Si aceptamos que la aportación decisiva de Carlo Scarpa no fue un lenguaje formal, sino una manera de pensar la intervención sobre lo existente, entonces resulta posible trazar una genealogía de obras que, sin imitarlo, comparten su posición ética e intelectual. Obras que asumen que restaurar no es reconstruir imágenes tranquilizadoras, sino leer el tiempo, aceptar la herida y actuar desde la conciencia de llegar después.
La referencia fundacional sigue siendo el Museo di Castelvecchio, intervenido por Scarpa entre 1957 y 1964. Allí se fija un modo de operar que rechaza la unidad de estilo, desmonta falsificaciones historicistas y convierte el edificio en un relato legible de su propia biografía. Scarpa no aplica una teoría de la restauración; construye un criterio caso a caso, haciendo visible la estratificación histórica y asumiendo la intervención como acto intelectual antes que como gesto formal.
En Castel Sant’Elmo, Eduardo Souto de Moura desarrolla, entre 1999 y 2011, una intervención de extrema contención. La fortaleza no se embellece ni se teatraliza; se hace comprensible. La arquitectura contemporánea aparece como infraestructura silenciosa que permite leer lo existente sin competir con ello. Es una herencia scarpiana depurada de toda retórica, donde la restauración se entiende como disciplina de la medida y de la renuncia.
El Museo Nacional de Arte Romano, de Rafael Moneo (1980–1986), aun no siendo una restauración en sentido estricto, comparte una idea esencial: la continuidad no es estilística, sino intelectual. La arquitectura nueva no imita lo romano, pero dialoga con él desde su lógica constructiva y espacial profunda. Como en Scarpa, lo antiguo sigue siendo antiguo y lo nuevo asume sin complejos su condición contemporánea.
En el Castello di Rivoli, Andrea Bruno plantea, desde 1984, una restauración deliberadamente abierta, casi inacabada. El castillo se asume como ruina activa, sin cerrar una imagen definitiva. Esta condición de proyecto no hermético, siempre permeable a nuevas lecturas, conecta directamente con la idea scarpiana de la obra como proceso y no como objeto concluido.
El Neues Museum, restaurado por David Chipperfield y Julian Harrap entre 1997 y 2009, se ha convertido en un paradigma contemporáneo. Aquí no se borran las cicatrices de la guerra ni se recompone una falsa integridad perdida. La restauración se concibe como lectura del daño y como restitución de sentido, no como reconstrucción mimética. Una posición profundamente afín al pensamiento de Scarpa, aunque expresada con otro lenguaje.
En el Kolumba Museum, Peter Zumthor integra ruina, memoria y arquitectura nueva en una continuidad sensible. La intervención no explica, no subraya, no dramatiza. Escucha. Y esa escucha radical del lugar, del tiempo y de la materia es una de las lecciones más profundas que Scarpa legó a la restauración contemporánea.
En España, el Monasterio de Carracedo, intervenido por Salvador Pérez Arroyo con la colaboración de Susana Mora desde 1988, constituye un ejemplo mayor de esta misma actitud. La ruina no se niega ni se embalsama; se consolida, se hace legible y se habita intelectualmente. La intervención asume el paso del tiempo como valor y renuncia a toda tentación de cierre estilístico o reconstrucción ideal.
Finalmente, las intervenciones recientes en el Castello Sforzesco, que pude visitar de nuevo en 2023, confirman hasta qué punto el pensamiento de Scarpa ha terminado por imponerse, casi como una victoria póstuma. Milán, tan próxima a Verona, consolida hoy un modo de intervenir que privilegia la lectura estratigráfica, la claridad constructiva y la honestidad material frente a la simulación histórica. Más que una influencia formal, es la afirmación definitiva de un modo de pensar la restauración.
Todos estos ejemplos comparten una convicción: restaurar no es repetir, ni embellecer, ni congelar. Restaurar es interpretar. Y toda interpretación exige conocimiento, criterio y una ética del límite.
LC, Francia, 2026.


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