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sábado, 23 de mayo de 2026

Refugio para un hombre desnudo (LC, noviembre 2007)



En 2007 escribí un pequeño cuento autobiográfico titulado Refugio para un hombre desnudo. Entonces aún no sabía que la crisis económica de 2008 estaba a punto de cambiar mi vida profesional de una manera mucho más profunda de lo que yo podía imaginar.


El relato hablaba de un hombre que no huía exactamente de una derrota, sino de una forma de vida que comenzaba a parecerle demasiado llena de encargos, compromisos, ropa, agendas, viajes, clientes, obligaciones y representaciones. Primero empezó a comer menos. Después redujo su armario a dos unidades de cada prenda. Más tarde tachó de su agenda los teléfonos que pertenecían ya a sendas agotadas. Finalmente tomó el coche y llegó a una parcela en venta donde imaginó un refugio pequeño, esencial, casi desnudo.

Visto desde hoy, aquel cuento me conmueve porque el hombre que lo escribió todavía creía que estaba eligiendo desprenderse de lo accesorio. No sabía que, poco después, la realidad lo despojaría con mucha más violencia. La crisis de 2008 no fue solo una crisis económica; fue también una crisis de biografías profesionales, de instituciones aparentemente sólidas, de carreras que parecían encarriladas y de certezas que se revelaron mucho más frágiles de lo que habíamos querido aceptar.

Aquel hombre pensaba que necesitaba una casa pequeña. En realidad necesitaba una distancia. Pensaba que buscaba un final. Estaba preparando, sin saberlo, una oportunidad.

Las crisis no son buenas en sí mismas. No conviene romantizarlas. Destruyen proyectos, empresas, seguridades y vidas enteras. Pero, a veces, cuando ya han hecho su trabajo de demolición, dejan a la vista una estructura más profunda. En mi caso, la crisis interrumpió una trayectoria que parecía razonablemente exitosa en España, me obligó a desplazarme, a reconstruirme, a trabajar en otros países, a aprender otras lenguas y a entender mi oficio desde una perspectiva menos inmediata y más intelectual. Hoy comprendo que aquel refugio no era solo una casa. Era una intuición. Era el primer dibujo de una vida posterior. Una vida menos apoyada en el éxito aparente y más fundada en el trabajo real, en la escritura, en la restauración, en la docencia, en la reflexión y en la lenta construcción de una teoría propia.

A veces uno cree que está perdiendo su lugar en el mundo, cuando en realidad está empezando a abandonar el lugar que ya no podía contenerlo.

Louis CERCOS, París, mayo de 2026.

miércoles, 1 de abril de 2026

La Bibliothèque de Monsieur.


La bibliothèque que nous appelons aujourd’hui de l’Arsenal est née d’une contradiction magnifique : un homme vend sa bibliothèque pour la sauver, puis continue à la faire croître comme si elle ne lui appartenait jamais autant que depuis qu’elle n’était déjà plus tout à fait à lui.

Il y a dans ce paradoxe quelque chose de profondément émouvant, parce qu’il touche à une vérité que les grandes #bibliothèques connaissent souvent à leur origine : elles naissent d’une passion si forte qu’elle déborde les limites ordinaires de la prudence. Les grandes bibliothèques sont faites d’obsessions et de cette forme de folie calme qui pousse certains hommes à préférer leur bibliothèque à leur propre repos.

Antoine-René de Voyer de Paulmy d’Argenson appartient à cette espèce rare d’hommes que les livres ne distraient pas seulement, n’instruisent pas seulement, mais finissent par gouverner. À l’Arsenal, où il s’installe et déploie peu à peu son univers, il rassemble, année après année, une collection immense, comme si aucun savoir ne pouvait être tenu pour négligeable dès lors qu’il pouvait encore être sauvé de l’oubli ou de l’indifférence. Il ne collectionne pas seulement des livres. Il accumule des traces, des mémoires, des fragments du monde. Une bibliothèque de cette nature devient une destinée.

