domingo, 31 de mayo de 2026

Todo es felicidá. Arquitectura de contraataque, 2008







En 2008, en la calle Orellana 5 de Madrid, intenté hacer algo que entonces parecía más escandaloso de lo que en realidad era: devolver a una fachada madrileña la antigua libertad de ser pintada. Madrid tuvo durante siglos fachadas decoradas. La ciudad no fue nunca esa superficie muda, higienizada y obediente que algunos han querido imponer después en nombre de una idea muy estrecha del decoro. Lo curioso es que al Ayuntamiento conservador de aquella época no parecían molestarle las pinturas en sí, sino el estilo de aquellas pinturas, como si la tradición solo pudiera conservarse bajo la forma de una imitación prudente, domesticada, inofensiva. Pero una tradición que no admite una lectura contemporánea deja de ser tradición y se convierte en taxidermia.

El proyecto era una rehabilitación integral de un edificio de 1886, con una lectura contemporánea de su piel exterior, pero también con una ambición más amplia: una intervención ajardinada en la cubierta, un tratamiento renovado del patio central y una nueva mirada sobre la escalera como espacio interior de representación. Muchas de aquellas intuiciones reaparecerían años más tarde en mi proyecto del nº 66 de la rue de Rivoli, en París. Orellana fue un laboratorio temprano sobre la posibilidad de intervenir en edificios existentes sin someterlos ni a la nostalgia ni al silencio.

Invité al artista Jack Babiloni a intervenir sobre la fachada porque necesitaba una mirada plástica capaz de trabajar desde la libertad, pero también desde la técnica. La intervención se realizó con silicatos sobre mortero de cal, es decir, no como una ocurrencia epidérmica, sino como una pintura mural pensada para adherirse a la materia del edificio y envejecer con ella. Lo que empezó como una intervención limitada a algunos paños entre balcones terminó extendiéndose a toda la fachada. Babiloni lo contó después con una frase que todavía me conmueve: “Babiloni, píntala toda. Ya veré yo cómo se lo explico a la propiedad…”. En esos muros aparecieron Poseidón, Hipocampo, Quirón, Atenea, Amor, Helio, Marco Aurelio y esa inscripción final, casi infantil y casi filosófica, TODO ES FELICIDÁ, cuya tilde roja fue la última pincelada del conjunto.

La polémica fue inmediata, pero también lo fueron las lecturas inteligentes. El 10 de julio de 2008, Diego Fullaondo publicó en soitu.es un artículo titulado “Arquitecturas de contraataque”, donde asociaba nuestra fachada de Orellana con la obra de Santiago Cirugeda y con el edificio berlinés Bonjour Tristesse de Álvaro Siza. Agradecí entonces, y sigo agradeciendo ahora, aquella genealogía inesperada. Pero entre todas las críticas, la más importante para mí fue la de unos vecinos del tercer piso que escribieron que, desde que vivían en Todo es felicidá, sus hijos reñían menos, comían mejor y dormían de un tirón. Puede que ninguna teoría de la arquitectura pueda aspirar a una crítica más exacta.

Louis CERCOS, París, mayo 2026.

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