El Quijote nace en una España que empieza a mirar el final de sus propios mitos. Simplicius Simplicissimus, en cambio, nace de una Europa central devastada por la Guerra de los Treinta Años. Grimmelshausen escribe desde las ruinas materiales de un continente arrasado entre 1618 y 1648. Su protagonista, Simplicius, el inocente absoluto, es arrojado al mundo como una criatura casi salvaje que debe aprender, a golpes, que la historia es una sucesión de violencia, hambre, astucia, miedo y supervivencia. Si Don Quijote sale al camino para imponer al mundo una lectura caballeresca, Simplicius es expulsado al camino porque el mundo ya ha perdido toda estabilidad moral.
En Cervantes, la realidad desmiente la ficción; en Grimmelshausen, la realidad es tan desmesurada que nos parece una ficción grotesca. El Quijote desmonta las ilusiones de la caballería; Simplicissimus desmonta las ilusiones de la civilización. Una novela nace del choque entre los libros y la vida; la otra, del choque entre la inocencia y la guerra. Pero ambas comparten la intuición barroca de un mundo que es inestable, teatral, engañoso, que solo puede ser atravesado mediante una mezcla de imaginación, lucidez, fracaso, resistencia y aprendizaje.
El Quijote nos anuncia la modernidad al mostrar que ningún relato heredado puede ya imponerse sobre la experiencia. Simplicius Simplicissimus anuncia otra modernidad, más sombría, al mostrar que la violencia política, la religión instrumentalizada y la arbitrariedad del poder pueden destruir en pocos años la arquitectura moral de una sociedad entera. Entre ambas obras se abre una pregunta que todavía nos concierne: ¿qué queda del ser humano cuando se hunden los sistemas que organizaban su mundo?
Cervantes conserva, transformándola en ironía, la memoria de una imaginación caballeresca que ya no puede seguir viva sino como literatura. Grimmelshausen conserva, mediante la sátira, la violencia y el grotesco, la memoria traumática de una Europa quebrada antes del gran optimismo racionalista del siglo XVIII. El primero nos enseña que los libros pueden deformar la vida, pero también salvarla de la vulgaridad. El segundo nos recuerda que la literatura puede dar forma a aquello que la historia deja convertido en ruina.
Don Quijote y Simplicius son dos caminantes. Uno avanza acompañado por los fantasmas de los libros; el otro, por los espectros de la guerra. Los dos nos dicen que Europa no se ha construido solamente con catedrales, academias, tratados y enciclopedias, sino también con ficciones capaces de mirar de frente la pérdida de sus propias certezas.
Louis CERCOS, Condé-sur-Risle, mayo 2026.


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