En 1785, le comte d’Artois, frère de Louis XVI et futur Charles X, achète l’ensemble de la bibliothèque. Il y a, dans cet acte, la conscience qu’une telle collection mérite d’être préservée, et peut-être aussi le sentiment qu’il faut secourir, sans l’humilier, l’homme qui s’est consumé à la constituer. Paulmy vend donc sa bibliothèque, mais il en conserve l’usufruit jusqu’à sa mort. Elle devient alors la Bibliothèque de Monsieur.

Mais c’est précisément ici que commence le plus beau. Car Paulmy, une fois la collection mise à l’abri, continue à enrichir sa bibliothèque avec la même incapacité à considérer l’œuvre comme achevée. Comme si la vente n’avait été qu’un moyen de prolonger la passion. Comme si cette bibliothèque n’avait jamais été autant à lui que depuis qu’elle n’était déjà plus juridiquement la sienne.

C’est pourquoi l’histoire de la Bibliothèque de Monsieur me touche tant. Elle dit ce qu’est, au fond, une bibliothèque : une construction morale, presque une architecture intérieure, élevée contre l’effacement. Elle montre qu’une bibliothèque importante naît souvent d’un déséquilibre fécond : trop d’amour pour les livres, trop de confiance dans la nécessité de transmettre. Et ce “trop”, lorsqu’il rencontre une forme de protection politique, peut devenir un bien commun.

La Bibliothèque de Monsieur porte ainsi un nom très juste : celui par lequel une ferveur individuelle, presque maladive, commence à se transformer en héritage collectif.

Une grande bibliothèque naît-elle toujours ainsi : d’un homme qui aime trop les livres pour consentir à les garder seulement pour lui.

Louis CERCOS, Paris, 1er avril 2026.

martes, 3 de febrero de 2026

Sobre la inmortalidad de los restauradores




«Quien no lee, a los setenta años habrá vivido una sola vida. Quien lee habrá vivido cinco mil años: estaba allí cuando Caín mató a Abel, cuando Renzo se casó con Lucía, cuando Leopardi admiraba el infinito… La lectura es una inmortalidad hacia atrás.». Umberto Eco (1932-2016).

Umberto Eco formuló la idea de la lectura como una “inmortalidad hacia atrás”. Esa intuición, pensada para los libros, puede ampliarse a ciertos oficios en los que el pasado no solo se lee, sino que también se toca. En particular el mío, la restauración y conservación de arquitecturas.

Mi relación con la historia de la arquitectura no se ha construido únicamente a través de tratados, archivos o aulas universitarias, sino a partir de una experiencia física y prolongada con los edificios.

Una cronología personal que comienza en el mundo románico. Allí no hay retórica, solo gravedad, espesor y una luz escasa; una arquitectura emocionante, directa y generalmente austera.

Avanzando en el tiempo, el gótico aparece no como ruptura estilística, sino como perfeccionamiento técnico y organizativo, la arquitectura ya no es solo masa, sino esqueleto; ya no solo soporte, sino sistema.

Más tarde, sumergido en el mundo monástico y humanista, la historia de la construcción se entrelaza con aventuras intelectuales, y uno comprende que conservar un edificio es también conservar las condiciones materiales que hicieron posible una cultura.

En Yuste, mi experiencia y conciencia se intensificó. Trabajar allí me permitió convivir intelectualmente con Carlos V en su retiro final, con Felipe II como heredero político y cultural, con Juanelo Turriano como encarnación del ingenio técnico del Renacimiento, y con los monjes jerónimos que habitaron el lugar. Indirectamente con José de Sigüenza, cronista lúcido, bibliotecario y consejero real.

El paso a Francia amplía el marco temporal y conceptual. En Briançon, frente a las fortificaciones de Vauban, el siglo XVII se manifiesta como sistema, ciencia, estrategia y política al mismo tiempo.

En el castillo de Courpalay, última residencia del general La Fayette, la arquitectura del Antiguo Régimen se enfrenta a la modernidad política del XVIII. Restaurar ahí es trabajar sobre una arquitectura atravesada por la Revolución.

