viernes, 24 de abril de 2026

Un manuscrito para envolver embutidos y fiambres





Ayer, alrededor de una mesa en Arganda del Rey, volví a escuchar a Enrique Nuere Matauco. Hacía unos cinco años que no nos veíamos. Habíamos intercambiado mensajes de voz y algunos correos, pero el encuentro físico con un maestro tiene siempre algo distinto: no se escucha sólo lo que dice, sino también la memoria acumulada, la forma de ordenar los hechos y la manera en que una vida entera acaba convirtiéndose en relato.

Enrique nos habló de su padre, que trabajó junto a Secundino Zuazo. Hablaba de Manuel Gómez-Moreno, de Ramón Menéndez Pidal (abuelo de su esposa Elvira), de Prieto y Vives, de las armaduras de lazo y de los dibujos que dicen más que las palabras. Y mientras lo escuchábamos, comprendíamos que allí había una transmisión viva de nombres, oficios, documentos, errores, intuiciones y azares.

Apareció entonces, en su voz, una de esas historias que parecen demasiado literarias para ser falsas: la del manuscrito de Diego López de Arenas rescatado por Manuel Gómez-Moreno en una chacinería de Granada, donde sus páginas estaban siendo usadas para envolver embutidos y fiambres. La escena contiene casi toda la fragilidad de la cultura: un texto fundamental para comprender la carpintería de lo blanco reducido a papel de envolver, esperando que alguien tuviera todavía los ojos necesarios para reconocerlo.

Aquel manuscrito casi perdido fue reconocido por Gómez-Moreno, publicado después en una edición limitada, recibido años más tarde por Enrique, leído, dudado, dibujado, interrogado y finalmente descifrado: el momento en el que Nuere encontró la respuesta geométrica y las relaciones entre los cartabones de los carpinteros de la época que nos permiten entender hoy la lógica constructiva de las armaduras de lazo de la carpintería española de lo blanco.

Enrique Nuere no se limitó a estudiar un manuscrito: lo hizo trabajar de nuevo. Lo convirtió en método, investigación, publicaciones, restauraciones, maquetas y modelos, docencia y reivindicación de una inteligencia constructiva olvidada.

Ayer, además, todo adquiría una resonancia casi perfecta. Mientras escuchábamos la historia de ese manuscrito salvado en una chacinería granadina, era 23 de abril, Día de Cervantes y Día del Libro. Y, como cada año, se entregaba en Alcalá de Henares el Premio Cervantes, bajo el techo histórico del Paraninfo de la Universidad de Alcalá, una de las primeras y más importantes techumbres restauradas por Enrique Nuere.

La coincidencia era demasiado hermosa para pasarla por alto. Una página que no desapareció. Un maestro que supo leerla. Un oficio que volvió a hablar. Una techumbre que sigue cubriendo las palabras de una lengua. Y una conversación, alrededor de una mesa, que nos recordaba que la cultura se transmite en la voz de quienes han dedicado una vida entera a unir el pasado con el presente sin falsificar ninguno de los dos.

Louis CERCOS, Madrid, 24 de abril de 2026.

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