martes, 20 de enero de 2026

A propósito del descubrimiento de la Basílica de Fano, de Vitruvio



Cuando esta mañana mi esposa me ha comentado que las autoridades italianas han confirmado el descubrimiento de la Basílica de Fano, que Vitruvio cita como su gran obra he sentido una enorme emoción, porque el hallazgo de la basílica de Vitruvio rompe una frontera intelectual que llevaba dos mil años intacta.
Hasta hoy, 20 de enero de 2026, Marco Vitruvio Polión era casi un caso único en la historia de la arquitectura: un autor canónico sin obra verificable, un arquitecto cuya autoridad procedía exclusivamente de la escritura. Lo conocíamos por su tratado, por su pensamiento, por la influencia inmensa de De Architectura en la teoría, en la enseñanza, en la restauración de arquitecturas y en el conocimiento de técnicas y materiales. A partir de ahora podremos, por fin, leer ese texto a la luz de una obra construida, observar cómo edificó y no solo cómo escribió, medir la distancia —o la coherencia— entre la norma y el acto de construir.
Durante siglos, Vitruvio ha sido una presencia constante y silenciosa en la cultura arquitectónica occidental. Lo estudiaron los arquitectos clásicos, lo retomaron los tratadistas del Renacimiento, lo discutieron historiadores y restauradores. En esa cadena de transmisión del conocimiento aparecen figuras fundamentales como Sebastiano Serlio, cuya extraordinaria capacidad gráfica permitió que el lenguaje clásico se difundiera por toda Europa; Philibert de l’Orme, que convirtió el saber constructivo —la estereotomía, las cubiertas, la carpintería— en teoría arquitectónica consciente; y, en el ámbito hispánico, Diego de Sagredo, decisivo para traducir y adaptar la herencia vitruviana a los oficios y a la práctica real de los constructores. Ninguno de ellos fue solo un diseñador de formas: todos entendieron la arquitectura como un cuerpo de reglas transmisibles.
Más adelante, esa misma lógica reaparece en arquitectos cuyo peso histórico se mide menos por la notoriedad de sus edificios que por la profundidad de su influencia intelectual. Jean-Nicolas-Louis Durand estructuró la enseñanza moderna mediante tipos, módulos y grillas; Auguste Choisy transformó la historia de la arquitectura al leerla desde la técnica y la construcción; Gottfried Semper situó los materiales y los oficios en el centro del pensamiento arquitectónico.
En el siglo XX, ese papel lo encarna de forma ejemplar Ernst Neufert. Su tratado, Arte de proyectar en arquitectura, sigue siendo hoy una herramienta cotidiana para miles de arquitectos en todo el mundo. Dimensiones, cotas, recorridos, aforos, ergonomías. Como Vitruvio, Neufert no transmitió un estilo, sino un sistema; no una forma, sino una base común que hace posible la arquitectura.
Todos ellos comparten una misma idea esencial: la arquitectura no se perpetúa solo a través de obras singulares, sino mediante normas, reglas y saberes técnicos que permiten que el conocimiento circule, se adapte y sobreviva al tiempo. A partir de hoy, Vitruvio deja de ser únicamente una voz del pasado y se incorpora plenamente a esa genealogía de arquitectos que construyen tanto con la mano como con la palabra. Dos mil años después, su obra vuelve a enseñarnos que escribir arquitectura y construirla nunca han sido cosas separadas.
Luis Cercós, París, 20 de enero de 2026

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