El siglo XIX introduce una transformación radical, dialogar con Camille Polonceau, Eugène Flachat y Gustave Eiffel me supuso entrar en el nacimiento de la ingeniería moderna, donde cálculo, industria y arquitectura se separan y se reencuentran.

El siglo XX me acerca a otra figura decisiva: Jean Prouvé, la ética del constructor moderno, del ingeniero-artesano, del diseñador que entiende la arquitectura como sistema desmontable, reversible y honesto.

Mirada así, la historia de la arquitectura deja de ser una secuencia de estilos para convertirse en una cadena de decisiones humanas. Ahí reside, creo, una forma particular de inmortalidad.

Luis Cercos, París, febrero 2026.

martes, 6 de agosto de 2024

El Amortal


El amortal (un relato breve de Luis Cercós; Mylopotamos, Tesalia, 2023).

La nomortalidad la sientes de la misma manera en que un día tus ojos dejan ya de enfocar bien las manecillas de tu reloj de pulsera; o de bolsillo, si eres tan viejo y decadente como yo. Sí, nací hace ya mucho tiempo, unas décadas antes de que el mundo cambiara de dirección y afortunadamente para siempre, aunque en algunos lugares todavía no hayan llegado noticias de aquello. Apenas me acuerdo del momento en que bebí, probablemente por error, del líquido que cambió mi percepción del tiempo y, en consecuencia, también del espacio. Desde hace mucho que simplemente dejo transcurrir los días entre lecturas que conservo y escrituras que sistemáticamente destruyo, en los sótanos profundísimos de un célebre edificio que por aquel entonces no estaba ni siquiera imaginado. Allí me protegí cuando murió el último de los míos. Me trajo aquí otro de mis desafortunados compañeros de amortalidad, en el momento justo en que debemos apartarnos de la vida activa para no jugar con ventajas; pero sobre todo cuando nos llega el momento crucial en el que comprendemos que nunca más volveremos a ser felices. También para que no se sepa de nosotros y se nos torture inútilmente, como sistemáticamente pasó con otros de nuestra extraña especie. Salgo pocas veces de allí, casi siempre de noche, y cuando lo hago siento el peso del tiempo en mis rodillas, sobre todo en la izquierda, que ya no me sostiene bien. Esta ciudad, la última en la que verdaderamente viví y en la que hoy simplemente sobrevivo, apenas la reconozco, pues mi vista es mala y ya no soy capaz de ubicar sus íconos, algunos de los cuales ya ni siquiera están. Es cierto que a veces añoro el sol, pero tampoco recuerdo bien si aquellas últimas casas junto a las que me bañé, en el sol y con el sol, estaban en esta o en la otra orilla del Atlántico. Y más aún, soy incapaz de recordar si era océano o si era mar, si esas casas estaban lejos de aquí o no. Supongo que sí, supongo que estaban muy lejos de aquí. Pero en realidad no importa. El tiempo borra los detalles y ya solo se recuerdan sensaciones: el dolor de la piel quemada, gajes de aquellos veranos de la infancia; el sabor del aceite de oliva y del ajo; los higos, las uvas y los primeros vinos; el color rojo de las sandías; el olor del romero y de la albahaca. Recuerdo muchas veces la mirada de mi esposa y la sonrisa de mis hijos. Por todo ello es extremadamente triste la vida de los nomortales, cuando llega el día en que se empiezan a difuminar los exactos rostros de los que fueron los tuyos. Por supuesto, ya no me acuerdo del lugar exacto en el que estaba mi Ítaca, pero sé que no fue una sino varias, lugares donde fuimos lo que en esos momentos queríamos ser. Eso sí lo recuerdo.

