sábado, 21 de marzo de 2026

El Despacho Oval y la degradación del símbolo. Sobre un prestigio perdido.






Hay lugares cuya fuerza no depende solo de la arquitectura. El Despacho Oval fue durante mucho tiempo uno de esos lugares. No hablo de inocencia, porque no la hubo nunca. Desde ese mismo recinto se legitimaron intervenciones, guerras, presiones y silencios que pesaron dolorosamente sobre América del Sur, sobre Asia y sobre tantas otras geografías heridas. Pero incluso entonces subsistía una ficción útil que obligaba a distinguir entre la institución y el temperamento del hombre que la ocupaba.

Eso es precisamente lo que hoy parece haberse roto. Lo que se está perdiendo no es solo el prestigio de un presidente, sino el espesor simbólico de un espacio que durante décadas se presentó como el corazón visible de una democracia. Un recinto institucional puede soportar decisiones injustas, incluso episodios oscuros, y sin embargo conservar todavía cierta solemnidad. Lo que soporta peor es la vulgarización del poder. Cuando el sarcasmo sustituye al decoro, cuando la exhibición ocupa el lugar de la contención, cuando el fuerte se ríe del débil y el gesto público adopta la forma de una mueca cruel, no solo cae un hombre: cae también la escena que debía contenerlo. Reuters recogió ya en 2015 el lamentable y triste episodio en el que Trump imitó con burla, gestos y habla a un periodista con discapacidad que le incomodaba.

La cuestión excede de lejos el gusto decorativo o la anécdota política. No estamos ante una simple discusión sobre estilo presidencial, sino ante la conversión del símbolo en decorado. El problema no es que el Despacho Oval cambie, porque todos los espacios de poder cambian. El problema es que parezca ya incapaz de imponer una medida o una dignidad a quien lo ocupa. Cuando una institución deja de ennoblecer el cargo y empieza a ser rebajada por él, el deterioro no es solo ornamental.

A esa degradación interna se une, además, la dureza creciente de una política migratoria que devuelve al símbolo una sombra todavía más amarga. Reuters informó en febrero de 2026 de la ampliación de las facultades de ICE para detener incluso a refugiados legales pendientes de regularización definitiva. También informó del refuerzo de las redadas laborales y del aumento masivo de capacidad de detención, signos de una política que penetra de forma cada vez más agresiva en la vida ordinaria de los trabajadores.

Eso es lo que hace que la tristeza sea hoy más honda. Porque durante mucho tiempo fue posible denunciar la violencia exterior de Estados Unidos y, al mismo tiempo, reconocer que su presidencia conservaba aún una cierta disciplina formal, una cierta obligación de no envilecer del todo el escenario. Hoy esa distancia se ha evaporado. La brutalidad ya no actúa solo en los márgenes del imperio, sino que se instala en el centro mismo de su teatro. Recuperar el prestigio perdido del Despacho Oval será una tarea casi imposible.

Louis CERCOS, Condé-sur-Risle, marzo 2026.

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