skip to main |
skip to sidebar


Tras el Gran Incendio, Londres no se enfrenta a una ruina aislada: se enfrenta a una red de vacíos. Y ahí es donde el trabajo de la oficina de Wren adquiere una dimensión que, a mi juicio, merece un texto largo e independiente. Bajo la dirección de Wren y su entorno técnico, se reconstruye un sistema de más de medio centenar de iglesias, además de la propia catedral.
Para empezar a visualizar el alcance de esa operación, dejo aquí un inventario de las llamadas Wren churches en la City, tal como han llegado hasta nosotros, a través de supervivencias, transformaciones, reconstrucciones posteriores o demoliciones:
Sobrevivieron en su forma esencial St Benet Paul’s Wharf, St Clement Eastcheap, St Edmund King and Martyr, St James Garlickhythe, St Margaret Lothbury, St Margaret Pattens, St Martin Ludgate, St Mary Abchurch, St Mary Aldermary, St Michael’s Cornhill, St Peter upon Cornhill y St Stephen Walbrook.
Se alteraron sustancialmente antes de los bombardeos de 1940-41: St Magnus-the-Martyr y St Mary-at-Hill.
Se reconstruyeron de manera importante tras la II Guerra Mundial: St Andrew-by-the-Wardrobe, St Andrew Holborn, St Anne and St Agnes, St Bride’s, St Lawrence Jewry, St Mary-le-Bow, St Michael Paternoster Royal, St Nicholas Cole Abbey y St Vedast Foster Lane.
De algunas quedan hoy la torre, o la torre con fragmentos de fábrica, como St Mary Somerset, St Olave Old Jewry, Christ Church Greyfriars, St Alban’s Wood Street, St Augustine Watling Street y St Dunstan-in-the-East.
Otras fueron demolidas, con elementos reutilizados, como All Hallows Lombard Street y St Mary Aldermanbury.
Un grupo importante de las intervenciones de Wren desapareció en el siglo XIX por la Union of Benefices Act, entre ellas St Benet Gracechurch, St Mildred Poultry, St Antholin Budge Row, St Michael Queenhithe, All Hallows Bread Street, St Dionis Backchurch, St Matthew Friday Street, St Mary Magdalen Old Fish Street, All-Hallows-the-Great y St Michael Wood Street.
Algunas fueron demolidas por otras razones ligadas a las grandes transformaciones urbanas, como St Christopher le Stocks, St Michael Crooked Lane, St Bartholomew-by-the-Exchange, St Benet Fink, St Michael Bassishaw y St George Botolph Lane.
Finalmente, hubo iglesias parcialmente destruidas durante los bombardeos alemanes de 1940-41 y después demolidas, como St Stephen Coleman Street, St Mildred Bread Street y St Swithin London Stone.
Con una sola catedral se puede escribir una historia del símbolo. Con cincuenta iglesias se puede escribir una historia del método. Ahí está, creo, lo más actual de Wren: la reconstrucción como disciplina, no como gesto. No como réplica literal, pero tampoco como espectáculo desligado del lugar. Como ajuste, una y otra vez, entre parcela y planta, entre estructura y presupuesto, entre forma y uso, entre memoria y ciudad.
Este tema merece un trabajo extenso e independiente.
Luis Cercos Cercós, Condé-sur-Risle, 2026.