 

viernes, 3 de diciembre de 2021

Joan Manuel Serrat


Sin lugar a dudas, Joan Manuel Serrat es el cantautor, el poeta, el juglar, el músico más importante de mi vida. Muy probablemente, lo es también para muchos otros hispanohablantes. Se retirará en Barcelona en la víspera de NocheBuena del año 2022. Empezó a cantar y a contar cosas en 1965, el año en el que yo nací y de él era el primer disco que yo pude comprarme con mi propio dinero, allá por 1981. Todavía lo conservo, en una caja de madera, un recopilatorio de sus primeros años de carrera, que hoy está en mi casa en Francia. Sonó Serrat en la víspera del nacimiento de Giuliana, la menor de mis hijas, en un concierto memorable en la sala Gran Rex de Buenos Aires, junto a Mariela, junto a mi suegra -que marchó hace un par de años- y junto a nuestra querida tía Chiquita. En aquella ocasión, el maestro recitó un poema de Cavafis, ítaca, muy importante en mi vida también. Sonó Serrat también en la mañana del día siguiente al que conocí a Mariela, en la habitación de su hotel madrileño, mientras ella desayunaba, y aquella canción, Hoy puede ser un gran día, la animó a llamarme y a verme de nuevo. Y aquí seguimos, ella y yo, haciendo camino al andar. 

La carrera de Serrat no puede resumirse en un puñado de canciones, pero Mediterráneo es el lugar de dónde vengo y el lugar que me define; Paraules d'amor, la lengua de mi padre, a quien quizá nunca llegué a conocer completamente; La Saeta, recuerdos de la España de mi infancia, entre curas y supersticiones, de lo que hoy estoy alejado en la medida de lo posible, pero que también me forjó; La mujer que yo quiero, cuyo nombre me sabe a yerba, es el estado en el que ahora vivo y en el estado en el que quiero morir; Para la libertad, los sueños de esa España de los 70, que viví siendo aún un niño, y que comprendí durante mi juventud; Fiesta, el recuerdo de mis veranos en Alginet, el pueblo de Valencia en el que están mis raíces paternas; Las nanas de la Cebolla, que siempre me llevan a un minúsculo pueblo de Guadalajara, en la Castilla pobre, de donde salieron a servir, siendo todavía muy jovénes, mi abuela y sus cuatro hermanas, porque apenas había para comer; el Sur también existe, el disco que me entronca con Uruguay y con Benedetti, la tierra de mis suegros, al otro lado del Mar; Juan y José, la canción que siempre me evoca a mi querido amigo Jesús, compañero de estudios y de profesión; Cada loco con su tema, así soy casi siempre, ecléptico y desordenado, un poco caótico; De vez en cuando la vida, ... lo sé por experiencia propia; Tío Alberto, metáfora del país en el que hoy vivo y trabajo; ... y tantas y tantas otras cosas, otras canciones, tantos recuerdos. 

Bonne continuation mon cher Joan Manuel. 

miércoles, 5 de febrero de 2020

George Steiner, 1929-2020


“Quienes se sumergen a grandes profundidades cuentan que, llegados a cierto punto, el cerebro humano se ve poseído por la ilusión de que es de nuevo posible la respiración natural. Cuando esto ocurre, el buzo se quita la escafandra y se ahoga”. 

Fragmento de "Presencias reales", George Steiner, 1991. 

viernes, 29 de enero de 2016

Luis Buñuel (1900-1983)


Antes de morir, Luis Buñuel manifestó cuál era su ideal de futuro: levantarse de la tumba cada 10 años, comprar el periódico, enterarse de los últimos chismes, tomarse un martini y volver a la tumba hasta la última salida. Buñuel murió en 1983, ...

Extracto de la columna de Manuel Vicent, EL PAÍS, 24 de enero de 2016.

lunes, 21 de diciembre de 2015

El último


El veterano de guerra Konstantin Pronin de Bielorrusia el 9 de mayo de 2011, con 86 años, sentado en un banco esperando a sus camaradas en el parque Gorky de Moscú. Aquel día ninguno de sus camaradas llegó. 

