lunes, 19 de enero de 2026

A propósito de Mickey Mouse



19 de enero de 1930. Mickey Mouse comienza a existir bajo otro nombre: Mortimer. Walt Disney dibuja una primera versión del personaje que aún no es el icono universal que todos reconocemos hoy. Y, sin embargo, ya está todo ahí: una identidad en potencia, destinada a transformarse.

La historia de Mickey es la de una evolución constante. Sus primeros rasgos son angulosos, nerviosos; con el tiempo se redondean, se simplifican, se hacen más legibles. Aparecen los guantes blancos para facilitar la lectura del gesto, el cuerpo se depura para permitir el movimiento, llega el color, la voz, una personalidad más compleja. Mickey cambia sin cesar. Y precisamente por eso permanece. Nadie querría hoy “restaurarlo” devolviéndolo a Mortimer: su identidad no está en el origen, sino en la continuidad de sus transformaciones.

Con los edificios ocurre exactamente lo mismo. Un monumento no es una forma fija, sino una biografía construida en el tiempo. Pretender detenerlo en un instante ideal equivale a negar lo que lo ha hecho llegar hasta nosotros.

Pensábamos el otro día en la Église Saint-Eustache, en Les Halles: un edificio imposible de clasificar en una sola etiqueta. Construido entre los siglos XVI y XVII, combina estructura gótica, lenguaje clásico y resonancias ya modernas. No es medieval ni plenamente renacentista. Es un edificio de transición, resultado de una larga duración, de ajustes sucesivos, de una historia compleja que sigue siendo legible.

Lo mismo sucede con Notre-Dame de Paris. La imagen que hoy tenemos de ella no es la de un “estado original”, sino la suma de siglos de construcción, transformaciones litúrgicas, mutilaciones revolucionarias, reinterpretaciones del siglo XIX y, más recientemente, una nueva capa contemporánea tras el incendio. Notre-Dame no ha dejado de cambiar nunca. Y, sin embargo, sigue siendo Notre-Dame.

O pensemos en el Monasterio de Yuste: un pequeño monasterio jerónimo que crece, se amplía, se reorganiza; que incorpora en el siglo XVI la residencia de Carlos V; que conoce el abandono, la ruina parcial y la restauración. Su identidad no reside en una fase concreta, sino en la legibilidad de todas ellas. 

Estos monumentos nos enseñan lo mismo que Mickey Mouse: los iconos —dibujados o construidos— no son fósiles. Son organismos culturales vivos. Su fuerza no está en la inmovilidad, sino en la capacidad de absorber el tiempo sin perderse.

Por eso desconfío de las restauraciones que buscan un supuesto estado original, del mismo modo que desconfío de la idea de un Mickey “auténtico” fijado en 1930. Conservar no es congelar. Restaurar no es volver atrás. Es acompañar una evolución, hacer visible una biografía, permitir que lo recibido siga siendo reconocible mientras se transforma.

Mickey no dejó de ser Mickey cuando cambió. Los monumentos tampoco dejan de ser ellos mismos cuando aceptan su historia.

LC, Paris, enero 2026

 

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