viernes, 13 de febrero de 2026

La herencia de Scarpa: el Monasterio de Carracedo, de Salvador Pérez-Arroyo.



El Monasterio de Santa María de Carracedo fue para mí un descubrimiento fundacional. En 1998, al recorrer aquel conjunto cisterciense comprendí con una claridad que allí estaba formulado, sin retórica, todo lo que yo intuía que debía ser una restauración contemporánea : no una reconstrucción tranquilizadora ni una escenografía del pasado, sino una lectura crítica del tiempo.

La intervención iniciada en 1988 por Salvador Pérez Arroyo y Susana Mora (a veces injustamente olvidada), no buscó cerrar una imagen ni recomponer una unidad estilística perdida, sino asumir la condición de obra incompleta como potencia. La ruina no se negó ni se embalsamó; se consolidó y se hizo legible. Lo nuevo no compite con lo antiguo, lo delimita y lo clarifica. El conjunto no se “termina”, sino que se explica.

Reconozco en Pérez-Arroyo y Carracedo la misma ética y la misma estética que al volver, una y otra vez, sobre Scarpa y Castelvecchio: aceptar que llegamos siempre después y que intervenir significa añadir pensamiento, no sustituir historia. La continuidad no es estilística, sino intelectual. Restaurar consiste simplemente en restituir inteligibilidad.

En mi biblioteca conservo el volumen dedicado a Pérez Arroyo editado por Eduardo Delgado Orusco, y cada vez que lo abro encuentro la clave de esa coherencia entre palabra, pensamiento y construcción. Cada obra aparece como una toma de posición ante el mundo, no como un ejercicio formal. Esa unidad entre ética y oficio explica Carracedo mejor que cualquier teoría.

De Susana Mora aprendí que la restauración española no puede reducirse a dogmas enfrentados ni a consignas heredadas. Nuestra tradición es compleja, atravesada por reconstrucciones doctrinales, urgencias históricas y búsquedas críticas. Restaurar exige asumir esa herencia sin ingenuidad y articular una coherencia real entre concepto y sistema constructivo, entre teoría y materia.

De Pérez Arroyo recuerdo también una enseñanza aparentemente menor que lo resume todo: al viajar, comprad revistas del lugar del que venís o al que vais, informaos, contextualizad, aprended a mirar. Restaurar comienza ahí, en la cultura del arquitecto.

Carracedo no embellece ni dramatiza; no clausura el pasado ni lo congela. Consolida, delimita, esclarece. Acepta que el tiempo es un material más de la arquitectura y que intervenir no significa sustituirlo, sino dialogar con él desde la conciencia del límite.

Lo recomiendo: visitad Carracedo y allí comprenderéis que la restauración podía ser contemporánea sin ser estridente, rigurosa sin ser fría, crítica sin ser destructiva. Que añadir arquitectura no es lo mismo que añadir pensamiento.

Restaurar no obliga nunca a terminar el edificio recibido, sino en aceptar la responsabilidad de continuar su historia con lucidez y nuestra mejor voluntad. Al fin y al cabo, somos humanos. Podemos equivocarnos, pero recordad siempre: si restauramos poco, nos equivocamos poco.

Luis Cercos, Condé-sur-Risle, Normandía, febrero de 2026.

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