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sábado, 21 de febrero de 2026

¿Qué conservar? ¿Qué elegir?





¿Qué conservar? ¿Qué elegir? La pregunta parece técnica, pero es profundamente política.

Durante décadas hemos ampliado el concepto de patrimonio hasta abarcar monumentos, ciudades, paisajes, tradiciones, memorias y prácticas. La expansión era necesaria. Pero no elimina el problema central: no todo puede conservarse. Cada generación selecciona.

El patrimonio es el pasado activado por el presente, resultado de una decisión contemporánea que otorga valor a ciertos vestigios y deja otros en silencio. Patrimonializar no es descubrir valores eternos; es atribuir valor desde una posición histórica concreta.

Del mismo modo que, como explicó Cesare Brandi, un objeto no es obra de arte hasta que una comunidad lo acepta como tal en su conciencia histórica, un edificio abandonado no es patrimonio hasta que una comunidad lo reconoce como tal. No hay valor patrimonial sin reconocimiento. Sin embargo, la ilusión tecnocrática nos hace creer que existen criterios objetivos y neutros: autenticidad, integridad, excepcionalidad. Pero antes de ellos hay una operación silenciosa: la jerarquización. Alguien decide qué merece recursos, relato, protección jurídica.

En este punto conviene recordar a Rem Koolhaas, arquitecto y pensador neerlandés, fundador de OMA, figura central del debate contemporáneo sobre ciudad y patrimonio. Koolhaas ha defendido algo incómodo pero intelectualmente honesto: lo importante no es conservarlo todo, sino tener el coraje de renunciar a conservar aquello que objetivamente no merece ser conservado. Frente a los fundamentalismos patrimoniales, plantea una ética de la selección.

El patrimonio es hoy un sistema de valores en negociación permanente. Si el patrimonio es una construcción política, también es selectiva. Cada época decide qué recordar y qué dejar caer. Patrimonializar es elegir, y elegir implica excluir.

Hace algunos años escribí sobre esto en la Revista de Arquitectura de la Sociedad Central de Arquitectos, en el número “Patrimonio: prohibido no tocar”, curado por la arquitecta Rita Comando (hasta hace poco presidenta de la SCA y durante años presidenta de su Subcomisión de Monumentos), una entidad argentina centenaria. Allí intenté precisamente delimitar qué es monumento y qué no lo es. No todo objeto con carga simbólica es monumento. No toda presencia material merece estatuto patrimonial.

No heredamos solo objetos, sino relatos sobre ellos. Y cada intervención reescribe su significado. Hoy, la pregunta no es únicamente qué conservar, sino desde qué presente decidimos conservarlo. El patrimonio no pertenece al pasado. Pertenece al presente que lo activa. Y solo desde esa conciencia crítica puede convertirse, verdaderamente, en proyecto de futuro.

Luis Cercos, París, febrero de 2026.

viernes, 20 de febrero de 2026

A propósito de la inflación patrimonial contemporánea.



Durante siglos no hubo “políticas culturales”, pero sí conciencia de conservación: decisiones, generalmente individuales, de preservar lo heredado, no por nostalgia, sino por continuidad simbólica.

Roma reutilizó templos griegos admirados como modelo. El cristianismo del siglo IV no destruyó las basílicas civiles: las transformó en iglesias sin borrar su estructura. La mezquita de Córdoba fue incorporada como catedral en una operación de superposición.

En el siglo XVII, Borromini intervino en la basílica constantiniana de San Juan de Letrán sin arrasarla: reorganizó sus naves, reforzó su estructura e introdujo una nueva lógica espacial y lumínica, conservando el cuerpo paleocristiano como soporte histórico.

En plena Revolución Francesa, cuando parecía imponerse la iconoclasia, una declaración legislativa de la Asamblea recordó que los hombres libres no son bárbaros que destruyen. Y Quatremère de Quincy (1755-1849) defendió que arrancar las obras de su contexto era desmembrar la historia, inaugurando una conciencia crítica frente al expolio.

