sábado, 28 de febrero de 2026

El compromiso contemporáneo (5/5)








Cuatro fases para intervenir en arquitectura y edificios preexistentes (5/5). El compromiso contemporáneo.

Toda intervención termina aquí. En una decisión que ya no es solo técnica, sino moral. ¿Qué añade nuestro tiempo a lo que ha recibido? ¿Cómo introducir lo nuevo sin alterar la verdad de lo antiguo?

La autenticidad no es una cuestión estética. No es pátina ni estilo. Es correspondencia entre materia e historia. Un edificio es auténtico cuando lo que vemos no pretende ser otra cosa, cuando cada estrato asume su fecha y la biografía no se disfraza.

Por eso la intervención tímida o mimética puede ser más peligrosa que la audaz. La réplica que “encaja”, el detalle reproducido con habilidad, la textura envejecida para tranquilizar: todo ello introduce presente bajo apariencia de pasado. Y ese gesto no conserva; contamina. Diluye lo original no porque lo sustituya, sino porque lo confunde. El falso histórico no destruye; desorienta. Y esa desorientación es irreparable, porque impide leer el edificio con claridad.

Si restaurar es una ética de la verdad, copiar es una estética de la comodidad. Restaurar no es negar el accidente, sino asumirlo. No es reconstruir una pureza imaginaria, sino sostener una continuidad real. La cicatriz honesta no empobrece; hace legible. Lo nuevo, cuando es claro, protege lo antiguo porque establece un límite entre ambos.

El debate no termina en la autenticidad material. La normativa protectora, indispensable para frenar abusos, deriva a veces en parálisis. Proteger se confunde con inmovilizar. El edificio se vuelve intocable y el arquitecto gestor de una imagen congelada. Pero la arquitectura no se conserva por quietud, sino por uso y adaptación. Un edificio que no puede transformarse con inteligencia termina abandonado o trivializado.

¿Existen categorías dentro del patrimonio? Intuitivamente desconfío: se es monumento o no se es. Pero la experiencia obliga a matizar. Hay bienes cuya densidad histórica exige contención extrema. Allí el margen de gesto es mínimo y la sobriedad máxima.

Existe, sin embargo, un patrimonio no clasificado, cotidiano, híbrido, donde la intervención contemporánea no debería limitarse a la imitación prudente. Allí el compromiso consiste en añadir con claridad, aceptar la estratificación y sumar una capa consciente de sí misma.

Lo experimenté hace años en el Centro Tecnológico de Audiovisuales de La Solana (Castilla-La Mancha, España), sobre el antiguo Cine Cervantes, antes bodega del siglo XVIII. No se trataba de reconstruir fases, sino de reconocerlas y añadir otra. Aquella obra, distinguida entre las mejores intervenciones del Plan de Desarrollo Local 2010, fue una intuición práctica de lo que hoy intento formular como método: no borrar, no imitar, no competir; añadir con responsabilidad.

El compromiso contemporáneo no es protagonismo ni invisibilidad. No es contraste obligado ni integración sumisa. Es discernimiento.

Luis Cercos, Condé-sur-Risle, marzo 2026.

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