jueves, 6 de agosto de 2026

El osario de Wamba





El osario de Wamba me permite dar un paso más respecto de mis recientes publicaciones anteriores. Ya no se trata solo de reflexionar sobre la muerte desde la práctica de la restauración, sino de situarse ante una arquitectura en la que la muerte ha adquirido presencia material y en la que, al mismo tiempo, la tradición hospitalaria de la Orden de San Juan introduce, ya en el medievo, la igualdad esencial de los seres humanos y el deber de cuidar una vida precisamente porque es limitada.

Después de haber escrito sobre la lectura como una «inmortalidad hacia atrás» y sobre la restauración como un oficio situado entre el memento mori y el carpe diem, pienso en un lugar castellano en el que estas dos ideas dejan de ser abstracciones. Me refiero al osario de Wamba, adosado a la iglesia de Santa María, en los Montes Torozos vallisoletanos.

Quien entra en aquel recinto contempla huesos humanos verdaderos, ordenados en grandes acumulaciones que revisten los muros y convierten una pequeña dependencia monástica en el depósito material de innumerables existencias concluidas. Los cráneos y los huesos largos han perdido casi toda posibilidad de identificación individual, pero conservan la certeza de que cada uno perteneció a una persona que tuvo un nombre, un rostro y una vida que, mientras duró, debió parecerle tan inmediata y absoluta como nos parece hoy la nuestra. Sobre ellos permanece una inscripción cuyo sentido difícilmente podría ser más directo:

«Como te ves, yo me vi.
Como me ves, te verás.
Todo acaba en esto aquí.
Piénsalo y no pecarás».

Quien nos habla desde el osario no es una figura remota ni un ser perteneciente a una humanidad distinta de la nuestra: fui como tú eres y tú serás como ahora me ves. Entre vivos y muertos no existe una diferencia de naturaleza, sino únicamente una distancia temporal. Ahí encuentro una prolongación de las reflexiones que he venido compartiendo durante estos días. El restaurador se siente a veces contemporáneo de los muertos porque trabaja sobre lo que ellos imaginaron, construyeron, utilizaron y transmitieron. En Wamba, sin embargo, esa contemporaneidad deja de establecerse únicamente a través de la arquitectura. No dialogamos solo con los muros levantados por quienes nos precedieron, sino también con sus propios restos. La historia ya no aparece representada mediante estilos, documentos o estratos constructivos, sino reunida en la materia más frágil y más universal que poseemos: el cuerpo humano después de la vida.

Pero Wamba me importa también porque la iglesia y el antiguo monasterio estuvieron vinculados durante siglos a la Orden de San Juan de Jerusalén, a la que el conjunto fue entregado en 1140. Esa relación adquiere para mí una significación personal por mi pertenencia a la tradición melitense, por mi condición de académico de la Melitense Hispana y por una distinción que recibí con gratitud, la Orden pro Mérito Melitensi.

Mañana sigo.

Louis CERCOS, Condé-sur-Risle, agosto 2026.

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