viernes, 21 de agosto de 2015

Palabras


Palabras bonitas: lo más auténtico y profundo de mí es la lengua que hablo, el español, la que aprendí de mis padres, la lengua en la que sufrí, amé, pedí, besé, ... la lengua de mis ancestros: los viejos de los viejos de los viejos de los viejos de mis viejos. Ahora es mi forma de vida. Un ejercicio que pido a mis alumnos consiste en "cazar" palabras. También les pido que se dejen conquistar posteriormente por ellas: epopeya, vulva, libélula, susurro, metáfora, melancolía, ámbar, utopía, intuición, barlovento, barbuquejo, catamarán, acariciar, quilombo, zafar, labrador, suspiro, esperanza, chocolate, amanecer, aurora, cariño, armonía, burbuja, concordia, vorágine, anacardo, mozárabe, almanaque, reversible, sonámbulo, armiño, nomeolvides (flor que es de la raspilla), raspilla también, vos, amamantar, efímero, telaraña, titiritero (alehop, de pueblo en pueblo), Mediterráneo, Guadalquivir, sobrevivir, crepúsculo, ... ¡azúcar!, brisa, camarón. Son mías, son gratis, son hermosas, son para mis hijas, para mi mujer, también para mis amigos. Son de mis alumnos. Son de todos. Os las regalo. Y os pido, a quienes habéis llegado hasta aquí, también vuestras palabras. Por favor.

miércoles, 6 de mayo de 2015

Buenos Aires, Argentina


Soy esposo y padre de porteñas. Buenos Aires es una linda ciudad. Pero más allá de los lugares, yo creo que están las sensaciones: el bullicio, el eclecticismo, la pasión, la manera de andar y de hablar de sus gentes, el sabor de sus desayunos, la cerveza con los amigos, el asado de los domingos, la tonada, los besos entre los hombres -algo así como formar parte de la "familia" (y quien haya visto El Padrino sabe a lo que me refiero), los diminutivos, los apelativos cariñosos, el lunfardo, el caos organizado y el orden arbitrario, el pasado común de todos los porteños -sus abuelos, sus bisabuelos, llegaran de donde llegaran y fueran de donde fueran-, el río de la Plata, los extremos que se atraen, la bipolaridad, ... las conversaciones de los tacheros, los vendedores ambulantes, la viveza criolla, el dulce de leche -hasta el exceso, pero no importa-, ... Una experiencia. Buenos Aires es sobre todo una forma de ser y de sentir. Difícil de amar, imposible de no amar, un lugar para añorar. Una ciudad generosa y abierta. Ciudad sin ley, pero llena de códigos. Hay que ir. Al menos una vez en la vida.

domingo, 28 de septiembre de 2014

Valeria Luiselli (Ciudad de México, 1983)


Aunque compro EPS todos los fines de semana (EPS - El País Semanal, suplemento dominical del diario El País) no había reparado en ella -tiene una columna semanal- hasta el pasado lunes, cuando me lleve la revista a mi viaje casi diario para buscar a mi hijo a la salida del colegio. El trayecto dura más de una hora -entre la ida y la vuelta-. En letras negras sobre fondo blanco un párrafo mágico:

Hoy -nuestro último día de vacaciones- paseábamos junto al río Hudson con unos amigos, cuando en el cielo apareció uno de esos letreros de humo que va soltando un avión. Mi hija fue la primera en detectar las letras de la publicidad aérea. 

En las un par de frases anteriores, la escritora mexicana nos había explicado que su hija todavía no sabe leer.

(La niña) alzó la vista, se le iluminó la cara y nos dijo: "miren una nube con forma de cuento". 

lunes, 25 de agosto de 2014

A propósito de un panel prefabricado de hormigón




Estas memorias o recuerdos son intermitentes y a ratos olvidadizos porque así precisamente es la vida. 

Ahora que me presento ante ustedes, muchos de mis recuerdos se han desdibujado al evocarlos, han devenido en polvo como un cristal irremediablemente herido.

Soy un viejo y envejecido panel prefabricado de hormigón armado cuya única vocación fue siempre la de servir de apoyo para los antebrazos de cualquiera que un día decidiese asomarse a mi  ventana. Tal vez no viví en mí mismo; tal vez viví la vida de los otros.

