sábado, 14 de febrero de 2026

Monumentos vs Documentos






No todo monumento nace siendo monumental.

Los ajenos a la disciplina suelen vincular la palabra “monumento” con una construcción culta, solemne, asociada al arte, al poder o a la representación institucional. Pero la monumentalidad no siempre procede de la forma, ni de la técnica, ni siquiera del estilo. Procede, muchas veces, de la memoria.

Los edificios tienen, como las personas, una historia que los define. Una historia que los agrupa en familias tipológicas, que los inserta en periodos cronológicos, que los vincula a corrientes estilísticas. Sabemos clasificarlos, fecharlos, describirlos. Esa es su historia mayor, su genealogía arquitectónica. Pero los edificios, al igual que las personas, también poseen una microhistoria: la suya propia. Una biografía específica que los sitúa en la memoria colectiva. Un acontecimiento que los transforma. Un instante que los desborda.

La escuela de La Higuera, en Bolivia, es un ejemplo elocuente.

Arquitectónicamente es una construcción humilde, casi elemental. Sin embargo, allí fue encarcelado y ejecutado Ernesto “Che” Guevara en octubre de 1967. Ese hecho —no su forma, no su materialidad, no su estilo— la convirtió en lugar de peregrinación, en espacio cargado de significado, en territorio simbólico. La memoria la monumentalizó.

No todos los edificios poseen un valor absoluto. Algunos están en las listas por lo que son. Otros, por lo que significaron.

La monumentalidad, en estos casos, no es formal sino inmaterial. No reside en la composición, sino en el acontecimiento. No depende de la excelencia arquitectónica, sino de la intensidad histórica. Es la sociedad quien atribuye ese valor, quien reconoce en ese espacio un fragmento de su propia memoria.

Así, una construcción por humilde que sea puede adquirir rango de monumento si la comunidad le confiere una cualidad cultural o patrimonial digna de ser conservada, mantenida o transmitida. El monumento no es únicamente objeto artístico: es también depositario de memoria.

He recuperado hoy este texto antiguo que escribí a partir de un recorte del suplemento dominical de El País en 2007. Vuelvo a él porque, con el paso del tiempo, sigo creyendo lo mismo: la arquitectura no es solo forma construida; es historia sedimentada. Y hay edificios que, aun sin saberlo, esperan el momento en que la historia los atraviese y los transforme para siempre.

Luis Cercos, Condé-sur-Risle, febrero de 2026.

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