Pensemos en un jardín histórico. El ejemplo me interesa porque lleva inmediatamente al límite cualquier concepción estrictamente material de la autenticidad. Los árboles mueren y son sustituidos, las plantas se renuevan, el agua que atraviesa una acequia nunca es la misma y hasta la forma de cultivar, podar o regar se transforma con el tiempo. Si aplicáramos al jardín el mismo criterio de permanencia material que podemos aplicar a una piedra, llegaríamos al absurdo de considerar que un jardín pierde progresivamente su autenticidad a medida que sus organismos vivos cumplen precisamente aquello que pertenece a su naturaleza: nacer, crecer, envejecer y morir.
El Generalife de la Alhambra constituye para mí un ejemplo particularmente hermoso de este problema que mi maestro Antoni Gonzalez ha explicado ya de manera maravillosa. Cuando caminamos junto a sus acequias no estamos viendo las mismas plantas que contemplaron sus constructores, ni escuchando la misma agua, ni percibiendo exactamente los mismos aromas. Y, sin embargo, su autenticidad no depende exclusivamente de la permanencia de cada uno de sus componentes materiales, sino de la persistencia de un sistema de relaciones entre arquitectura, agua, vegetación, topografía, recorrido, sombra, sonido y percepción. Parte de su materia ha desaparecido innumerables veces y, sin embargo, algo esencial sigue atravesando los siglos.
Esto no invalida la importancia que Carbonara concede a la materia; al contrario, creo que obliga a hacer más compleja nuestra manera de entenderla. La pérdida de la materia es, con frecuencia, irreversible. Pero no toda materia patrimonial se relaciona con el tiempo de la misma manera. La autenticidad puede residir también en la permanencia de otros valores. Esta idea permite comprender algo que, hablando de monumentos, cambiar no es necesariamente dejar de ser. Muchos de los edificios que admiramos precisamente por su profundidad histórica son el resultado de transformaciones sucesivas.
Naturalmente, esta afirmación abre inmediatamente un problema mucho más difícil, las intervenciones ilegítimas. La continuidad no puede convertirse en una coartada para justificar cualquier intervención contemporánea. Hay cambios que enriquecen la biografía de un monumento y otros que la interrumpen; transformaciones que añaden un nuevo estrato legible y otras que eliminan los anteriores; intervenciones que permiten que un edificio continúe viviendo y otras que, aun conservando fragmentos de su materia, alteran de tal manera las relaciones que construían su identidad que terminan produciendo otra cosa.
Louis CERCOS, París, agosto 2026.

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