El patrimonio, como concepto, es, sin embargo, una invención moderna que nace cuando la modernidad toma conciencia de la pérdida: la Ilustración inventa el museo; la Revolución Francesa convierte bienes dinásticos en memoria nacional; el siglo XIX romantiza el monumento; el siglo XX legisla e internacionaliza.

De patrimonio “histórico-artístico” pasamos a “bien cultural”. De lo material a lo inmaterial. Del objeto al paisaje. De la nación a la humanidad. Cada ampliación responde a una crisis. Las guerras explican la Carta de Atenas y la UNESCO. En Italia, la Comisión Franceschini (1964) redefinió el “bien cultural” como todo aquello dotado de valor de civilización. El patrimonio dejaba de ser solo artístico para convertirse en testimonio cultural.

La Convención de 1972 universaliza el patrimonio. La noción de inmaterial amplía el campo. El turismo obliga a hablar de sostenibilidad. Las comunidades indígenas reclaman participación. El derecho al patrimonio comienza a formularse como derecho humano. El patrimonio es hoy un sistema de valores en negociación permanente.

Y aquí me sitúo, ligeramente incómodo, frente al relato oficial: si el patrimonio es una construcción política, también es selectiva. Cada época decide qué recordar y qué dejar caer. Patrimonializar es elegir, y elegir implica excluir.

La inflación patrimonial contemporánea revela algo profundo: quizá hemos dejado de confiar en el futuro y tratamos de conservarlo todo como si el presente fuese frágil. El patrimonio se ha convertido en tecnología contra el olvido. Pero no es conservación pura; es interpretación. No heredamos solo objetos, sino relatos sobre ellos. Y cada intervención reescribe su significado.

Tal vez el verdadero giro sea entender que el patrimonio no pertenece al pasado, sino al presente que lo activa. El patrimonio no es lo que fue, sino lo que decidimos que siga siendo.

Luis Cercos, París, febrero de 2026.

martes, 17 de febrero de 2026

El “síndrome Kelvinator” y la restauración de monumentos.



Algunos arquitectos utilizan la expresión “síndrome Kelvinator” para denunciar una deriva de la arquitectura contemporánea: la tendencia a concebir el edificio como un objeto técnico autosuficiente, limpio, perfectamente optimizado, intercambiable. El nombre procede de la marca estadounidense Kelvinator, fabricante de frigoríficos emblemáticos del siglo XX. El electrodoméstico es el paradigma de esa lógica: producto industrial, estandarizado, diseñado para rendir, sustituirse y desaparecer sin dejar memoria.


Cuando esa mentalidad se traslada al patrimonio, aparece el problema. El síndrome Kelvinator aplicado a la restauración consiste en tratar el monumento como si fuera un aparato que debe “actualizarse”: mejorar su rendimiento, homogeneizar su imagen, neutralizar su envejecimiento, optimizar su funcionamiento hasta borrar su espesor histórico. Es la ilusión de que podemos devolverle un estado perfecto, limpio de accidentes, libre de contradicciones.

Mi posición es justamente la contraria: un monumento no es un objeto doméstico optimizable. No es una máquina que deba cumplir prestaciones como criterio supremo. Es una construcción cultural atravesada por el tiempo. Su valor no reside en su estado ideal, sino en la superposición de capas, en la huella de usos, en la imperfección que testimonia su duración.

El riesgo del síndrome Kelvinator es doble. Por un lado, convierte la restauración en un ejercicio higienista: limpiar hasta borrar, consolidar hasta neutralizar, reconstruir hasta suplantar. Por otro, desplaza el juicio crítico por el cumplimiento técnico: si funciona, si cumple norma, si parece nuevo, entonces se considera correcto. Pero la arquitectura heredada no se mide solo en vatios, grados o estándares; se mide en significado.

Restaurar no es producir una réplica “mejor que el original”. No es corregir la historia. No es congelar el tiempo en una versión idealizada. Es aceptar que el edificio es un palimpsesto y actuar con prudencia intelectual: intervenir lo mínimo necesario para que siga vivo sin negar lo que ha sido.

El electrodoméstico se sustituye cuando envejece; el monumento adquiere generalmente valor porque envejece.

