Borges imaginó en La Biblioteca de Babel una biblioteca infinita que contiene todos los libros posibles: todas las verdades, todas las falsedades, todas las combinaciones imaginables de signos. Una biblioteca total y, precisamente por eso, inútil. En ella, el conocimiento se pierde por exceso; la verdad se vuelve indistinguible del ruido. La acumulación absoluta conduce al silencio.
La lección es actual: una biblioteca no vale por su tamaño, sino por su sentido.
Por eso, cualquier obra de construcción, transformación o reorganización de una biblioteca es, en realidad, una obra de conservación del patrimonio. No del patrimonio material, sino del patrimonio intelectual de la humanidad. Las bibliotecas no son almacenes neutros: son instituciones que ordenan, jerarquizan, actualizan y transmiten. Son máquinas culturales al servicio de la lectura y del pensamiento.
En una biblioteca de lectura pública, la acumulación indiscriminada no es una virtud. Lo es, en cambio, la pertinencia, la actualización y el acceso real. De ahí que el désherbage —la eliminación razonada de libros obsoletos, deteriorados o que ya no cumplen función— no sea una forma de destrucción, sino una tarea esencial de conservación activa. Como en la restauración arquitectónica, conservar implica también retirar, para que lo que permanece pueda respirar y seguir vivo.
Una biblioteca infinita es un archivo muerto. Sin embargo, una biblioteca finita y bien pensada es un organismo en movimiento.
Restaurar fondos bibliográficos no consiste solo en consolidar lomos o limpiar papel. Supone diagnosticar, reintegrar, actualizar y asumir el presente sin nostalgia. Borges lo habría entendido perfectamente: el exceso de memoria puede ser tan paralizante como el olvido. Frente al vértigo de lo infinito, la biblioteca real debe aceptar sus límites. Y en esos límites encuentra su fuerza.
Y ahí aparece Gerardo Diego, como colofón necesario. Si Borges nos advierte del peligro del infinito, Diego nos recuerda la medida, la tradición que se renueva en cada lectura, el canon que no se fosiliza porque vuelve a decirse. Donde Borges traza el laberinto, Diego habita el poema. Donde uno teoriza el exceso, el otro encarna la lectura viva. Ese diálogo explica mejor que ningún discurso aquel Premio Cervantes compartido.
Recordar esta efeméride es recordar que toda biblioteca es una elección. Conservar es decidir y el patrimonio intelectual no se protege acumulándolo todo, sino haciendo posible que al menos algo sea leído, comprendido y transmitido.
Fotos: Bpi Lumière (2023, proyecto; 2024-2025, DF, Luis Cercos).










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