viernes, 1 de mayo de 2026

Entre lo recibido y lo imprescindible






Hay una forma de entender la arquitectura que no nace en los libros, aunque luego encuentre en ellos su justificación, sino en una relación íntima con aquello que no nos pertenece y que nos ha sido confiado. Mi manera de trabajar se ha ido construyendo lentamente en ese territorio. Nunca he sentido la arquitectura como un acto de creación, sino más bien como una disciplina que consiste en limitar la acción a lo estrictamente necesario.

Con el paso de los años, y después de cientos de obras, he llegado a la convicción de que proyectar es elegir, y que esa elección es moral e intelectual. Cada proyecto es una depuración progresiva en la que lo accesorio va desapareciendo hasta que sólo queda aquello que verdaderamente sostiene el lugar. Me interesa poco la arquitectura que se impone sobre lo existente, y mucho aquella que se deja atravesar por ello y que encuentra en ese diálogo su verdadera forma.

En ese proceso, la arquitectura deja de ser un objeto para convertirse en un sistema de relaciones, en una estructura abierta en la que intervienen no sólo el espacio y la materia, sino también el uso, la técnica, la economía, el tiempo y, cada vez más, la inteligencia que somos capaces de incorporar a nuestras decisiones. Quizá ahí se encuentre una de las diferencias más profundas con otras maneras de proyectar, porque nunca he entendido la técnica como un soporte secundario, sino como una forma de pensamiento. La ingeniería, en todas sus dimensiones, no es algo que se añade a la arquitectura, sino algo que la transforma desde dentro, que la obliga a ser más precisa, más rigurosa, más honesta. Cuando una instalación se hace visible, cuando una estructura se muestra, cuando un sistema funciona sin necesidad de ocultarse, lo que aparece no es sólo una solución técnica, sino una forma de verdad.

También por eso me interesa cada vez más la condición reversible de lo que construimos, la posibilidad de que otros, después de nosotros, puedan intervenir sin verse condicionados por decisiones irreversibles. Hay en ello una forma de responsabilidad que tiene que ver con el tiempo, con la idea de que la arquitectura no se agota en el momento de su ejecución, sino que forma parte de una cadena de transformaciones en la que nosotros somos sólo un eslabón. Proyectar, en ese sentido, es aceptar que no todo debe quedar fijado, que no todo debe resolverse, que hay una parte del proyecto que pertenece necesariamente al futuro.

Si tuviera que decir qué es lo que realmente amo de mi trabajo, diría que es esa posibilidad de pensar a través de la acción y de actuar a través del pensamiento, ese movimiento continuo entre la obra y la teoría que me obliga a revisar constantemente mis propias certezas. He vivido siempre en ese doble territorio, el de quien construye y el de quien escribe, y con el tiempo he comprendido que no son actividades distintas, sino dos formas de una misma búsqueda.

Louis CERCOS, Condé-sur-Risle, mai 2026.

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