viernes, 5 de junio de 2026
Patrimonio: prohibido no tocar
Un colega y amigo, carlos valderrama ferrando, ha escrito hoy bajo mi publicación de ayer la palabra "maestro", que no es un sustantivo que uno pueda administrar sin rubor sobre sí mismo. Puede ocurrir que aparezca, como es el caso, en el comentario generoso de un colega, de un colaborador o de alguien más joven que dice haber aprendido trabajando a nuestro lado.
No soy célebre. Nadie hablará de mí cuando me retire, salvo quizá alguna persona concreta, en alguna conversación concreta, recordando una obra, una frase, una discusión de chantier, una clase, una advertencia dicha a tiempo o un error que le ayudé a cometer o a no cometer. Tal vez, si la fortuna acompaña, alguna de las frases que he escrito termine siendo citada algún día por alguien.
He ejercido durante más de tres décadas una profesión que, según el país en el que se nombre, me ha considerado arquitecto, ingeniero, restaurador, conservador o especialista. Esa vieja discusión entre arquitectos e ingenieros, tan apasionada como estéril, sólo se entiende bien cuando uno trabaja internacionalmente y descubre que las palabras no significan exactamente lo mismo a cada lado de las fronteras. Cualquiera que haya intentado habilitarse lejos de Ítaca sabe que el ejercicio profesional es una negociación entre derecho, lengua, instituciones, biografía y circunstancias. Por eso recurro con frecuencia a la frase de Ortega: "yo soy yo y mi circunstancia, y si no la salvo a ella no me salvo yo".
En nuestra profesión hay que aceptar que el título o el diploma crean carácter cuando una sociedad lo reconoce, pero que ese reconocimiento no elimina la responsabilidad de conocer tus límites. Hace unos días encontré un viejo cartel de una mesa redonda en Buenos Aires. La Sociedad Central de Arquitectos presentaba un número de su revista dedicado al patrimonio bajo un título magnífico: “Patrimonio: prohibido no tocar”. Al verme allí, nombrado sencillamente como especialista en restauración, entendí que mi vida profesional ha consistido en aprender cuándo, cómo, cuánto y por qué tocar.
Solo se transmite acariciando la inteligencia de los otros. Se enseña sin invadir, sin imponer, sin humillar, sin convertir la experiencia en dogma, desde una lógica casi gremial: trabajar junto a otros, compartir lo que se sabe, reconocer lo que no se sabe, discutir entre iguales, acompañar a los más jóvenes y dejarse corregir por quienes llegan con preguntas nuevas.
Hace unos meses sentí que podía volver a escribir. No porque ahora sepa más, sino porque quizá he comprendido mejor el valor de no saber del todo. Después de cientos de obras, de países distintos, de administraciones distintas, de títulos discutidos, reconocidos, traducidos o matizados, después de haber sido a veces arquitecto, a veces ingeniero y casi siempre restaurador de arquitectura, empiezo a disponer de algo que no es una doctrina, sino una experiencia suficientemente sedimentada como para poder ser compartida.
Louis CERCOS, París, junio 2026.
No soy célebre. Nadie hablará de mí cuando me retire, salvo quizá alguna persona concreta, en alguna conversación concreta, recordando una obra, una frase, una discusión de chantier, una clase, una advertencia dicha a tiempo o un error que le ayudé a cometer o a no cometer. Tal vez, si la fortuna acompaña, alguna de las frases que he escrito termine siendo citada algún día por alguien.
He ejercido durante más de tres décadas una profesión que, según el país en el que se nombre, me ha considerado arquitecto, ingeniero, restaurador, conservador o especialista. Esa vieja discusión entre arquitectos e ingenieros, tan apasionada como estéril, sólo se entiende bien cuando uno trabaja internacionalmente y descubre que las palabras no significan exactamente lo mismo a cada lado de las fronteras. Cualquiera que haya intentado habilitarse lejos de Ítaca sabe que el ejercicio profesional es una negociación entre derecho, lengua, instituciones, biografía y circunstancias. Por eso recurro con frecuencia a la frase de Ortega: "yo soy yo y mi circunstancia, y si no la salvo a ella no me salvo yo".
En nuestra profesión hay que aceptar que el título o el diploma crean carácter cuando una sociedad lo reconoce, pero que ese reconocimiento no elimina la responsabilidad de conocer tus límites. Hace unos días encontré un viejo cartel de una mesa redonda en Buenos Aires. La Sociedad Central de Arquitectos presentaba un número de su revista dedicado al patrimonio bajo un título magnífico: “Patrimonio: prohibido no tocar”. Al verme allí, nombrado sencillamente como especialista en restauración, entendí que mi vida profesional ha consistido en aprender cuándo, cómo, cuánto y por qué tocar.
Solo se transmite acariciando la inteligencia de los otros. Se enseña sin invadir, sin imponer, sin humillar, sin convertir la experiencia en dogma, desde una lógica casi gremial: trabajar junto a otros, compartir lo que se sabe, reconocer lo que no se sabe, discutir entre iguales, acompañar a los más jóvenes y dejarse corregir por quienes llegan con preguntas nuevas.
Hace unos meses sentí que podía volver a escribir. No porque ahora sepa más, sino porque quizá he comprendido mejor el valor de no saber del todo. Después de cientos de obras, de países distintos, de administraciones distintas, de títulos discutidos, reconocidos, traducidos o matizados, después de haber sido a veces arquitecto, a veces ingeniero y casi siempre restaurador de arquitectura, empiezo a disponer de algo que no es una doctrina, sino una experiencia suficientemente sedimentada como para poder ser compartida.
Louis CERCOS, París, junio 2026.
Suscribirse a:
Enviar comentarios (Atom)
No hay comentarios:
Publicar un comentario