Je vais publier un texte volontairement polémique, et je préfère l’annoncer d’emblée, car il touche un point sensible de notre discipline : l’idée qu’une « reconstruction » ne commence presque jamais sur une page blanche. Elle commence en amont de la catastrophe, dans ce territoire discret de l’entretien, de la réparation, du constat, de ce que les sources anglaises appellent les decays, c’est-à-dire les détériorations et dégradations accumulées qu’un bâtiment porte parfois pendant des décennies ou des siècles.Dans le cas de l’ancienne cathédrale médiévale de Londres, un fait documenté dérange la lecture simpliste de Saint Paul comme une œuvre née d’une tabula rasa. À la fin août 1666, à peine quelques jours avant le Grand Incendie, John Evelyn note dans son journal une visite d’inspection à laquelle Wren participe pour « survey the general decays » de l’édifice, autrement dit pour constater l’état général de dégradation et établir ce qu’il conviendrait de faire, et à quel coût. Wren n’arrive donc pas face à l’incendie comme un architecte qui imposerait une forme neuve par pur geste. Il y arrive comme un technicien qui a déjà regardé la ruine lente, mesuré la fatigue d’une structure, et pensé l’édifice comme un corps qui vieillit. La catastrophe l’oblige à reconstruire, certes, mais cette reconstruction n’est pas intellectuellement vierge : elle est traversée par une connaissance préalable du « patient ».La thèse polémique est la suivante : la forme de la nouvelle Saint Paul ne peut pas se lire seulement comme une réponse à l’incendie, mais aussi comme une réponse à ce que l’incendie vient interrompre. Avant le traumatisme, il y avait déjà une histoire de dégradation, de diagnostic, de décisions suspendues. Ce qui m’intéresse surtout, c’est que ce mécanisme se répète ensuite, avec des variations, dans trois épisodes majeurs de la culture européenne de la reconstruction, que je développerai au cours des deux prochaines semaines:Madrid, 1734 : l’Alcázar brûle, et de cette catastrophe naît le Palais Royal que nous connaissons aujourd’hui. Venise, 1902 : le campanile de Saint-Marc s’effondre, et sa reconstruction, dix ans plus tard, sous la formule devenue dogme, « com’era, dov’era », marque un moment capital de l’histoire de la restauration. Paris, 2019 : Notre-Dame brûle lors d’une phase de travaux que l’on pourrait qualifier, au sens large, d’entretien et de réparation, et l’événement conduit à la décision de retrouver l’image de la veille de l’incendie.Ces quatre cas — Londres, Madrid, Venise, Paris — nous obligent à poser une question inconfortable : lorsque le monument brûle ou s’effondre, que reconstruisons-nous exactement ? Une forme ? Une mémoire ? Une institution ? Une promesse politique de continuité ? Ou bien un équilibre, toujours fragile, entre ce qui a été perdu et ce que notre époque éprouve le besoin d’affirmer ?Luis Cercos, Condé-sur-Risle, 2026.
Christopher Wren (2/2): hay un hecho poco recordado que cambia la lectura de San Pablo. Antes de que el incendio de 1666 arrasara la City, Wren ya estaba trabajando en la vieja catedral medieval. No como autor de una obra nueva, sino como técnico convocado para evaluar su estado, medir sus patologías y proponer reparaciones. A finales de agosto de 1666 se documenta una visita de inspección para estudiar los “decays” del edificio y estimar las intervenciones necesarias. La historia es elocuente: San Pablo comienza como un diagnóstico. El fuego transforma ese proceso en reconstrucción total.
Este antecedente no es anecdótico. Significa que la nueva catedral no surge de una mente enfrentada a un vacío abstracto, sino de un arquitecto que ya había mirado la materia heredada, que había estudiado su estructura, que había negociado con la institución. La tabula rasa fue física; no fue intelectual. De ahí la importancia del método.
Cuando finalmente proyecta la nueva Catedral de San Pablo, Wren no actúa como quien aprovecha una catástrofe para imponer una forma. Trabaja por versiones, adapta propuestas, negocia con el capítulo y con la Corona. La triple cúpula —interior proporcionada al espacio litúrgico, estructura intermedia portante y envolvente exterior visible en el skyline— no es un gesto retórico, sino la resolución simultánea de estabilidad, monumentalidad y proporción. La forma es consecuencia del cálculo. El símbolo descansa sobre la estructura.
Pero el verdadero laboratorio de su método no es solo San Pablo. Es el programa de reconstrucción de las iglesias de la City.
Tras el Gran Incendio de Londres no hay un único monumento herido, sino una red de vacíos urbanos. Decenas de parroquias destruidas, parcelas irregulares, comunidades concretas, recursos limitados. Wren es nombrado Surveyor para su reconstrucción y trabaja en más de medio centenar de iglesias. Allí ensaya algo profundamente contemporáneo: una reconstrucción sistemática, caso por caso, donde cada proyecto responde a una huella preexistente y a una comunidad real, pero dentro de una disciplina tipológica coherente. No se trata de copiar lo que había. Tampoco de imponer un lenguaje indiferente al lugar. Se trata de ajustar. Ajustar la planta a la parcela, la estructura al presupuesto, la forma al uso, la ciudad a su nueva condición histórica.
Ese trabajo en serie revela una enseñanza decisiva: la continuidad urbana no se garantiza reproduciendo literalmente el pasado, sino reconstruyendo su estructura profunda. Wren entiende que la ciudad necesita orientación, estabilidad y confianza más que arqueología literal. Por eso su obra plantea una pregunta incómoda para nuestra teoría contemporánea de la restauración: cuando la destrucción es radical, ¿la fidelidad consiste en reproducir “como era”, o en reconstruir de modo que la memoria permanezca activa, aunque la forma cambie?
Luis Cercos, Condé-sur-Risle, 2026.