martes, 20 de enero de 2026
Sobre el tráfico ilegal de obras de arte.
20 de enero de 1909. Cuando el patrimonio español empezó a tener fronteras. Aquel día, el Congreso de los Diputados aprobó en España una ley decisiva: se prohibía la exportación de obras de arte. No fue un gesto simbólico, sino una respuesta concreta a una hemorragia silenciosa que llevaba décadas produciéndose: retablos desmontados, tablas medievales arrancadas, esculturas románicas que salían del país sin dejar rastro. A partir de ese día, el patrimonio dejaba de ser mercancía libre y pasaba a ser responsabilidad colectiva.
Aquella ley inauguró una idea moderna —hoy asumida, pero entonces incipiente—: el patrimonio no pertenece solo al propietario, sino también a la nación.
El tráfico ilegal de arte funciona con lógicas propias del crimen organizado: intermediarios, falsos certificados, puertos francos, coleccionistas sin escrúpulos y subastas internacionales que, durante años, miraron hacia otro lado. El expolio no suele producirse en museos vigilados, sino en iglesias rurales, yacimientos aislados, conventos vacíos, lugares donde el silencio facilita el delito.
España, por su densidad histórica y por décadas de despoblación rural, fue durante buena parte del siglo XX un territorio especialmente vulnerable.
Pocos nombres simbolizan mejor esa etapa que Erik el Belga (René Alphonse van den Berghe). Entre los años sesenta y setenta saqueó —o coordinó el saqueo— de cientos de obras procedentes de iglesias españolas, especialmente en zonas despobladas. Retablos enteros cruzaron fronteras desmontados en piezas, reapareciendo después en colecciones privadas europeas y americanas.
Hoy, España cuenta con una de las unidades más eficaces de Europa en esta materia: el Grupo de Patrimonio Histórico de la Guardia Civil. Su trabajo —discreto, técnico, paciente— ha permitido recuperar miles de piezas, desarticular redes internacionales y devolver obras a sus contextos legítimos.
Guerra, saqueo y memoria: cuando el expolio es sistemático: el siglo XX conoció también el expolio a escala industrial. El Tercer Reich organizó el saqueo sistemático de museos y colecciones privadas en la Europa ocupada. Frente a ello, el ejército estadounidense creó una unidad inédita: los Monuments Men, historiadores y conservadores enviados al frente para proteger y recuperar el patrimonio.
Su historia llegó al gran público con la película The Monuments Men, dirigida y protagonizada por George Clooney. Más allá del cine, aquel episodio dejó una enseñanza duradera: la guerra también se libra contra la memoria.
La ley de 1909 no fue perfecta ni suficiente, pero marcó un antes y un después. Recordarla hoy es recordar que el patrimonio siempre está en riesgo, incluso en tiempos de paz; que el expolio no es una anécdota del pasado; y que cada obra robada es una página arrancada a la historia común.
Proteger el patrimonio es defender el derecho de una sociedad a reconocerse en su propia memoria.
LC, París, enero 2026.
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