martes, 3 de febrero de 2026

Reconstruir una ciudad, atravesar los siglos


El 3 de febrero de 1932, una serie de fuertes sacudidas sísmicas golpeó Santiago de Cuba. No fue solo una catástrofe natural. Fue una prueba radical para una ciudad de identidad histórica densa, mestiza, acostumbrada a resistir, pero nunca inmune a la violencia del tiempo.

La reconstrucción no fue un gesto unitario ni un proyecto cerrado. Fue, como casi siempre ocurre, un proceso acumulativo, condicionado por la urgencia, los recursos limitados y la decisión política. En lo inmediato, la prioridad fue rehacer lo esencial: vivienda, infraestructuras básicas, equipamientos. Se reforzaron soluciones constructivas y se corrigieron fragilidades evidentes, no tanto para reinventar la ciudad como para permitirle seguir siéndolo. Pero toda reconstrucción es también una interpretación. Tras el seísmo, se volvió más visible la convivencia entre arquitectura colonial, soluciones vernáculas y aportes modernos. Santiago no se recompuso como un decorado idealizado, sino como un organismo obligado a funcionar, a absorber población, a negociar con un clima duro y una topografía compleja. La autenticidad, en estos casos, suele nacer de la necesidad y, en cierto modo, de la precariedad. Después vendrían otros terremotos, pero esta vez políticos. La Revolución cubana transformó radicalmente el marco en que la ciudad debía existir. Santiago pasó a ser territorio de memoria, ciudad-mito, cuna de un relato. Esa carga simbólica influyó en su evolución urbana y patrimonial, con áreas conservadas como escenarios y otras relegadas por carencias estructurales, prioridades cambiantes y ciclos económicos complejos. Santiago, en realidad, no se reconstruyó una sola vez. Se reconstruyó muchas veces: tras el seísmo de 1932, tras los cambios de régimen, tras las crisis económicas, tras los huracanes, tras el desgaste lento del tiempo. Cada fase dejó capas visibles e invisibles. Algunas coherentes, otras contradictorias. Todas auténticas en su condición histórica. Reconstruir no es volver atrás, sino atravesar el tiempo. Y casi siempre, hacer lo mejor, con los medios disponibles. Una ciudad no se recompone como un objeto; se reorganiza como un cuerpo vivo. Los terremotos destruyen edificios, pero también revelan estructuras profundas, sociales, económicas y culturales, que condicionan tanto como la técnica el resultado final. El patrimonio urbano nunca se decide en un solo momento ni bajo un solo régimen. Se construye y se repara a lo largo de décadas, entre memoria y necesidad, hasta que una ciudad consigue, sencillamente, seguir habitándose a sí misma. Es el trabajo continuo y silencioso de generaciones. Por eso siempre pienso en los que nos precedieron cuando camino por los centros históricos. No es el trabajo de nadie en concreto, sino una voluntad común que evoluciona. LC, París, febrero de 2026

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