sábado, 28 de febrero de 2026

Sinan, Juan de Herrera y Vauban



Sinan (2/2) / Juan de Herrera y Sébastien Le Prestre de Vauban. De la ingeniería militar a la arquitectura civil.

Si ayer nos deteníamos en la lucidez estructural con la que Mimar Sinan (c. 1489–1588) interviene en Santa Sofía, hoy conviene preguntarse de dónde nace esa mirada. No es fruto del simbolismo ni de la nostalgia. Es fruto de la experiencia técnica.

Sinan no se forma como arquitecto de gabinete. Llega joven a Constantinopla en el marco del sistema de reclutamiento imperial y se integra en el cuerpo de los jenízaros. Aprende carpintería, geometría práctica, organización de obra. Pasa después al cuerpo técnico del ejército y actúa como ingeniero militar en campañas en Anatolia, Persia y Europa central. Construye puentes, fortificaciones, infraestructuras provisionales bajo presión extrema. Aprende que una estructura no falla por azar, sino por un desequilibrio acumulado.

Cuando años más tarde es nombrado arquitecto imperial, esa disciplina no desaparece. Se transforma en método. Su arquitectura no nace del gesto, sino del ensayo. No busca la imagen perfecta, sino el sistema estable. No persigue la originalidad, sino la aproximación progresiva a una solución cada vez más depurada.

Ese perfil no es una excepción aislada en el siglo XVI. En la Monarquía Hispánica, Juan de Herrera (1530–1597), antes de ser el arquitecto de El Escorial, participa en campañas militares y se forma en el entorno técnico vinculado a la ingeniería y a la matemática aplicada.

Más tarde, en la Francia de Luis XIV, Sébastien Le Prestre de Vauban (1633–1707) elevará la fortificación a sistema científico antes de intervenir en la organización territorial y urbana del reino.

En los tres casos, la experiencia del riesgo precede a la arquitectura simbólica. Antes de componer fachadas, aprendieron a contener empujes. Antes de pensar en estilo, entendieron la resistencia de los materiales. Antes de aspirar a la perfección formal, asumieron la imperfección del terreno.

Por eso la intervención de Sinan en Santa Sofía no es un episodio aislado, sino coherente con una genealogía más amplia: la del arquitecto-ingeniero que comprende que restaurar y proyectar no son operaciones opuestas, sino momentos distintos de una misma investigación sobre la gravedad y el tiempo. La restauración, entendida así, no es una estética del pasado, sino una ética del comportamiento estructural. No consiste en devolver una imagen, sino en comprender un sistema. No se trata de borrar el tiempo, sino de administrarlo.

Tal vez convenga recordar esta genealogía hoy. Porque en un mundo que tiende a la espectacularización del patrimonio, estos tres nombres —separados por culturas y por décadas— nos recuerdan algo elemental: la arquitectura duradera nace del conocimiento del riesgo.

Luis Cercos, Condé-sur-Risle, febrero 2026.

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