Recuerdo cuándo empecé a plantearme esta cuestión. Fue alrededor de 1999, coincidiendo con los años en los que trabajábamos en el Monasterio de Yuste. La intuición no apareció durante una visita de obra, sino alrededor de una mesa familiar en Navidad. Allí estábamos reunidas varias generaciones, nacidas en momentos distintos del siglo XX. Pero ninguno de nosotros pertenecía al pasado: éramos todos rigurosamente contemporáneos. Hablábamos de las noticias de aquel día, del tiempo y de nuestros planes inmediatos. La diferencia de edad no anulaba nuestra contemporaneidad.
Trasladada a los edificios, aquella evidencia modificó mi manera de entender la restauración. Un edificio construido en el siglo XVI que continúa existiendo en 2026 no está en el siglo XVI. Está en 2026. Conserva materia producida entonces y acumula transformaciones, reparaciones, pérdidas, sustituciones y añadidos realizados durante siglos, pero todo ese espesor temporal existe hoy ante nosotros. El pasado ya no existe; existen sus huellas presentes.
Por aquellos mismos años estudiaba con especial interés la obra de Carlo Scarpa, y creo que ambas reflexiones terminaron encontrándose. Scarpa mostraba que era posible intervenir sobre la arquitectura histórica sin imitarla ni convertir la diferencia entre tiempos en un conflicto. En Castelvecchio o en la Fondazione Querini Stampalia, lo nuevo no necesitaba disfrazarse de antiguo para convivir con lo antiguo, porque ambos pertenecían ya al mismo presente. Desde entonces he pensado que uno de los problemas de la restauración consiste en imaginar el tiempo dividido en compartimentos estancos: pasado, presente y futuro. Pero el patrimonio no viaja de esa manera. Cada generación lo recibe en su presente, lo interpreta, lo utiliza, lo conserva, inevitablemente lo transforma y, si tiene éxito, lo transmite.
Aceptar que el patrimonio pertenece al presente no significa otorgarnos libertad para transformarlo arbitrariamente; al contrario, aumenta nuestra responsabilidad. Aquello que tenemos delante contiene tiempos que no son los nuestros y cuya alteridad debemos respetar. No existe una restauración neutral: decidir no intervenir, elegir una técnica tradicional o conservar una modificación posterior en lugar de recuperar un estado anterior son decisiones contemporáneas. El propio concepto de patrimonio desde el que actuamos pertenece a nuestra cultura y a nuestro momento.
Louis CERCOS, París, agosto 2026.

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