino asumir el tiempo propio con claridad y medida. Toda adición es una toma de posición ética.

Este método no es una receta. Es una forma de pensar la intervención. Una manera de entender que restaurar no consiste en congelar el pasado, sino en hacerlo habitable (o en devolverlo una funcionalidad) hoy (desde el tiempo presente) sin traicionarlo.

Durante los próximos cuatro días desarrollaré cada una de estas fases con mayor precisión. Porque intervenir en la arquitectura no es un acto técnico aislado. Para nosotros, una manera de servicio público o a nuestros clientes. Y también, en determinados casos, una responsabilidad cultural.

Luis Cercos, París, febrero 2026.

domingo, 22 de febrero de 2026

¿qué conservar y qué elegir cuando hablamos de patrimonio? (y 2)


Ayer publiqué una reflexión que ha generado un debate amplio y estimulante: ¿qué conservar y qué elegir cuando hablamos de patrimonio?

En ese intercambio apareció un comentario que, en lugar de discutir los argumentos, equiparó la expresión “ética de la selección” con uno de los episodios más oscuros del siglo XX. No fue una crítica conceptual, sino un sofisma: una falsa analogía basada en una coincidencia verbal, no en una equivalencia histórica o moral. Y, además, un ejemplo claro de lo que la teoría de la argumentación denomina reductio ad Hitlerum: intentar desacreditar una idea asociándola retóricamente con el nazismo sin analizar su contenido real.

Conviene recordar que cuando yo hablo de selección en patrimonio no lo hago de personas, ni de identidades, ni de derechos. Hablo de bienes materiales, de edificios, de paisajes culturales, y de la asignación de recursos públicos que siempre son limitados. No existe ningún sistema patrimonial en el mundo que no opere mediante selección.

Y como el sofista que me acusaba ayer procedía de los Estados Unidos, la comparación resulta doblemente absurda, porque precisamente allí el sistema de preservación está estructurado explícitamente sobre criterios selectivos. El National Register of Historic Places establece categorías claras: asociación con acontecimientos significativos, vinculación con personas relevantes, valor arquitectónico o artístico distintivo, potencial informativo para la historia o la arqueología. No todo edificio antiguo es inscrito. La designación como landmark es una selección. La concesión de subvenciones federales o estatales para conservación es una selección. La aplicación de la Section 106 del National Historic Preservation Act obliga a identificar qué propiedades merecen consideración especial en cada proyecto. Incluso los criterios de integridad —localización, diseño, materiales, ejecución, ambiente, asociación— funcionan como filtros. Es decir, la selección es, en USA, el fundamento operativo de su sistema.

Lo mismo sucede en Europa, en América Latina y en cualquier democracia que gestione su patrimonio cultural.

Reconocer que el patrimonio es una construcción histórica y política no es relativismo ni autoritarismo implica asumir que cada generación decide qué recordar, qué proteger y con qué argumentos.

Vivimos, además, en un momento internacional delicado, en el que determinadas políticas injustas y segregacionistas están tensionando la armonía mundial y erosionando consensos básicos. Quizá, antes de proyectar acusaciones hacia fuera de los EE.UU., convenga a los norteamericanos afines a sus gobernantes actuales examinar críticamente los propios marcos políticos y culturales desde los que lanzamos acusaciones.

El debate sobre patrimonio merece altura intelectual. Y la selección, lejos de ser un pecado, es la condición misma de toda política cultural responsable.

Luis Cercos, Condé-sur-Risle, Francia, febrero de 2026.