El primero pertenece a la lógica del consumo; el segundo, a la lógica de la memoria.

Contra el síndrome Kelvinator, conviene recordar que la arquitectura no es un producto de catálogo, sino una forma material de pensar el tiempo. Y la restauración, si quiere ser arquitectura, debe situarse en ese mismo campo de ideas.

Luis Cercos, París, febrero 2026.

martes, 27 de enero de 2026

Día Internacional de Conmemoración en memoria de las víctimas del Holocausto

Lo que no puede borrarse: el 27 de enero es el "Día Internacional de Conmemoración en memoria de las víctimas del Holocausto", una fecha que nos obliga a mirar de frente el mal absoluto producido por el ser humano cuando actúa de forma organizada, planificada, industrializada y maléfica. El Holocausto fue una quiebra moral, un colapso de la idea misma de civilización europea.

La Segunda Guerra Mundial dejó ciudades destruidas, millones de muertos, territorios devastados y un patrimonio inmaterial hecho de ausencias y de traumas, un patrimonio que no se reconstruye solo materialmente y que condiciona toda intervención posterior en el territorio europeo.

De ahí surge una de las preguntas más difíciles que puede plantearse la conservación: qué hacer con los lugares del horror. Campos de exterminio como Auschwitz-Birkenau no pueden desaparecer. Borrarlos sería una segunda muerte. Pero conservarlos plantea una tensión extrema. Las visitas apresuradas, las fotografías y los gestos banales en un lugar donde el dolor fue absoluto producen un choque moral inevitable. ¿Cómo transmitir sin banalizar? ¿Cómo conservar sin convertir en espectáculo?

Estos lugares no son monumentos en el sentido clásico, sino antimonumentos. No celebran nada ni glorifican nada. Existen para recordar hasta dónde puede llegar la deshumanización cuando la técnica, la burocracia y la ideología se alinean contra el ser humano. Su valor no está en la arquitectura, sino en lo que representan y nos recuerdan.

Tras la guerra, Europa entendió que la reconstrucción no podía limitarse a rehacer ciudades. Había también que reconstruir principios. De ese contexto nacen los grandes textos doctrinales de la conservación moderna, culminados en la Carta de Venecia, fruto no solo de una reflexión técnica, sino de una conciencia profunda: la memoria es frágil y manipularla puede ser tan destructivo como la ruina material.

Después de Auschwitz, la restauración europea se vuelve prudente, ética, casi desconfiada de sí misma. Rechaza la reconstrucción falsificadora, desconfía del gesto heroico y defiende la autenticidad incluso cuando duele.
El Holocausto nos obliga a aceptar que no todo patrimonio es bello ni reconciliador. Hay patrimonios que existen para incomodar y advertir. Conservarlos no es un acto cultural neutro: es un acto moral.

Recordar el 27 de enero es asumir que la conservación, la arquitectura y la restauración trabajan con la materia, sí, pero también con la memoria y el sentido. Después del desastre absoluto del siglo XX, ninguna intervención puede ignorar esta evidencia: hay cosas que no pueden borrarse, porque en su permanencia incómoda reside la última forma de justicia.

Luis Cercos, París, 27 de enero de 2026.

miércoles, 4 de septiembre de 2013

Plaza de la Bastilla, París




¿Es un motín?, preguntó el rey el 15 de julio de 1789, al enterarse de que en la víspera había caído"La Bastilla". El gran Chambelán le contestó:“No, majestad. Es una revolución”.

La Plaza de Bastilla (en francés, Place de la Bastille) es una plaza de París, lugar simbólico de la Revolución francesa, situada en el emplazamiento de la antigua fortaleza de la Bastilla que fue destruida entre el 14 de julio de 1789 y el 14 de julio de 1790.

La columna de Julio

Luis Felipe I de Francia decidió en 1833 construir la Columna de Julio, ya prevista en 1792, pero esta vez para conmemorar la Revolución de 1830 que se desarrolló los 27, 28 y 29 de julio de 1830, jornadas conocidas como "las tres gloriosas". Esta revolución le había llevado al trono de Francia, instaurando por primera vez una monarquía constitucional después de la monarquía absolutista de Carlos X de Francia. La Columna fue inaugurada en 1840.
Fuente principal: wikipedia
Luis Cercós
Santiago, Chile

jueves, 15 de agosto de 2013

¿idiotas o ciudadanos?


