La cuestión ya no es sólo si una intervención resulta bella, coherente, funcional o estilísticamente convincente. La cuestión es si nos permite leer el edificio sin confundir las edades, sin disfrazar las sustituciones, sin convertir la obra restaurada en una falsificación erudita. En ese sentido, Boito introduce en la disciplina la sospecha de que cuanto más perfectamente se confunde lo nuevo con lo antiguo, más cerca estamos del engaño.
Sin embargo, vistos desde hoy, algunos de sus mecanismos resultan inseparables de la cultura material de su tiempo. La pieza rehecha debía ejecutarse en materia distinta, o llevar una marca incisa, o la fecha del restauro; una lápida recordaría la intervención; planos, dibujos y fotografías quedarían depositados junto al monumento o en la administración competente. Todo ello era admirable y respondía a una voluntad rigurosa de trazabilidad. Pero todo ello revela también un momento histórico preciso: una época en la que la legibilidad de la restauración debía garantizarse mediante signos físicos, casi notariales, inscritos en la propia fábrica o en su archivo inmediato.
Hoy, en cambio, esa parte del legado de Boito parece haberse difuminado. No porque haya sido refutada, sino porque se ha desplazado. Ya no marcamos habitualmente las piezas con una R grabada. Ya no dejamos necesariamente una lápida conmemorativa en cada intervención. Ya no confiamos la inteligibilidad de la restauración a un depósito local de planos y fotografías. La información ha emigrado hacia otros soportes, otros archivos, otros protocolos, otras formas de registro y de difusión. La documentación sigue siendo esencial, pero ya no ocupa el mismo lugar simbólico ni físico.
En mi opinión, una restauración contemporánea no debería aspirar solamente a estar bien documentada: debería ser, en sí misma, legible. Ahí es, quizá, donde Boito empieza a quedar atrás y, al mismo tiempo, sigue acompañándonos. Nos deja una ética todavía irrebatible, pero nosotros debemos intentar, además, que nuestra intervención se haga entender sin necesidad de explicaciones añadidas. Ésa es, tal vez, la diferencia entre la legibilidad documental de finales del siglo XIX y la legibilidad arquitectónica que hoy deberíamos exigirnos. Lo que cambia de su época a la nuestra no es esa obligación de sinceridad, sino el modo de cumplirla.
Louis CERCOS, París, 2026.
.jpg)
No hay comentarios:
Publicar un comentario