Mis memorias no son las memorias de un panel de fachada. Aquél vivió tal vez menos, pero fotografió mucho más. Mi piel muestra una galería de fantasmas sacudidos por el fuego y la sombra de su época.

Vine al mundo en una fecha indeterminada de 1972 y fui uno de tantos. Nada aparentemente me diferencia de los míos y solo la casualidad me separó desde un primer momento del resto de mis hermanos. El presidente apadrinó mi nacimiento, en su visita de inauguración a la fábrica de Quilpué. Con su pulso y con su letra, tatuó su nombre sobre mi piel aún fresca, cuando todavía no había terminado de fraguar el cemento que constituye mi esencia más pesada y terrenal. Nadie podía prever en aquel momento lo que sucedería después y el trágico final que esperaba a aquel hombre. 

Soy esbelto, pero peso mucho y me cuesta moverme. Por eso estamos condenados los míos a permanecer inmóviles y plantados en el mismo lugar durante toda nuestra vida. Yo mismo fui colocado desde un principio a la entrada de la factoría y desde allí estuve siempre sometido al capricho permanente de la intemperie. Desde ese lugar vi marchar hasta su destino final a cientos, quizá miles, de mis compañeros.
Comenzaré por decir, sobre los días y años de mi infancia, que mi único personaje inolvidable fue la lluvia. Esta lluvia fría del sur de América no tiene las rachas impulsivas de la lluvia caliente que cae como un látigo y pasa dejando el cielo azul. Por el contrario, la lluvia austral tiene paciencia y continúa, sin término, cayendo desde el cielo gris.

Me dicen los médicos que me han tratado que esa lluvia es la causa principal de mi estado. Una lluvia que atravesó mi piel y me caló hasta las huesos, que en mi caso son de acero y se han corroído. Una lluvia que ha dilatado mis venas y ya no caben dentro de mí, fisurando primero y fracturando después, la carne pesada y gris que las recubre.

Soy oriundo de otras tierras. Mis padres y mis abuelos fueron soviéticos. Nada extraño por otra parte, en una América Latina que no puede ser entendida sin la emigración. Ellos, mis ascendientes, no llegaron aquí por casualidad, pues Chile no está de paso hacia ninguna parte. Una línea estrechísima al otro lado de los Andes, en una de las dos esquinas del mundo. Fueron las circunstancias políticas y sociales de aquel momento, las que a todos nosotros nos trajeron aquí.

Los comunistas hacen una buena familia. Pasó el jazz, llegó el soul, naufragamos en los postulados de la pintura abstracta, nos estremeció y nos mató la guerra … En este lado todo quedaba igual … O no quedaba igual? … Después de tantos discursos sobre el espíritu y de tantos palos en la cabeza, algo andaba mal … Muy mal … Los cálculos habían fallado … Los pueblos se organizaban … Seguían las guerrillas y las huelgas … Cuba y Chile se independizaban … Muchos hombres y mujeres cantaban la Internacional … Qué raro … Qué desconsolador … Ahora la cantan en chino, en búlgaro, en español de América … Hay que tomar urgentes medidas … Hay que proscribirlo … Hay que hablar más del espíritu … Exaltar más el mundo libre … Hay que dar más palos … Hay que dar más dólares … Esto no puede continuar …

Y no continuó. Todo cambió el 11 de septiembre de 1973. Unos se fueron y otros llegaron. Niño como yo era todavía preguntaron por mi laico pasado y me acristianaron, maquillándome para la ocasión hasta ocultar la grafía de mi tatuaje. La ventana se transformó en hornacina y la luz en mariana advocación. Y la gente comenzó a persignarse cuando pasaba junto a mí. Algunos incluso se acercaban a tocar la imagen que durante mucho tiempo habitó en el espacio vacío de mi interior.

La microscopía médica ha corroborado que entre mi cuerpo y mi ropaje alguien colocó una suerte de lencería, un óleo quizá, con idea de que mi nuevo vestido, rudo y agreste como era, no borrase irreversiblemente el rasguño de quien fue mi padrino. ¡Qué intuición la de aquel albañil que también ha envejecido en una vida paralela a la mía!

