«Quien no lee, a los setenta años habrá vivido una sola vida. Quien lee habrá vivido cinco mil años: estaba allí cuando Caín mató a Abel, cuando Renzo se casó con Lucía, cuando Leopardi admiraba el infinito… La lectura es una inmortalidad hacia atrás.». Umberto Eco (1932-2016).
Mi relación con la historia de la arquitectura no se ha construido únicamente a través de tratados, archivos o aulas universitarias, sino a partir de una experiencia física y prolongada con los edificios.
Una cronología personal que comienza en el mundo románico. Allí no hay retórica, solo gravedad, espesor y una luz escasa; una arquitectura emocionante, directa y generalmente austera.
Avanzando en el tiempo, el gótico aparece no como ruptura estilística, sino como perfeccionamiento técnico y organizativo, la arquitectura ya no es solo masa, sino esqueleto; ya no solo soporte, sino sistema.
Más tarde, sumergido en el mundo monástico y humanista, la historia de la construcción se entrelaza con aventuras intelectuales, y uno comprende que conservar un edificio es también conservar las condiciones materiales que hicieron posible una cultura.
En Yuste, mi experiencia y conciencia se intensificó. Trabajar allí me permitió convivir intelectualmente con Carlos V en su retiro final, con Felipe II como heredero político y cultural, con Juanelo Turriano como encarnación del ingenio técnico del Renacimiento, y con los monjes jerónimos que habitaron el lugar. Indirectamente con José de Sigüenza, cronista lúcido, bibliotecario y consejero real.
El paso a Francia amplía el marco temporal y conceptual. En Briançon, frente a las fortificaciones de Vauban, el siglo XVII se manifiesta como sistema, ciencia, estrategia y política al mismo tiempo.
En el castillo de Courpalay, última residencia del general La Fayette, la arquitectura del Antiguo Régimen se enfrenta a la modernidad política del XVIII. Restaurar ahí es trabajar sobre una arquitectura atravesada por la Revolución.
El siglo XIX introduce una transformación radical, dialogar con Camille Polonceau, Eugène Flachat y Gustave Eiffel me supuso entrar en el nacimiento de la ingeniería moderna, donde cálculo, industria y arquitectura se separan y se reencuentran.
El siglo XX me acerca a otra figura decisiva: Jean Prouvé, la ética del constructor moderno, del ingeniero-artesano, del diseñador que entiende la arquitectura como sistema desmontable, reversible y honesto.
Mirada así, la historia de la arquitectura deja de ser una secuencia de estilos para convertirse en una cadena de decisiones humanas. Ahí reside, creo, una forma particular de inmortalidad.
Luis Cercos, París, febrero 2026.




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