viernes, 27 de febrero de 2026

Mimar Sinan (c. 1491–1588). Restaurar desde la estructura (1/2).





En semanas anteriores he citado a Juan Bautista de Toledo, Bramante, Miguel Ángel, Borromini, Bernini, Maderna, Juan de Herrera. Arquitectos que forman parte del relato occidental en el que nos hemos formado y que repetimos con naturalidad. Pero entre la reflexión sobre la terapia y el compromiso contemporáneo conviene abrir la puerta hacia una tradición no periférica, sino paralela, que en el siglo XVI produjo a uno de los mayores arquitectos-ingenieros de la historia: Sinan, maestro de obras del Imperio otomano, constructor de la mezquita de Süleymaniye en Estambul y de la mezquita de Selimiye en Edirne, pero también restaurador lúcido de una de las arquitecturas más frágiles jamás levantadas.

Pensamos en Sinan como creador de cúpulas perfectas y maestro de la luz. Sin embargo, su grandeza se revela con especial nitidez cuando no proyecta desde cero, sino cuando se enfrenta a una obra heredada, gigantesca, sometida a un territorio sísmico implacable. Hablo de Santa Sofía, levantada entre 532 y 537 bajo Justiniano, concebida como una proeza estructural al límite de lo posible y condenada a convivir con el riesgo: empujes horizontales enormes, apoyos tensionados, deformaciones acumulativas, terremotos, colapsos parciales y reconstrucciones sucesivas. Santa Sofía no es una imagen; es un sistema de fuerzas en equilibrio inestable.

En el siglo XVI, ya como mezquita imperial, Sinan la observa con una mirada no simbólica ni arqueológica, sino estructural. Comprende que el problema no es la grieta visible, sino el régimen de empujes que la provoca; no la fisura como dibujo, sino la respuesta sísmica del conjunto; no el síntoma, sino la causa. Y actúa en consecuencia. Refuerza y amplía los contrafuertes exteriores, consolida apoyos, interviene en las masas laterales que absorben los empujes de la cúpula y las semicúpulas, mejora el comportamiento global frente a los terremotos y, con una modernidad sorprendente, reubica un alminar para reducir tensiones sobre muros y bóvedas. Antes de añadir, estabiliza; antes de elevar, corrige.

Lo decisivo no es que intervenga, sino dónde interviene. No intenta “devolver” Santa Sofía a una pureza imaginaria ni competir con sus autores. La acompaña allí donde sufre de verdad. Comprende que la conservación no es cuestión de estilo, sino de estática; que restaurar no es regresar, sino sostener. Y en ese desplazamiento del foco —de la imagen a la estructura— está la lección que hoy nos sigue interpelando.

Lo más fascinante de la intervención de Sinan no es solo su eficacia técnica, sino su posición intelectual: sus refuerzos no se disimulan. Los contrafuertes ampliados se leen en el perfil del edificio y pasan a formar parte de su biografía visible. No hay maquillaje. Hay aceptación de la historia. Hay conciencia de que el edificio ya no es el de 537, sino el resultado de una cadena de decisiones acumuladas.

Luis Cercos, Condé-sur-Risle, febrero 2026.

No hay comentarios:

Publicar un comentario