La fábrica terminó desmantelada, la democracia volvió y yo, literalmente, caí en el olvido. Pasé años abandonado y tumbado. La humedad acumulada en mi espalda se extendió por todo mi cuerpo. Un día alguien me pisó y mi carne trémula empezó a desmoronarse. De ahí proceden la mayoría de mis cicatrices. Hilos de óxido rojizo comenzaron a manchar irreversiblemente mi piel.

Las sales y el spray marino propio de un país en el que la costa está para bien y para mal cerca de todos sus rincones; el sol ardiente; la lluvia; el orín y los excrementos de animales que vuelan o reposaron junto o sobre mí; el viento y las polinizaciones; los sulfatos; mis años de pobreza en los que apenas tuve preocupación por mi salud y mi mantenimiento; ataques ácidos o bacteriológicos; pinturas inadecuadas que modificaron mi capacidad de respuesta a cambios térmicos o de humedad; todo eso terminó por envejecerme y casi puso punto final a mis peripecias.

De nuevo el destino se interpuso en mi vida. Como ocurre con todos y cada uno de nosotros, por otra parte. Un grupo sindicalista me reconoció cuando ya no me reconocía ni la madre que me parió. La prensa habló de mí y de mi vida y la Universidad fijó los ojos en mí.

Y aquí me tienen, embajador de mi país en tierras lejanas. 

Cuando llegué me di cuenta de que tenía que pagar un pesado tributo a mi vanidad. Había aceptado este puesto sin pensarlo mucho, dejándome ir una vez más por el vaivén de la vida. Eso de ser embajador era algo nuevo e incómodo para mí. Pero entrañaba un desafío

La ruina y los despojos que el paso del tiempo dejan sobre la obra del hombre y en especial sobre la arquitectura, provocan en la mayoría de los humanos una atracción magnética. Restos degradados pero sanos. Restos degradados y envejecidos, sugerentes, dignificados, hermosos. A pesar de haber nacido en un pasado no muy lejano y de seguir siendo un objeto arquitectónico vivo aún podría yo servir para aquello que fui engendrado: limite parcial del hogar que compartiera con mi familia.

No verán eso mis ojos ni los de ustedes, pues las circunstancias me han investido de un valor adicional -intangible, atmosférico, subjetivo-. ¡Qué le vamos a hacer! Este es mi destino. 

Desde hace años colecciono conocimientos que no me sirven de mucho porque navego sobre la tierra. Pronto regresaré a Chile, a mi país oceánico, y mi barco se acerca a las costas de África. Ahora vengo de otra parte. He dejado atrás el último santuario azul del Mediterráneo.

No sé exactamente dónde viviré los últimos años de mi vida, pero seguramente será en mi Quilpué querido. 

Miro largamente las aguas. Sobre ellas navego hacia otras aguas: las olas atormentadas de mi patria.

Siempre me consideré hijo del ingenio y de la evolución. Me siento parte de una arquitectura anónima que abarca muchos de los ingenios ideados por el hombre para satisfacer sus necesidades más primitivas: cobijo, vestido, lugar para reunirse, para alimentarse, para comunicarse, para reproducirse, lugar para rezar. O tal vez, ninguna de ellas. O quizá, solamente soy una herramienta hasta alcanzarlas.

Vida y muerte de la arquitectura: arquitectura y ruinas de arquitectura. Como la propia vida, un intermedio entre lo que fuimos antes de nacer y lo que seremos tras dejar este mundo. 

Luis Cercós
Santiago, Chile

P.D. las frases en cursiva que sirven de hilo conductor de este texto proceden de las memorias de Pablo Neruda, premio Nobel de Literatura 1971. Amigo personal y colaborador político de Salvador Allende, ambos murieron en el breve lapso de 12 días, entre el 11 y el 23 de septiembre de 1973. Comienza así el penúltimo párrafo de las memorias del poeta:escribo estas rápidas líneas para mis memorias a sólo tres días de los hechos incalificables que llevaron a la muerte a mi gran compañero el presidente Allende”.