Con los años he comprendido que aquella expresión explicaba bastante bien la clase de arquitectura que siempre me ha interesado. Nunca me he sentido un artista. Prefiero poner mi conocimiento al servicio de una idea que me convenza, comprenderla y desarrollarla. Me interesa mucho más defender criterios conceptuales, intelectuales, patrimoniales o funcionales que imponer criterios exclusivamente formales.
Hay momentos del film que me incomodan particularmente, cuando el personaje del arquitecto se refiere al proyecto como «la obra de su vida». Comprendo perfectamente la dimensión dramática de la frase y la identificación absoluta que puede llegar a producirse entre un creador y aquello en lo que ha depositado años de inteligencia, trabajo y esperanza; pero no estoy seguro de compartir esa manera de entender mi profesión. Cuando construimos algo destinado a durar mucho más que nosotros, quizá debería importarnos menos el lugar que esa obra ocupará en nuestra biografía y mucho más el lugar que podrá ocupar en la biografía de una comunidad que continuará existiendo cuando nuestros nombres hayan dejado de ser relevantes.
Y ahí aparece, para mí, una de las enseñanzas involuntarias más hermosas de la propia historia de la Grande Arche. Spreckelsen no llegó a verla terminada, murió en 1987, antes de terminada la obra. Pero había dimitido antes. La arquitectura, no exactamente como él la imaginó, sobrevivió a su arquitecto. La obra tuvo que aceptar negociaciones, decisiones técnicas, transformaciones y continuidades que su autor no habría nunca imaginado y, sin embargo, la idea esencial permaneció reconocible.
Escribo estas publicaciones porque me interesa transmitir una determinada manera de comprender mi profesión y porque, después de muchos años de ejercicio, quiero dejar por escrito algunas de las preguntas, criterios y caminos que he intentado explorar en mis encargos. Tal vez esa sea también una forma distinta de entender la autoría.
Louis CERCOS, Condé-sur-Risle, agosto 2026.













