sábado, 14 de febrero de 2026
Gustavo Giovannoni (Roma, 1873-1947).
Hoy vuelvo a Gustavo Giovannoni, no como referencia académica distante, sino como figura viva para quienes entendemos la restauración como disciplina intelectual. Nacido en Roma en 1873, ingeniero de formación, el encuentro con Adolfo Venturi orientó pronto su trayectoria hacia la historia del arte y el estudio riguroso de los monumentos. Profesor de Arquitectura General desde 1914 y más tarde de Restauración de Monumentos en la Escuela Superior de Arquitectura de Roma, miembro del Consejo Superior de Antigüedades y Bellas Artes, desempeñó un papel decisivo en la institucionalización de la cultura del patrimonio en Italia. Murió en 1947, activo hasta el final.
Pero más allá del currículo, lo esencial es su pensamiento. En su célebre conferencia sobre la restauración de monumentos advertía que sería “vano, dañoso y absurdo” reducir a fórmulas fijas las normas del restauro. Cada edificio es un organismo singular, un “gran enfermo” que exige diagnóstico antes de cualquier intervención. No existen recetas universales. El único fin legítimo del restauro —afirma— es “la conservación, en las mejores condiciones, de los monumentos que gloriosamente nos representan el arte y la historia del pasado”. Restaurar no es completar estilísticamente ni rehacer según un ideal imaginado; es comprender antes de actuar. Con él, la restauración deja de ser un gesto estilístico y se convierte en método crítico.
Su verdadera revolución consistió en ampliar el concepto de monumento al entorno. El edificio no es un objeto aislado, sino parte de un tejido urbano, de una atmósfera, de una continuidad histórica. De ahí su propuesta del diradamento (despeje selectivo): frente a los sventramenti (demoliciones masivas) que abrían violentamente grandes ejes en los centros históricos, propone intervenciones puntuales que alivien la densidad y mejoren las condiciones sin destruir la estructura heredada. No es inmovilismo; es inteligencia y visión urbana.
La intervención en la iglesia de Santo Stefano degli Abissinii, en el Vaticano, es paradigmática —y hablaré de ella en otra ocasión con mayor profundidad—. La “liberación” realizada por Giovannoni buscaba recuperar la claridad espacial sin caer en reconstrucciones arbitrarias. Se trataba de hacer legible la estratificación, no de borrar el tiempo.
Giovannoni formuló además la figura del “arquitecto integral”: técnico y humanista, historiador y proyectista, urbanista y estudioso del paisaje. Para él, la historia no era erudición ornamental, sino instrumento operativo. Archivo, análisis material y comprensión ambiental formaban parte del mismo proceso proyectual.
En un tiempo en que la profesión tiende a fragmentarse y la intervención en el patrimonio se simplifica en eslóganes, volver a Giovannoni es recordar que restaurar es un acto de responsabilidad cultural. No se trata de congelar el pasado, sino de comprender su estructura profunda para permitirle continuar en el tiempo.
Luis Cercos, Condé-sur-Risle, febrero de 2026.
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