En 1563, cuando se coloca la primera piedra de El Escorial, Michelangelo Buonarroti tiene ya ochenta y ocho años. Morirá al año siguiente, en 1564. Está entonces completamente absorbido por las obras de la Basílica de San Pedro del Vaticano, convertido ya en una figura casi institucional, más cercana al mito que a la gestión directa de una obra de nueva planta, territorial y total como la que Felipe II proyecta en la sierra de Guadarrama. La posibilidad de contar en España con Miguel Ángel no es realista, ni siquiera como gesto simbólico a la altura de los últimos días de Leonardo da Vinci en la corte de Francisco I de Francia.
Felipe II no podía contar con Michelangelo, pero sí podía aspirar a algo quizá más eficaz: contar con la transmisión viva de su método. Aquí aparece la figura estratégica de Juan Bautista de Toledo. No tanto un “discípulo” del maestro, tampoco como un simple ayudante, sino un hombre de absoluta confianza técnica, formado en el corazón de las grandes obras pontificias.
Juan Bautista era conocido en Italia como Giovanni Battista de Alfonsis, nombre bajo el cual trabajó en el entorno inmediato de Miguel Ángel y de Antonio da Sangallo el Joven. La identidad entre ambos nombres no es solo documental: las fuentes señalan incluso la coincidencia de caligrafía, lo que refuerza la idea de una continuidad profesional y operativa más allá de la cuestión nominal.
La cercanía entre Miguel Ángel y Giovanni Battista de Alfonsis es un hecho explícitamente documentado: el 26 de febrero de 1547, Miguel Ángel informa al maestro florentino de albañilería Niccolò de que debía seguir las órdenes de Giovanni Battista de Alfonsis, “a quien he elegido para suceder a Labacco”. Esta afirmación, recogida en la correspondencia estudiada por Howard Saalman (Michelangelo at St. Peter’s: The Arberino Correspondence), no es retórica ni honorífica: define una delegación directa de autoridad en obra, situando a Juan Bautista en el núcleo operativo del proyecto más complejo de la cristiandad en aquel momento.
Fray José de Sigüenza describe a Juan Bautista como “varón de gran juicio y escultor, que entendía bien el diseño, sabía lengua latina y griega, y tenía mucha noticia de filosofía y matemáticas, y al fin se hallaban en él muchas partes que Vitruvio, príncipe de los arquitectos, quiere que tengan los que han de ejercitar la arquitectura y llamarse maestros en ella”.
La referencia a Vitruvio no es secundaria, pero eso lo veremos mañana.
LC, París, enero 2026.





















