domingo, 29 de marzo de 2026

Por qué un arquitecto debería leer a Homero (8/10)







Dédalo, el laberinto y los ecos de Grecia.

A propósito de la publicación de ayer, en la que aparecía Borges y el laberinto como una de las formas más intensas y más perturbadoras de la imaginación occidental, conviene recordar que ese motivo nace en el fondo mismo de la tradición griega. Y conviene recordarlo, además, a mis colegas arquitectos, porque el nombre de Dédalo, asociado para siempre al laberinto, es quizá el del primer gran arquitecto de Occidente, o al menos el primer constructor cuya figura nos llega ya envuelta en esa mezcla de técnica, invención, astucia y ambigüedad que desde entonces acompaña a nuestra disciplina.

En la Ilíada aparece una mención breve y preciosa a Dédalo, ligada a la danza que hizo para Ariadna. Homero no desarrolla la historia del laberinto ni la de Ícaro, pero deja escrito su nombre, y a veces un nombre basta para anunciar una estirpe entera de relatos. Después vendrá Apolodoro, y hay algo casi borgiano en tener que pasar de Homero al laberinto a través de un libro que se titula precisamente Biblioteca. Allí encontramos ya la narración del laberinto de Creta, construido por Dédalo para encerrar al Minotauro, esa criatura cuya existencia obliga a concebir una arquitectura destinada no a habitar, sino a ocultar, contener y extraviar. El primer gran arquitecto de nuestra tradición no queda así vinculado a una casa ni a un templo, sino a una construcción ambigua y terrible, admirable por su inteligencia y perturbadora por su finalidad.

Y después llega Ovidio. Las Metamorfosis, que merecerían por sí solas no una publicación aislada sino muchas series enteras, recogen también la historia de Dédalo e Ícaro y la desplazan desde la arquitectura del encierro hacia la técnica de la fuga. El mismo hombre que había construido el laberinto fabrica las alas. La misma inteligencia que había servido para concebir una prisión admirable se pone ahora al servicio de la evasión.

Ícaro introduce además otro asunto que ningún arquitecto debería olvidar. Toda invención comporta un límite, toda conquista técnica lleva consigo un riesgo, y toda obra humana, por admirable que sea, permanece sometida a la fragilidad. La caída de Ícaro no borra la grandeza del artificio; la vuelve más trágica, más humana y más verdadera. También por eso este episodio sigue vivo: porque no habla solo del vuelo, sino de la medida.

Por eso este desvío no es un paréntesis, sino una profundización en la obra de Homero. Seguimos en Grecia, pero sobre todo seguimos en la convicción de que la arquitectura nunca ha sido una operación neutral.

Desde Dédalo sabemos ya que construir puede significar acoger o encerrar, proteger o confundir, abrir un mundo habitable o concebir un mecanismo de extravío.

Desde Ovidio sabemos también que la técnica puede soñar con alas.

Y desde Borges sabemos que, una vez abiertos, ciertos laberintos no vuelven a cerrarse nunca del todo.

Louis CERCOS, París, marzo de 2026.

 

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