Las teorías de la restauración también son patrimonio histórico. Las grandes maestros de la disciplina no son simplemente autores entre los que debamos escoger quién tenía razón, cada uno constituye un estrato de una construcción intelectual colectiva mediante la cual distintas generaciones intentaron responder a la misma pregunta : qué debemos hacer con aquello que recibimos del pasado.
Durante estas últimas semanas estoy intentando reconstruir algunas genealogías. En Francia, pueden seguirse varias líneas de transmisión que confluyen en Viollet-le-Duc. Por un lado, la gran tradición francesa del proyecto, del conocimiento de la construcción y del edificio como sistema; por otro, la cultura que se desarrolla alrededor de la enseñanza arquitectónica de los Blondel y de las generaciones posteriores. Viollet-le-Duc no aparece como una figura aislada que inventa súbitamente una doctrina, sino como el punto de encuentro de saberes anteriores que él recibe, transforma y aplica al conocimiento de la arquitectura medieval.
Viollet-le-Duc transmite a Anatole de Baudot una manera de trabajar sobre el monumento; Baudot transforma aquella experiencia de atelier y de chantier en enseñanza especializada en el Trocadéro; esa enseñanza se relaciona pocos años después con el concurso de los Architectes en chef des Monuments historiques y termina prolongándose, ya profundamente transformada, en la École de Chaillot y en la actual cultura profesional francesa de la conservación. Los ACMH contemporáneos no restauran como Viollet-le-Duc, pero siguen perteneciendo a una misma tradición.
En Italia, el recorrido que estoy reconstruyendo resulta todavía más sorprendente. Desde el muratore Tommaso Scalfarotto y su hijo Giovanni, pasando por Temanza, Selva, Jappelli, Selvatico, Boito, Giovannoni y Bonelli hasta llegar a Giovanni Carbonara, pueden seguirse durante más de tres siglos la transmisión y transformación de determinadas maneras de relacionarse con la arquitectura existente: primero la materia y el oficio; después la medida y el levantamiento; más tarde la investigación histórica y filológica; con Boito, el reconocimiento del tiempo y de los estratos; con Giovannoni, la ampliación del monumento hacia su ambiente y la ciudad; con Bonelli, el juicio crítico, y con Carbonara, una nueva aproximación entre crítica, autenticidad material y conservación. Lo interesante es que cada generación conserva algo de la anterior y se permite discutirla.
Por eso considero que las teorías de la restauración son también patrimonio histórico. No porque debamos conservarlas como dogmas ni volver a restaurar hoy como se hacía en 1850, 1930 o 1970, sino porque eliminar de nuestra cultura profesional aquello que ya no compartimos sería cometer con la historia de la disciplina un error muy parecido al que denunciamos cuando alguien elimina de un monumento un estrato porque ha dejado de gustarle.
Louis CERCOS, Condé-sur-Risle, agosto 2026.



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