En la edición de hoy del diario El País se incluye un artículo de opinión del filósofo español Fernando Savater que se inicia con un párrafo delicioso:

En una de sus cartas, Voltaire asegura que los humanos tenemos un número determinado de dientes, cabellos e ideas que con los años vamos perdiendo paulatinamente hasta quedar reducidos al despojado modelo que la vejez presenta al público. Puedo dar fe personal de este desguace, pero no todos sus registros me parecen igualmente deplorables. En concreto el adelgazamiento de la provisión ideológica tiene bastante de beneficioso. La experiencia demuestra que rebosar de ideas no es señal de gran inteligencia, sino de más bien de lo contrario: los sabios las someten al mismo régimen que las juergas y se permiten muy pocas. A quienes no lo somos, nos viene bien que el tiempo desbroce de la excesiva facundia, sobre todo en lo político. A mí (la vejez) me ha dejado reducido al ideal socialdemócrata y poco más. 

Me encanta lo de "a mayor vejez", menos ideales. Estoy de acuerdo. Sobre todo en lo referente "a mayor edad, menos fundamentalismos".

Con respecto a la pérdida del pelo, o de los dientes, eso sí que es verdaderamente terrible.

Pero no se queda en el párrafo primero el magnífico texto, sino que cita un libro con un título demoledor, "idiotas o ciudadanos" (Félix Ovejero, 2013, ed. Montesinos, España), al hilo del cual, Savater termina con otro párrafo intenso:

Defender los derechos de lo común a todos (la lengua, por ejemplo), se ha tornado -en manos de la mediocridad de los políticos- en una agresión a idiosincrasias sacrosantas. 

Y así, el lenguaje de lo políticamente correcto acepta "euskaldunizar", "catalanizar" o "descentralizar", pero no voces como "españolizar" o "recentralizar".

Cosas, desde América del Sur, que a mí me parecen ya lejanas y provincianas, pero que comprendo. Sí, provincianas. ¿Cuándo los políticos españoles se darán cuenta de lo poco que pinta España en el mundo, incluso en el mundo de lengua hispana?

Sí, el lenguaje tiene ideología.

Como todo, por otra parte.

Luis Cercós
Buenos Aires, Argentina

jueves, 20 de junio de 2013

Toma de la Bastilla, 14 de julio de 1789



Luis Cercós
"Patrimonio: ideología y arma política"
Buenos Aires. SCA. 2013.

Biblioteca de Sarajevo


Vedran Smailovic tocando su chelo en la biblioteca de Sarajevo.

Luis Cercós
"Patrimonio: ideología y arma política"
SCA. Buenos Aires

Patrimonio: ideología y arma política






Uno a uno, los 81 palacios de Sadam Hussein en Irak fueron ocupados por los soldados estadounidenses y convertidos en cuarteles. Richard Mosse los fotografió en una serie que llamó Breach (Brecha):

"Si estás tratando de convencer a la población de que les has librado de una terrible dictadura: ¿por qué te sientas en su trono?". 

Luis Cercós
Santiago, Chile
"Patrimonio: Ideología y Arma Política". SCA, Buenos Aires.

domingo, 28 de agosto de 2011

Interiorismo y política. 5 presidentes del gobierno de España y un mismo despacho. Palacio de la Moncloa, Madrid, España (1977-2011)








De arriba a abajo, el despacho del presidente del gobierno de España en el Palacio de la Moncloa de Madrid, durante los mandatos de José Luis Rodríguez Zapatero (2004-2011), José María Aznar (1996-2004), Felipe González Márquez (1982-1996), Leopoldo Calvo Sotelo (1981-1982) y Adolfo Suárez González (1976-1981).


Luis Cercós (LC-Architects)
"Patrimonio: Ideología y arma política".
SCA. Buenos Aires