jueves, 26 de febrero de 2026

La terapia (4/5)







Cuatro fases para intervenir en arquitectura y edificios preexistentes (4/5). La terapia: curar la causa, no maquillar el efecto.

Si el diagnóstico es el momento en que la intuición se convierte en conocimiento, la terapia es el instante en que ese conocimiento se convierte en accción allí donde se ha roto la lógica del edificio. El diagnóstico tiene siempre dos partes: la causa y el efecto. La grieta, la filtración, el desplome, son solo efectos. Si podemos, atacamos la causa. Y dejamos que el síntoma, privado de su origen, se extinga.

En la Lonja gótica de Palma de Mallorca (1420–1448), obra maestra del genial Guillem Sagrera (1380-1456), detectamos en los años 1990 filtraciones en las bóvedas. Lo fácil era “solucionar” el agua. Pero el problema real era estructural: la cubierta inclinada añadida en época posterior generaba empujes horizontales incompatibles con la lógica original del edificio. En 1998 lo dejamos escrito en nuestro diagnóstico al entonces Ministerio de Fomento. La terapia no era sellar, sino desmontar la causa. Años después, otros equipos desmontaron aquella cubierta.

Todas las buena terapias comparten la ética de intervenir donde la estructura sufre, no donde el ojo se alarma. Y aquí me gusta beber de los viejos e idolatrados maestros que nos precedieron:

La Torre de Pisa (1173–1372) fue estabilizada entre 1990 y 2001 bajo la dirección de Michele Jamiolkowski. El espectáculo era la inclinación; la causa, el terreno. La terapia no maquilló el síntoma: modificó lentamente el mecanismo geológico que lo producía.

En el Partenón de Atenas (447–432 a.C.), desde 1975 el Comité para la Conservación de los Monumentos de la Acrópolis, con Manolis Korres como figura clave, desmontó piezas, retiró grapas de hierro corroídas e introdujo titanio compatible. No fue cirugía estética, sino extirpar el agente que destruía desde dentro.

Y en el Coliseo de Roma (70–80 d.C.), tras el terremoto de 1806, Raffaele Stern (1807) y Giuseppe Valadier (1823–1826) no reconstruyeron para simular un pasado intacto. Contuvieron. Detuvieron el proceso de desmoronamiento con grandes contrafuertes de ladrillo. Las cicatrices quedaron, pero dejaron de ser patología: se convirtieron en memoria estabilizada.

Una grieta, si está diagnosticada y detenida, tiene también derecho a existir. No la idolatro, pero la respeto. La terapia no es un borrador; es un compromiso con la verdad material del edificio.

A veces consiste en desmontar. Otras, en apear definitivamente, introduciendo el elemento que contrarresta el problema y restituye el equilibrio. O en añadir un órgano auxiliar, como los contrafuertes que, desde el siglo XVI, permitieron a Santa Sofía de Constantinopla (532–537) sobrevivir a sus propios empujes bajo la dirección de Mimar Sinan.

Lo visible que quede no será un defecto. Será la huella del tiempo, en paz con la huella de nuestras intervenciones.

Mañana: el compromiso contemporáneo.

Luis Cercos, París, febrero 2026.

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