Nací en Madrid en 1965, también en mayo, en una España todavía sometida a la dictadura franquista y en la que muchas de las palabras que posteriormente ordenarían mi vida ciudadana (democracia, Constitución, autonomía, libertad, derechos sociales o integración europea) aún no formaban parte de la experiencia cotidiana de los españoles. EL PAÍS nació diez años después, en 1976, cuando la muerte de Franco había abierto un proceso lleno de incertidumbres y la democracia española todavía no había adquirido la seguridad de llegar a consolidarse.
El periódico apareció cuando yo tenía diez años y comenzaba a entrar en esa edad en la que las noticias dejan de ser conversaciones incomprensibles de los adultos para convertirse en la materia con la que uno empieza a construir una explicación propia del mundo. Puedo decir que ha sido mi periódico desde que tengo uso de razón, no porque recuerde con exactitud el día en que leí por primera vez una de sus páginas, sino porque su presencia acompaña la formación de mi conciencia adulta y se confunde con el aprendizaje de la democracia en España.
Mientras yo aprendía a interpretar la realidad política, mi país aprendía a expresarse mediante elecciones libres, partidos políticos, sindicatos, parlamentos, comunidades autónomas y una Constitución que quiso establecer un Estado de derecho. Para quienes pertenecemos a mi generación, EL PAÍS no fue únicamente un medio que informaba sobre aquella transformación, sino también una herramienta para convivir con el desacuerdo.
Cuando el 23 de febrero de 1981 un grupo de guardias civiles ocupó el Congreso de los Diputados, yo tenía quince años. La edición extraordinaria que EL PAÍS publicó aquella noche en defensa inequívoca de la Constitución pertenece también a la memoria política de quienes comprendimos entonces que la democracia española no era todavía una realidad irreversible.
A lo largo de estos cincuenta años, EL PAÍS ha sido para mí una fuente cotidiana de información, pero también un contertulio, una escuela cultural y una forma de educación ciudadana. Durante los próximos días intentaré recorrer esta historia compartida, desde la España de la Transición hasta mis años profesionales en Sudamérica y mi vida actual en Francia, para explicar cómo EL PAÍS me ha ayudado a comprender mi país y un mundo que, mientras el periódico cambiaba, también se hacía progresivamente más extenso, complejo e incierto.
#ElPaís50
Louis CERCOS, París, agosto de 2026.

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